En una entrada reciente sobre particularidades del Parque Rodó señalaba lo chocante que me resultaba el que hubiera, como si fuera una bolsa de frula en una reunión de Narcóticos Anónimos, un cajero automático del BROU dentro del Casino del Parque Hotel y calificaba al ideólogo de eso de "sucio hijo de puta". Varios lectores disintieron con esta observación y la adjudicaron a mi habitual susceptibilidad o al clima anti-casinos que impera últimamente, alegando que era una comodidad y que tener cajeros automáticos a mano en los casinos era lo habitual en todas partes. Sabiendo poco y nada sobre casinos no me dio para discutir mucho.
Hace unos días mirando CQC descubro que en el segmento que antes hacía Daniel Malnatti, en el cual se reclama a alguna autoridad gubernamental o provincial que solucione un problema concreto y evidente en un lapso convenido de tiempo, se le reclama al responsable del tema juegos de azar de la Capital Federal (puedo estar equivocado, para un montevideano las diferencias bonaerenses entre Capital Federal y Provincia resultan totalmente inentendibles, así que lo que digo puede ser exactamente al revés) que haga como en Provincia y que elimine los cajeros automáticos en el interior de los bingos u otros centros en los que haya slot machines, poniendo de ejemplo la acción de algunos jueces que directamente los han prohibido. No soy un gran fan de CQC, pero el segmento era una notable pieza de sentido común. Pergolini -de quién se puede pensar cualquier cosa pero no que sea un promotor de represiones- ni siquiera se molestó en explicar mucho el motivo por el cual un cajero automático no debe estar en una sala de juegos de azar, porque es una cuestión de sentido común para cualquier persona que sepa que existe la ludopatía, es tan evidente como la prohibición de manejar borracho.
No hice la menor investigación al respecto, pero no creo que los argentinos sean la punta de lanza en un tema así y supongo que en muchos otros países debe haber legislaciones mínimas referidas al tema, especialmente si se trata de una sala de juegos estatal, parte de esa entidad que dice velar por nuestra salud física y económica y que no debería estar haciéndole zancadillas a la debilidad de sus gobernados. Pero acá ni siquiera se ha discutido algo tan evidente y a nadie le importaría un carajo lo que pasa en los casinos si no fuera porque el descontrol y la codicia en la IMM llegó a un punto tan exorbitante que los mismos llegaron a dar pérdidas. Y ni siquiera así se habla del tema, sino de a ver cómo se puede hacer para que los casinos vuelvan a ser rentables, que es lo que importa, por supuesto. Yo les tiro una idea: conviden a los jugadores con pasta base e instalen un escribano público en cada sala para que los mismos puedan jugarse sus propiedades sin mayores trámites.
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lunes, 30 de abril de 2007
sábado, 17 de marzo de 2007
Negro y rojo
Pocas cosas más tristes que el casino del Parque Hotel de mañana. Cuando voy a sacar plata al cajero automático que está en su lobby, el único cerca de casa que funciona todos los días, veo a los empleados y las empleadas -todos asombrosamente gordos, ninguno joven- barriendo el piso y bostezando en sus taburetes, y siempre, no importa que temprano sea, un grupo de personas jugando en las máquinas. Afuera el sol hace hervir el asfalto que se aferra de los tacos de las damas, adentro hay aire acondicionado. Y aire limpio: los casinos están bajo las leyes anti-tabaco promulgadas por Tabaré Vázquez y los jugadores tabacómanos (o simples fumadores ocasionales) tienen que salir hasta la entrada para fumar sentados en los muros que bordean la escalera del casino.Hay una paradoja en estos fumadores y posibles ludópatas; la disposición que los obliga a fumar afuera les otorga en cierta forma una interrupción semi-obligatoria del frenesí en el que suelen caer los jugadores compulsivos. Un cigarrillo dura varios minutos, minutos en los cuales uno puede reflexionar un poco acerca de la conveniencia o no de volver a ingresar a la sala. Me imagino que la mayoría vuelve a entrar y a jugarse lo que tienen y lo que no tienen, pero estoy seguro de que un puñado de esos fumadores encontraron en esos minutos de humo un extraño respiro, el tiempo mental necesario para reflexionar e irse a sus casas antes de jugarse la ropa nueva de sus hijos o algo así. Para esta gente el fumar es la cosa más saludable que hicieron ese día.
Hay una hipocresía fundamental en el amparo estatal al juego -y al alcohol, gracias a ANCAP- en oposición a la feroz campaña anti-tabaco. La gran maldición de los vendedores de cigarrillos y los fumadores no es que se haya elegido un presidente oncólogo e hipocondríaco social, la gran maldición es que el Estado no tenga plantaciones de tabaco propias.
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Frente al casino hay un busto -bah, más bien una cabeza- de Perón. Creo que debe ser el único en todo Montevideo. Es apenas la cabeza y los chorros se llevaron -como en casi todos los monumentos del Parque Rodó- las letras que indicaban quién era. Aunque la escultura es más bien impresionista el perfil es inconfundible. Es raro encontrar un reconocimiento a Perón en Montevideo, el gran bastión de lo que los peronistas llaman "gorilas" y aquí llamamos "colorados", pero supongo que debe haber sido colocada en los tiempos de Carlos Menem y de la creación del ahora agónico Mercosur. Al fin y al cabo la supuesta sede del mismo es el antiguo Parque Hotel, debajo del cual subsiste como un forúnculo el casino.
La única referencia que pude encontrar en la web sobre las estatuas del Parque Rodó -una cita de Alejandro Michelena- menciona que la estatua de Confucio, inaugurada en los años setenta fue el último monumento inaugurado en el parque, pero tal vez el texto no esté actualizado. Es decir; es totalmente imposible que se colocara un busto a Perón durante la primera presidencia de éste, un tiempo de odio entre ambos países, y poco probable que eso hubiera sucedido durante la segunda presidencia, cuando los militares ya habían dado el golpe en Uruguay. Descontando las presidencias radicales y los gobiernos militares argentinos, la única administración peronista que se llevó bien con Uruguay fue la del canalla de La Rioja. Así que esto, sumado al modernismo de la pieza y al tipo de mármol de su pedestal, me hace jugar mis fichas a que fue inaugurada en algún ataque de emoción en los noventa. Si no es así, desasnenme.
Me gusta vivir cerca de un busto de Perón, más allá de una mórbida fascinación que tengo desde hace tiempo con respecto al peronismo histórico, tengo un vicio -que comparto con el Sueco Leiva- de citar a Perón de vez en cuando. No me incomoda en absoluto; también cito a veces a Mao, a Goebbels, a Millán-Astray, a Calvino (el suizo, no Italo) y al israelita que escribió el Salmo 137, todas fuentes al lado de la cual Perón es apenas un Viejo Vizcacha.
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La puerta de vidrio de la avícola de Frugoni y G.Ramírez está cerrada con llave, pero la empleada está adentro y todavía no es la hora de cierre. Viene a abrirme y me explica que esa misma tarde la asaltó uno de los malandras que pululan entre la playa y la zona norte de Palermo, y que rastrillan el barrio en forma periódica. Me dice que le puso un cuchillo en el cuello y que estaba tan sacado que, aunque ya la habían asaltado muchas veces antes, esta vez se asustó de verdad.
Las avícolas de Calpryca se han convertido en una de las presas favoritas de los ladrones de poca monta. El motivo es sencillísimo: son negocios de recaudación diaria constante, que no tienen vigilancia propia y, sobre todo, que están atendidos exclusivamente por mujeres. El índice de robos en estas avícolas es increíble, inversamente proporcional al tiempo que sus empleadas soportan trabajando allí.
Compro el pollo y me voy, bastante irritado. No sólo por el ladrón despreciable que le puso un cuchillo en el cuello a una mina trabajadora e indefensa para ir a fumarse una pipa -ladrón al que no me importaría si le cortan dos o tres dedos y lo obligan a fumárselos- sino por otra violencia menos evidente: la ejercida contra una mina que, después de haber sido asaltada brutalmente, se tiene que quedar en el negocio un par de horas para completar el turno.
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Más aún que la cabeza de bronce de Perón me gusta la estatua de Confucio, una de las estatuas más simpáticas de todo Montevideo. Siempre pienso -sin nunca cumplirlo- en ir a leer las Analectas al pie de la misma. Especialmente la última reflexión que el maestro chino incluyó en las mismas: "Quién no entiende el destino es incapaz de comportarse como un caballero. Quién no entiende los ritos es incapaz de establecerse. Quien no entiende las palabras es incapaz de entender a nadie".
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Conozco historias feas sobre casinos, historias de adultos que se mean sentados en sus taburetes porque no quieren -no pueden- cambiar de máquina o de mesa ya que están en una racha de suerte. O en una de mala suerte que esperan revertir con obsesión. Historias sobre niños que duermen en autos esperando a sus padres mientras estos intentan embocarle a un número o encontrar una carta. Historias de gente que se juega y pierde los sueños de otra gente.
De todos los vicios, o actividades compulsivas, es el que me resulta menos familiar; conozco el pico de adrenalina que se siente cuando estás jugando a las cartas y hay un gran pozo delante tuyo, pero jamás me pareció lo bastante intenso como para arriesgar grandes cantidades de dinero por él. Y el premio al final no es más que más dinero. No voy a hacerme el mano santa espiritual, pero no lo entiendo. Prefiero las intoxicaciones que modifican la percepción de la realidad y nos aproximan a conocimientos inmateriales, no las que profundizan el sistema de valores y necesidades vigente.
Pero respeto el deseo de autodestrucción y el llamado de Tánatos, es una de nuestras características más intrínsecamente humanas, y me parece que todo el mundo tiene derecho de hacerse daño a sí mismo en forma parcial o total, sea metiéndose tóxicos en el cuerpo o regalándo en un juego de azar los bienes materiales que facilitan la vida. No entiendo en cambio por qué el Estado debería ampararlo y fomentarlo. Quiero decir; sí en el caso de que las ganancias se redistribuyeran en la sociedad de alguna forma, pero una curiosa combinación de pésima administración, demagogia y pura corrupción hizo que los casinos estatales de Montevideo fueran los únicos dándo pérdida en el mundo entero. Lo cual implica que no sólo no se obtienen de ellos ganancias a redistribuir entre los más necesitados, sino que incluso se toma dinero de las arcas municipales para regalárselo por una parte a amigos de la burocracia que los administra y en otra parte a un personal que no aceptó un recorte de ganancias proporcional a la disminución de ingresos y que cobran un fijo ficto de propinas, atiendan como atiendan al cliente. Existan las propinas que existan.
Pero ninguno de estos abusos me impresiona tanto como el exquisito sadismo de quién colocó al único cajero automático del Banco República que hay en el barrio en el lobby del casino. Una licorería en la puerta de Alcohólicos Anónimos sería mucho menos grosera y cruel. Hay que tener muchos años de sucio hijo de puta para imaginar algo así.
jueves, 22 de febrero de 2007
Temporadas de Vicky
Leí en el diario El País que la comuna montevideana planea, ante el deterioro atroz de los parques montevideanos, re-establecer la figura del guarda-parques, que había sido eliminada en anteriores administraciones.Si estuviéramos hablando de un hospital, tendríamos que alegrarnos porque luego de quince años su administración está pensando en contratar enfermeros o anestesistas, así que aunque comparto la medida (que además todavía no fue instrumentada) no me voy a alegrar. Hubo un tiempo en que en las fuentes de los parques montevideanos uno podía ver peces de colores. Hoy en día con suerte se puede encontrar en las mismas fuentes la ropa interior de un indigente que decidió unilateralmente convertirla en su baño personal.
Dejo en manos de los sociólogos e historiadores definir el momento en que los uruguayos (debería escribir "los montevideanos" porque en el interior las cosas aún son distintas) dejaron de percibir a los espacios públicos como un bien común a preservar y cuidar, convirtiéndose en cambio en sus enemigos feroces. No sé si hay muchos países en el mundo donde irremplazables esculturas de su edad de oro cultural sean limadas por los adictos para vender los trozos de bronce conseguidos, no sé si en los países donde haya ocurrido algo así la desidia de la burocracia municipal -más preocupada al parecer en cómo conseguir recursos con los que financiar casinos que dan pérdidas y en pagar deudas inverosímiles a gremios degenerados- haya permanecido impertérrita, cavilando, sobre las ruinas de dichos espacios, acerca de la posibilidad eventual de que alguna de las larvas a las que emplea sirva para algo más que para hacerle juicios al resto de la sociedad. En realidad ya no me importa; hoy en día me importan muy poco las causas y las excusas y me preocupa mucho más el simple sentido común, que es el pariente platónico de la propiedad común. Como los parques.
El Parque Rodó ha sufrido las embestidas de los planchas lateros en permanente rastrillo de todo lo que les parezca canjeable, ha sufrido la inverósimil capacidad destructora de la ignorancia montevideana y de personas capaces de tirar su basura al lago por no caminar cinco metros, ha sufrido la expropiación de secciones enteras por linyeras que decidieron que su pobreza o su alcoholismo los hacía acreedores a usar las fuentes como baño y los bancos como cocina, ha sufrido la depredación de su fauna y flora, la sobrexplotación comercial de su lago... Y sin embargo sobrevive y permanece relativamente intacto, tanto de los vándalos como de la genialidad renovadora de arquitectos e ingenieros con ansias de posteridad, por lo que el deambular por los alrededores de su castillo y cruzar sus puentes es, todavía, una experiencia notable y una suerte de pequeño viaje en el tiempo hacia un siglo atrás, cuando la arquitectura no era enemiga ni de la belleza ni de la naturaleza.
El Parque sobrevive, pero como si fuera poca la calamitosa acción sobre el mismo de los destructores lumpen y los oscurantistas religiosos (de vez en cuando se siguen encontrando animales sacrificados en repugnantes rituales umbandistas), hace un año tuvo que sufrir la furia de la naturaleza, cuando el asombrosamente imprevisto tornado que dejó diez muertos por todo el país derribó también una veintena de los más nobles y ancianos árboles del parque. Todos ellos fueron retirados con pereza por la IMM y sus privilegidados funcionarios, pero fracasaron con el mayor de todos, con un gigantesco eucaliptus rojo que cayó en una de las calles interiores, paralela a Gonzalo Ramírez. Los empleados municipales, que demoran unos cuatro años -con suerte- en cumplir los pedidos de poda de los árboles de la calle, fueron al parecer incapaces de trozar el enorme tronco derribado y alguien con un gran sentido de la practicidad decidió dejarlo ahí, pelado, caído y trunco, como una suerte de aporte paisajístico de la naturaleza desatada.
Curiosamente no me pareció una mala idea; la calavera de un árbol tan enorme, que al caer era mucho más anciano que yo o que cualquier persona que camine por Montevideo, es algo ligeramente triste pero que conserva todavía sus rasgos de grandeza. Además es un objeto atractivo sobre el cual cualquier niño puede sentirse Pippin encima de Bárbol u otra fantasía más original. Es decir, está bien, es una especie de monumento al tornado que arrasó la ciudad y sus jardines, primitivos o no.
Pero una cosa es el tronco, sólo, muerto, blanco y exponiendo la enorme cantidad de anillos que delatan su edad, y otra cosa es el mismo tronco intervenido por alguna adolescente que en un ataque de anacronismo e inseguridad decidió decorarlo con su nombre escrito con spray negro. Un buen día apareció sobre el tronco una inscripción que decia Vicky 06. Más o menos a la misma altura del árbol caído está la escalinata donde muere la calle Joaquín Requena, otro hermoso detalle urbano ensuciado por los stencils y graffitis. Puede ser que Vicky o Victoria no encontró espacio dónde escribir su nombre en este muro, es decir, dónde escribirlo y que se vea bien. Y entonces lo grabó sobre el árbol caído, un aporte muy desagradable por su contraste con el verde más o menos natural del resto del parque, pero que, supongo, solía mostrarles a sus amigas con orgullo de rebelde.
Alguien se aburrió en algún momento de ver el nombre de esta imbécil sobre el árbol y se tomó el trabajo de tacharlo con un spray negro similar. El resultado tampoco fue bonito, pero al menos y de lejos podía pasar por una quemadura del tronco, lo que es mejor que nada ya que -por supuesto- a nadie de la intendencia se lo ocurrió durante varios meses intentar borrar esa mugre de un elemento visible en el más notorio de los parques montevideanos. A Vicky no le gustó esa censura, porque (supongo) a ella le gusta recordarse y recordar su intrepidez todos los días, así que pocas semanas después de año nuevo, el tronco amaneció pintarrajeado con un Vicky 07, más grande y más visible aún que la pintada anterior. Y a finales de febrero sigue allí, intacto. A su lado hay otra pintada más pequeña -tal vez obra de la misma Vicky- que dice "Tania y Ariadna Vallan a coger" (sic). Esas palabras son las que Vicky considera que los miles de uruguayos que pasan por Gonzalo Ramírez diariamente tienen que leer, eso es lo que ella cree que el anciano y derrocado eucaliptus merece sobre su corteza.
Yo no conozco a Vicky 06 y 07 pero al mismo tiempo me parece que conozco a cientos de Vickys numeradas, convencidas de que la imposición de su poco distintiva marca personal es esencial para todo el mundo, convencidas de que son especiales por hacer lo que sus menores caprichos le indiquen, seguras de tener razón por ser impunes en su campaña por lo desagradable, por reproducir los detalles urbanos que ven en videoclips etnocéntricos en los que se reproduce la gestualidad de una rebeldía plástica y urbana que en algún momento tuvo su contenido ideológico y estético, pero que ahora está mucho más muerta y vacía que tronco del árbol en cuestión. Y me siento impotente ante semejante despligue de estupidez, insensibilidad y egoísmo, por lo que enfoco toda mi energía psíquica y toda mi fe maligna en una simple maldición urbana que tal vez alguna deidad que desconozco pero respeto a priori (y que seguramente sea de color verde) escuche y, en una de esas, cumpla.
Mi pequeño deseo es este: Vicky 06 o 07, pequeña criatura despreciable, ojalá crezcas tan fea como tus intervenciones ciudadanas, ojalá que tus dientes se vuelvan tan negros como tu firma, ojalá que nadie te desée ni entrelaze su rúbrica con la tuya. Ojalá que tu nombre sea olvidado aunque lo pintes en el firmamento.
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