jueves, 19 de junio de 2008

El más sano del cementerio

La chair est triste, hélas! et j'ai lu tous les livres.

Se murió Jorge Medina Vidal, o el viejo, como le decíamos en facultad. La noticia de su muerte apenas tuvo registro en la prensa, donde no llegó a ocupar ni la décima parte del espacio dedicado a la pelea Abigail-Mónica Farro, y no tuvo ni un segundo de espacio en la televisión, a pesar de haber sido uno de los jurados más notorios de Martini Pregunta. No importa, es lógico.

Coetáneo disidente de la Generación del 45, a la que criticó con dureza pero no basado en los prejuicios políticos con los que se la evalúa actualmente, Medina Vidal fue un poeta preciosista, enamorado del simbolismo tardío, pero sobre todo fue uno de los docentes más notorios de la Facultad de Humanidades, donde esencialmente se dedicó a dar varios cursos de Teoría Literaria. Uno se encontraba con Medina Vidal generalmente en el primer semestre y no se me puede ocurrir una mejor forma de comenzar los estudios de Letras. Era un shock: llegabas a la facultad envuelto del romanticismo grandilocuente de los buenos estudiantes de literatura, convencido de saber un montón y rebosando admiración casi mística hacia los escritores o poetas con los que habíamos sentido empatía, y te encontrabas con este difusor del estructuralismo y el post-estructuralismo, que te decía que los autores eran irrelevantes porque no los conocíamos, porque ellos no se conocían y porque eran una manga de mentirosos, motivo por el cual se habían dedicado a inventar historias. Hablaba de los literatos con la misma naturalidad con la que un hombre de campo habla de las vacas, los trataba con diminutivos, se reía de ellos atribuyendo sus más dramáticas cuitas a inconvenientes de lo más domésticos... Es decir: bajaba de un hondazo a la literatura de su caballo de bronce y la despatarraba en la mesa para que la diseccionaramos.

Al principio chocaba, cómo iba a hablar este viejo teñido sobre Julio Cortázar como si hablara sobre una mortadela. Pero de a poco uno notaba que detrás de ese supuesto desprecio había en realidad un profundo amor y respeto hacia la literatura, pero no un respeto reverencial hacia la máscara funeraria de bronce sino hacia lo vivo de la misma, los textos; esos textos con los que le gustaba ejemplificar y que elegía con paladar negro: Vicente Aleixandre, Juan Rulfo, Gerardo Diego, Delmira Agustini y, por encima de todos, Stéphane Mallarmé, a quién se refería familiarmente como "el Divino Esteban". Era evidente que su paradigma de héroes no coincidía mucho con el gusto general de sus alumnos, pero tampoco peleaba mucho por imponerlo, simplemente de vez en cuando los hacía tomar contacto con el mismo, y luego de escucharlo leer "Valle Vallejo" o "La Cobra", uno pensaba que posiblemente no se podía escribir mejor que eso.

Medina Vidal era malo, no era un atorrante de apariencia cínica que escondía un corazón de oro; era un guacho de mierda, capaz de hacerle las peores perradas a sus alumnos y a sus colegas, pero era dificil irritarse con él, y ninguna de las múltiples aberraciones que sé que hizo me parece muy relevante en este momento. De hecho era un villano muy sincero, al que le encantaba presumir de lo alegre que se ponía cuando hacía perder a alguno de los concursantes de Martini Pregunta, al que le encantaba difundir rumores infamantes sobre Onetti o sobre Borges, al que le encantaba usar su posición docente con fines inenarrables. Le gustaba compararse con el Jaimito de los chistes, y realmente era gracioso relacionar a la figura siempre abstracta e infantil del Jaimito de la cultura popular con aquel carcamán malicioso de larga cabellera teñida de negro. Odiaba el cine con la misma pasión con que amaba todo lo decadente y todo lo elitista. Medina Vidal, que se autodefinía como un anarquista conservador, creía profundamente en la existencia de una aristocracia (a la que él pertenecía, por supuesto) basada no en el dinero o el poder sino en la capacidad de elevarse -a fuerza de conocimiento, insularidad, refinamiento y misantropía- por encima de las personas vulgares. Estuvieramos de acuerdo o no, todos sus alumnos quedamos en mayor o menor medida inoculados por ese virus de altivez.

Tuve varios profesores excelentes en Letras, pero sólo dos a los que puedo considerar maestros, uno era el viejo Medina, el otro era (y es) Hugo Achúgar. A pesar de ser ambos poetas y ambos docentes obsesionados por la actualización teórica, no me puedo imaginar dos figuras más antitéticas, hasta el punto que pensando en retrospectiva me hacen acordar al policía bueno y el policía malo. Achugar era el profesor de la ética intelectual, de la disciplina intensa, el apasionamiento controlado, la seriedad, la proyección en la carrera, el políticamente consciente, el orden obsesivo, el integrado (en términos de Umberto Eco), el apolíneo y el aliento a la participación estudiantil. Medina Vidal era el bribón, el tramposo, el hedonista, el elitista, el gracioso, el políticamente incorrecto, el que despreciaba la carrera, el apocalíptico, el que ignoraba las opiniones de sus alumnos, el que perdía las monografías, el que intrigaba, el que recomendaba tomarse una copita antes de las clases y no asistir a ellas sin un buen cóctel de cafiaspirinas y coca-cola, el dionisíaco, el malo. Una combinación extraordinariamente complementaria y a la que uno accedía, por casualidad, en el orden correcto: primero uno se encontraba con el viejo, que destruía toda tu mitología adolescente sobre la literatura y los escritores (hasta el punto de que uno podía perfectamente decidir dejar la carrera después de uno de sus cursos), y luego te encontrabas con Achugar, que reconstruía el respeto por el arte de las letras, pero edificando encima de la tierra arrasada que había dejado el viejo, y con estructuras mucho más racionales y sólidas que los castillos de aire näive con los que uno ingresaba en la Facultad. Ahora, con uno muerto y el otro retirado, esa experiencia de enseñanza única desapareció. Como tantas cosas de importancia secreta.

Fumaba en cadena desde que comenzaba la clase hasta que la terminaba, frecuentemente prendiendo un cigarrillo con el pucho del anterior. Le gusta sostenerlos en la mano en la que le faltaban un par de falanges de un dedo, lo que exhibía con evidente orgullo sin aclarar jamás -que yo sepa- la causa de esa mutilación. A veces alguna de las señoras que se sentaban en la primera fila -generalmente profesoras de literatura graduadas en el IPA que habían decidido estudiar literatura en serio- le hacía alguna recomendación acerca de que fumara menos, a lo que Medina respondía invariablemente: "Señora, yo no quiero ser el más sano del cementerio".

No sé cómo habría dado clase Medina en estos tiempos de persecución y discriminación hacia los fumadores, seguramente con mucho menos humor. Seguramente no hubiera obedecido, porque no era un hombre de este tiempo y no tenía por qué estar sujeto a sus leyes más imbéciles.

Leí a Gabriel Lagos en la diaria y a María José Santacreu y Roberto López en Brecha, escribiendo sobre el viejo las escasas líneas que la prensa le dedicó (en dos medios de izquierda, algo que tal vez hubiera horrorizado a Medina); el respeto pleno de emoción contenida de cualquiera de esos textos contrasta dignamente con el ostracismo mugriento e ignorante del resto de los medios. Es evidente que al menos para los tres, para los cuatro contándome, Medina Vidal pasó por sus vidas dejandoles una invaluable herramienta: una visión humorística y desencantada de las letras, una concepción de la relación personal con el arte en la cual no hay subalternos ni sumisión lectora. No creo que Medina llegué a ser re-descubierto y re-valorizado en algún momento; su obra creativa es escueta y a casi nadie le importa hoy en día un carajo la poesía. Pero al menos para mí va estar siempre presente, como sensei poco presentable, y espero conservar algunos de los gestos que le copié cuidadosamente cuando diga alguna hijadeputez elegantísima en su honor.

domingo, 1 de junio de 2008

3 agregados al post anterior

Mi identidad real (?), o los nombres bajo los que realizo otras actividades nunca fue un gran secreto ni un misterio a develar (como algún ganso creyó en algún momento, descubriendo la pólvora y después quedando asombrado ante el poco reconocimiento recibido cuando él se creía Sherlock Holmes), de la misma forma que tampoco lo han sido decenas de pseudónimos que cumplen no una función de ocultamiento sino de diferenciación. A alguien no muy brillante se le ocurrió reenviar el post anterior a una lista colectiva firmado no bajo el denominativo "benito", sino directamente bajo el del nombre bajo el que trabajo en un medio periodístico, aclarando además el cargo y agregando además los nombres de personas que trabajan conmigo y dando esencialmente toda la impresión de que el texto había sido publicado por ese medio, bajo ese nombre e incluso con la cooperación de los otros mencionados.

Nunca se me ha puesto la menor condicionante en lo que escribo en dicho medio, es decir perfectamente habría podido publicar el post en el mismo de haberme parecido lo bastante interesante (no era el caso) o de encontrar un formato que justificara el editar en un diario unas cavilaciones tan largas y subjetivas. Pero una cosa es una cosa y otra es otra; lo mismo que no se toman por artículos periodísticos los relatos de ficción realizados por periodistas, tampoco debería tomarse como periodismo formal lo escrito en un blog bajo el nick del nombre de un perro labrador. ¿Es tan difícil de entender? ¿Alguna vez escucharon hablar del término contexto?

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No parece tampoco haber convencido a nadie mi postura acerca de Nick Cave; ¿es tan complicado entender que se puede respetar a un artista aunque a uno no le guste su arte? ¿o que nos gusten parcialmente algunos aspectos del mismo y no su totalidad? ¿o reconocer una declaración inteligente en alguien que no es la luz que alumbra nuestros caminos?

En fin, me pasa una cosa curiosa: pocos días después de escribir el post escuché el tema de difusión del último disco de Cave, Dig Lazarus Dig!, vi uno de sus videos y terminé bajándome el disco. Y aún sin que se vuelva uno de mis grandes ídolos (el Lie Down in the Light de Bonnie Prince Billy que me bajé simultáneamente me parece que contiene, aún siendo un disco liviano, mucha más poesía auténtica y pathos artístico que cualquier cosa de Cave), tengo que decir que este Cave con grandes e indisimuladas entradas en la frente, vestido de cafisho de Las Vegas, de anacrónico bigotón y que deambula declamando textos absurdos en estructuras fuertemente rítimicas, ese Cave, me gusta más y me parece más creíble que el trágico esqueleto gótico de Your Funeral... My Trial. Éste me parece capaz de reírse de sí mismo, algo esencial si se quiere ser un artista serio.

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Por casualidad vi Intrusos el otro día (no abro el paraguas para hacerme el asqueado highbrow, la verdad es que por horarios laborales no podría ver Intrusos ni aunque lo quisiera), y me encuentro con el cada vez más repulsivo Jorge Rial entrevistando a Carolina Baldini, esposa o ex esposa de Diego Simeone, quién está disfrutando de sus minutos warholianos participando en Bailando por un sueño. Como se sabe Rial es hincha de River Plate y suele aprovechar su omnipotencia o impunidad de palabra para insultar en su programa -supuestamente de chismes de la farándula del espectáculo pero frecuentemente tribuna política o de diversos tipos de extorsión y presión discursiva-, así que en algún momento la charla con Baldini se desvió hacia su pareja o ex pareja, actual técnico del cuadro de Nuñez.

El diálogo que se sucedió fue en cierta forma mucho más ilustrativo de la hipertrofía de los sentimientos ligados al fútbol y el grado de demencia cotidiana que ha alcanzado que cualquier cosa que yo haya escrito en el post anterior. Baldini, una mujer algo andrógina y algo extraña, resultó ser mucho mejor declarante, más inteligente y carismática de lo que nos tienen acostumbrados las participantes de Bailando por un sueño -incluyendo, por supuesto, a "nuestra" Eunice Castro y su dedicado trabajo de uruguaya profesional- y se dedicó a responder las irrelevantes e innecesarias preguntas de Rial con destacable sentido común. Pero en un momento Rial -aclarando que el "Cholo" Simeone le caía bárbaro con todo el servilismo al que recurre cuando le conviene- le recriminó el hecho de que al otro día de que River sufriera una estruendosa, y en su concepto "humillante", derrota ante San Lorenzo, Simeone hubiera aparecido en una fotografía de una publicación, sonriendo junto a su familia tras haber recibido un premio.

Baldini le explicó que Simeone había quedado muy triste con la derrota pero que habían quedado en adjudicarle ese premio ese día y que bueno, se había sentado frente a la cámara, contento de haberlo ganado y de estar con los suyos y había sonreído. Pero Rial no lo admitía y le explicaba, "pero yo como hincha, que estaba re-caliente, yo le pido que si perdió así no salga después sonriendo porque...", y Baldini le dijo con tranquilidad algo así como "pero ese es tu problema, que no podés diferenciar las cosas". Y lo curioso es que Simeone y su familia, como cualquier técnico y su entorno que pase por el trance de una derrota notoria y "humillante", tenía motivos reales, profesionales, de imagen e involucramiento directo, para estar irritado o deprimido ese día, mientras que a Rial, más allá de una pequeña frustración ocasional, nada lo afectaba ni desviaba de su rutina diaria de denigración del ser humano. Pero era él, la persona con menos ética que haya pasado frente al lente de una cámara, el que juzgaba la actitud y el estado de ánimo de un hombre que había cometido el pecado de aparecer en una foto sonriendo con su familia. Rial, un hombre que posiblemente no sea capaz de eludir a un manequí sobre una cancha de fútbol y cuyo abyecto trabajo no tiene absolutamente nada que ver con el fútbol, puede enjuiciar públicamente a un futbolista al que al menos he visto hacer un gol heroico contra Paraguay en las eliminatorias del 94.

No es que Simeone, quién en verdad me importa un carajo y al que no le tengo particular simpatía, sea para mí un intocable, el asunto es lo que la demencia erigida alrededor del fútbol permite considerar como normal, lo que se puede recriminar y quienes están autorizados a hacerlo en función de una palabra que, como el salvoconducto absurdo del crimen pasional, parece justificar todo en nombre del sentimiento no solicitado: hincha. Algo que, como esa modelo flaca dijo sensatamente, es tu problema. Y, sobre todo, es un problema.

Muchos publicitarios se acordaron del hincha en estos días; un anuncio de una gaseosa lo presenta como un simpático freak que canta como imbécil en situaciones que no requieren su canto. Otro, más peligroso, reclama el corazón de hincha de una obesa (¿no son tan graciosos los gordos?) para que vaya a jugar al casino, donde puede ganar entradas para ver a Uruguay en las eliminatorias y donde los vicios peligrosos son saludables porque le dan dinero a la IMM. Nunca vi que nadie considerara a ese sobreexcitación emocional en relación a empresas económicas como una posible patología, o por lo menos algo sobre lo que alertar.

En fin; tal vez este informe sea lo más claro y ejemplar acerca de la cantidad de imbecilidad, mala fe y manipulación criminal que puede haber detrás del noble deporte de la pelota. Si estas cosas se tienen claras; si uno puede diferenciar las breves y transitivas emociones relacionadas con la contemplación de un encuentro deportivo de los vectores emocionales reales alrededor de nosotros; si uno puede apreciar la exageración, la cooptación de espacios que el discurso deportivo ha alcanzado y su utilización perversa como anestesia de masas; si uno le da su justa medida y su lugar, y trata de que ese lugar no eche hacia afuera a sentimientos e ideas menos intensos pero más importantes, si todo eso se tiene claro, yo no tengo absolutamente nada en contra del disfrute de un partido de fútbol y en una de esas puedo estar al lado tuyo, o en la tribuna de enfrente intercambiando sarcasmos contigo. Pero eso implica el ser capaz de establecer diferencias similares a las de poder disfrutar de una película de kung-fu sin tener que cagar a tu novia a patadas después de verla. Si no podés establecer esas diferencias tenés una enfermedad, y es contagiosa y peligrosa, y es tu problema; no lo hagas el mío.

martes, 13 de mayo de 2008

Puntos de vista

Los días pasados me resultaron bastante deprimentes, no por motivos personales sino ambientales. El clásico de fútbol entre Nacional y Peñarol batió todos los récords posibles de saturación informativa, llegando a ocupar espacios inverosímiles en los medios aún si uno no los compara con espacios nulos, como el que se dedicó a la muerte de Robert Rauschemberg, uno de los mayores artistas conceptuales del siglo XX. El motivo principal de esta explosión de imbecilidad rampante fue el que un Peñarol re-formulado como escaparate de la escudería de Paco Casal -quién se ha echado el mayor y más espeso de sus "polvos morales" en el culo de los aurinegros- por primera vez en los últimos cinco años tiene una posibilidad no tan remota de salir campeón del paupérrimo campeonato uruguayo. Siendo los hinchas de Peñarol los más numerosos -mal que le pese a los bolsos- y consumistas, el negocio para los vendedores de humo y los parásitos que viven de los desperdicios del fútbol se potencia y los supuestos periodistas objetivos se convierten en mamaderas incondicionales, sobre todo los que saben la identificación actual del cuadro -en el que en algún momento jugó el gran Fernando Morena- con la mafia monopólica de Casal y sus planchas de un millón de dólares. La mafia que les da de comer a cambio de funcionalidad obsecuente y algún tete eventual. Servidores que hacen esfuerzos inverosímiles para mantener la ilusión no sólo de que el fútbol uruguayo sigue teniendo alguna importancia mundial, sino también el que sigue siendo un espectáculo entretenido.

Yo escribo esto con incomodidad; al fin y al cabo solía ir casi todos los fines de semana a la cancha y me sigue gustando ver un buen partido de fútbol o jugarlo (algo que hace años que no hago, por desgracia), pero no voy a abrir el paraguas como toda la intelectualidad culposa ante los fenómenos populares: la (in)cultura del fútbol, algo que no tiene nada que ver con el deporte, debe ser rechazada y combatida con la misma severidad con la que se rechaza en los ámbitos civilizados a las organizaciones neo-nazis o fundamentalistas. Para mí cualquier distintivo de fútbol debería ser prohibido, como objeto de odio y división, en los ámbitos de enseñanza con la misma severidad -y derecho- con el que en Francia se prohibe el uso del velo a las alumnas o los símbolos religiosos. De hecho debería ser castigado con más severidad el llevar un emblema de Peñarol que el llevar una svástica: al fin y al cabo nadie ha matado uruguayos en nombre de la svástica y tan sólo en los últimos diez años hay por lo menos cinco ciudadanos asesinados en nombre de Peñarol, algunos de ellos -como el hincha de Cerro que fue acuchillado por diez subhumanos en frente a su hijo- con extraordinaria crueldad. Olvídense de esa mentira flagrante que dice que "son diez u once inadaptados que cagan todo, la mayoría no es así". Yo escuché a una tribuna entera cantar eso de "cómo me voy a olvidar / cuando matamos esa gallina / como me voy a olvidar / fue lo mejor que me pasó en la vida". Puede ser que sean una decena de energúmenos los que efectivamente le clavan cuellos de botellas a los hinchas del cuadro opuesto; los que lo autorizan moralmente son miles y miles. Y no es sólo Peñarol; es lo mismo con las hinchadas de Nacional, Cerro, Basañez y cualquiera de los cuadros cuyas hinchadas se ufanan de su aguante y su violencia gratuita y cobarde.

El grado de hipocresía mediática al respecto es asombroso, con un ejemplo de antología en la portada del diario El País del martes pasado: a dos días del partido el diario no encontró en todo el mundo una mejor portada que una gran foto del técnico ganador del clásico, Mario Saralegui, contemplando con felicidad la portada del día anterior que reproducía, por supuesto a Carlos Bueno. El colgado anotaba un gran pensamiento de Saralegui: "Les dije que no había que matarlos, había que ganarles". Se puede discutir la ridiculez de dedicarle la foto de tapa de un diario a un partido de fútbol que ya ocurrió hace 48 horas -una eternidad en términos periodísticos- y al que ya se le dedicó una tapa; lo que es absolutamente indiscutible es que es una monstruosidad el que debajo de esa nota tan feliz a Saralegui se lea el siguiente titular: "Matan a un hincha tricolor al grito de 'gallina'", en referencia al veterano al que cuatro lumpen mataron a patadas en La Paz. Alguien tendría que haberle dicho a alguien que por más de que las tapas dedicadas a Peñarol vendan muchos ejemplares, la segunda nota anulaba como posibilidad a la primera: había que elegir cual iba en portada, las dos no. Queda, por decirlo suavemente, un poco inmundo.

Yo prefiero que gane Defensor a que gane otro cuadro de fútbol, y lo hago no sólo porque es el cuadro que elegí en mi infancia sino también porque lo asocio con un barrio que me gusta y en el que vivo y con una institución de la que soy socio y que participa activa y positivamente de la vida de la comunidad en la que está inserta. Si este año Defensor se queda con el campeonato uruguayo lo voy a disfrutar mucho, no sólo porque es el equipo de mis simpatías sino porque le estaría ganando a este Peñarol de rodillas, al Pacoñarol, al símbolo mismo de la corrupción, la ignorancia y todo lo que me desagrada de los uruguayos. Pero cuando no estoy siguiendo un campeonato no me importa cómo le va a Defensor y no sólo no me pondría violento sino que ni siquiera me incomodaría con un desconocido por no ser de Defensor o llevar la camiseta de un rival eventual. Si me pareciera que lo que más me define como persona es ser seguidor de Defensor, entonces dejaría de serlo, porque me parece muy poco y muy pasivo. Prefiero que gane Defensor y no otro cuadro, pero yo no estoy en la cancha, yo no gano nada, yo soy un voyeur de un respetable triunfo deportivo o de la tristeza de un fracaso. Es decir, yo no soy de Defensor (o del cuadro que sea) como cualidad ontológica, no me reduzco voluntariamente a un papel tan ridículamente servil.

A pesar de la cantidad de metáforas sexuales que han hecho del vocabulario futbolístico similar al de una novela de Ercole Lissardi, a mí me gusta -muchísimo más, si hay que aclararlo- coger que ir al fútbol o verlo; me hace sentir mejor, parte de algo, de otra persona incluso, y no simplemente un fucking voyeur. Pero no voy por el mundo embanderado con los datos de quién me cogí y en qué posición. Casi nadie lo hace, a menos que sea un imbécil terminal y despreciable. También me gusta más la música que el fútbol, pero tampoco camino con una bandera de The Handsome Family o de King Crimson, dispuesto a rompérsela en la cabeza a quién prefiera a Wilco o a Procol Harum. Sin embargo la pestilencia contagiosa de la cultura futbolera ha comenzado a hacer que esto empiece a ser frecuente. Los músicos descubrieron que es un buen negocio, ya que los fans incondicionales como los del fútbol pagan la entrada aunque el espectáculo sea penoso, y lo han alentado, componiendo inspirados en las hinchadas y en formatos que puedan adaptarse a ellas. La bengala condenada en su momento por Spinetta pasó a ser el principal emblema de las bandas que lo sucedieron. Bueno, hasta que se murió un montón de gente por ese ritual criminal, pero claro, la culpa no es del fútbol ni de los que reproducen sus rituales, es de los políticos, o de los otros, como siempre.

No hay ninguna manifestación del totalitarismo, la intolerancia en su peor sentido y el fascismo masificado en la vida cotidiana más flagrante y explícita que la cultura (denominarla así es todo un oxímoron) futbolera. Hay, además, que tener un severo daño mental para no ver las conexiones directas de la misma con el reaccionarismo político más flagrante, cuando no con el fascismo; no es ningún secreto que las hinchadas de fútbol se convirtieron en Europa en los ámbitos ideales para la infiltración de los grupos neo-fascistas y su crecimiento casi geométrico. Cualquiera que no esté mirando deliberadamente hacia otro lado puede ver como las tribunas de los estadios son el medio de amplificación más sonoro de los pensamientos xenófobos, racistas o del nacionalismo más retrógrado. Y eso no es nada, ¿alguien cree que un oligarca antipático y sin muchas luces como Mauricio Macri podría ser gobernador de Buenos Aires si Boca no fuera el club de fútbol más popular de Argentina? ¿qué hizo el médico masón de Tabaré Vázquez para pasar por encima de decenas de militantes de currículum más heroico y brillante para convertirse en el lider del Frente Amplio excepto haber sacado campeón como dirigente a un cuadro de fútbol?

Cuando hace poco más de un año murió Eduardo Darnauchans, un artista conocido y un hombre de bien, sólo uno de los cinco diarios montevideanos le concedió su portada. Un escritor del calibre de Juceca no consiguió ni eso al morir. En cambio un gol le valió a ese personaje repulsivo que es Carlos Bueno la portada de los cinco. El que sea previsible no evita el que sea absurdo. Sí, efectivamente, es la clásica protesta de vieja chota profesora de literatura, pero lo que pasa es que en una cultura en la que hasta los literatos se quieren hacer los pijudos editando libros sobre fútbol y proclamando a los cuatro vientos sus conocimientos sobre fútbol (mientras sus libros generalmente delatan su ignorancia sobre la literatura), la propia cultura literaria se ha vuelto cosa de profesoras de literatura, y el concepto de "profesor de literatura" se ha vuelto indisoluble del de "vieja chota" (sea cual sea el sexo del profesor). No es de extrañarse semejante derrota cuando casi todos los que supuestamente deberían defender el intelecto y la auténtica cultura, la perseguida por el acriticismo genuflexo ante el mercado, están tan preocupados por mantener su imagen masculina e integrada con los fenómenos . Ya se sabe; hay que ser Hemingway, no Borges, hay que dejar de ser el nerd a disposición de los bullies deportistas, hay que dejar en claro que el ejercicio de la mente no embruteció la comprensión todo-terreno de los intereses masculinos, hay que dejar en claro que, además de escribir libros, uno se coge minitas y uno es un hombre de acción. Cuando a Umberto Eco -quién en definitiva es uno de los mayores integradores culturales de la teoría literaria- se le ocurrió preguntar por qué tenía que sumarse al carnaval del último mundial de fútbol en Italia, por qué tenía que interesarle si, en cambio, a casi nadie le interesaba su amada literatura medioeval, los opinólogos hacían cola para putearlo por su autismo. Entre ellos varios literatos. Hoy en día eso no pasa, porque hasta estos simples cuestionamientos han sido devorados por el pensamiento único. Pero siempre queda algún mohicano.

Si hay un artista de importancia que nunca me importó en la vida ese debe ser Nick Cave; estoy seguro que al tipo le gustan las mismas cosas que a mí, escucha los mismos discos y su aproximación al arte es de lo más sincera, pero no me convence. De adolescente tuve un maravilloso shock estético cuando en Buenos Aires un vendedor muy convicente hizo que, entre algunas grabaciones de Joy Division y The Clash, nos lleváramos el Junkyard de Birthday Party. Los que lo habíamos comprado nos pasamos meses fumando porro y escuchando ese disco con asombro un poco atemorizado, haciéndole escuchar a nuestros amigos ese disco misterioso que era mucho más violento y feo que cualquier cosa que hubiéramos escuchado en nuestra vida. Hasta el día de hoy el trabajo de Birthday Party me maravilla, pero no me conmueve (como sí lo hacen otros grandes negativos como Throbbing Gristle, Big Black o Jesus Lizard). Al contrario, el trabajo solista de Cave a veces me conmueve ('Into my arms' siempre me puede), pero no me maravilla, al contrario, me empalaga muy rápidamente. Pocas cosas debo haber explicado más veces en mi vida que mi poca afinidad con la obra de Cave, que todo el mundo imagina, sin embargo, que me fascina.

Bueno, dicho esto, lo poco que me entusiasma su música no impide que considere a Cave como un tipo brillante y un gran entrevistado, y en un reportaje en Zona de Obras me lo confirma en algunas respuestas que reproduzco acá (con errores de edición incluidos) y que se relacionan con todo lo anterior:

-Tienes cuatro hijos, ¿no?
-Sí, dos de dieciséis y dos de siete. Los pequeños son gemelos. Los de dieciséis son de madres diferentes.


-¿Qué crees que piensan de su padre? ¿Crees que saben que tú no eres el típico padre?
-Sí, supongo... Creo que les gusto. Creo que saben que no soy como el padre de sus amigos.

-Pero supongo que ellos saben todo lo que has hecho en tu vida. Incluso las cosas menos recomendables.
-La verdad es que cuando dejo a mis hijos en el colegio veo a padres con pinta mucho menos recomendables que la mía. Sus vidas han tenido que ser peor que la mía. La manera que teníamos los de mi generación de dar por culo a nuestros progenitores era tomando muchas drogas y escuchando música. El uso de la tecnología es lo que nos separa ahora de nuestros hijos.

-¿Crees que la generación actual puede hacer cosas mucho más peligrosas con la tecnología que tu generación con las drogas y la música?
-Posiblemente, sí.


-Quizás entonces tomar drogas y escuchar música te aporta más culturalmente que hacer el bobo delante de la televisión o estar en Internet 24 horas al día... -Exacto. A mí me resultaría muchísimo más doloroso ver a mi hijo entrando por la puerta con una puta gorra de lado y una jodida camiseta de un equipo de fútbol y un pack de seis cervezas bajo el brazo para ver el partido en la tele, que descubrir que está picándose heroína en su habitación porque, al menos, esto último puedo entenderlo. Al final acabaría diciendo: "¿Qué cojones he hecho mal en la vida que he traído un hooligan al mundo?". Prefiero un drogadicto a alguien que no tenga cerebro, la verdad.

Qué simple, qué claro; pero no hay clínicas de detox de la idiotez, no hay clases en primaria que alerten sobre el peligro de convertirse en un barra brava. A mí me gusta el fútbol, no lo digo por abrir el paraguas: me gusta como me gusta ver una buena película berreta de horror, pero eso no me hace parte de ninguna cofradía de débiles mentales. No considero que tenga que horrorizar al mundo en nombre de Drácula, al fin y al cabo una criatura tan fantasiosa como el amor de los futbolistas profesionales a la camiseta que portan. Mi concepción de comunidad en relación a este país inventado se apoya en Varela, pero en José Pedro, no en Obdulio. No es que sean excluyentes, pero cuando uno de estos arquetipos se vuelve la medida de todas las cosas, el preferir al otro suena, inevitablemente, como una oposición. Y tal vez lo sea.

Es decir: lo lamento, para mí no es un sentimiento, y si lo fuera igual podría parar. Es lo que hacemos los homo sapiens, esos elitistas.

sábado, 3 de mayo de 2008

Pequeña addenda relojera

Hace unos días quedé fascinado por un reloj de bolsillo con cadena que vi en una casa, un objeto maravilloso posiblemente de la segunda o tercer década del S.XX, con un automovil de la época grabado sobre la tapa. Me gustó tanto que posé con él para una foto.

Días después se lo comenté a mi madre, que comparte conmigo esa fascinación por las cosas anacrónicas y me dice "pero vos tenés un reloj de bolsillo con cadena". Me quedé sorprendido, ya que era algo de lo que no tenía ni idea, y ella me explicó que tiene guardado -para mí, porque al parecer en mi familia los objetos de hombre, como el revolver del que hablaba en un post anterior, se heredan de hombre a hombre- el reloj de bolsillo de mi abuelo el ingeniero, su padre. Entonces me lo muestra: es un Longines de mitad de los años 20, con un elegante diseño art-decó grabado sobre la tapa en la que también están grabadas en relieve las iniciales de mi abuelo. Es posiblemente uno de los objetos más bellos que haya visto nunca y está hecho casi completamente de oro. Le doy cuerda y funciona perfectamente.

Me pregunta si quiero llevármelo y me doy cuenta de que me da miedo; hay demasiado karma en ese objeto absolutamente imposible de usar. Tal vez en un día excéntrico, en el que tuviera puesto un chaleco (algo que sólo hice dos veces en mi vida), podría usar un reloj de bolsillo, pero no uno tan dorado, tan caro, tan excesivo y cargado de pathos generacional. Aunque mi madre no lo recordaba, revisamos fechas y confirmamos algo: el reloj le fue regalado a mi abuelo cuando se recibió de ingeniero. Mi abuelo era hijo de un carnicero italiano, que se vino de Génova con una mujer, una valija medio vacía, un bigote y un traje, y que consiguió -en otro Uruguay- que todos sus hijos varones obtuvieran títulos universitarios. El más notorio fue mi abuelo, que llegó a ser director de obras de la Intendencia Municipal de Montevideo, trabajando con el intendente German Barbato, de legendario ascetismo no hereditario. Ascetismo que compartió mi abuelo hasta el punto de que dedicó su carrera a la actividad pública (una pésima decisión económica para un ingeniero), de la que no se llevó ni un mango, ni un privilegio, ni un cargo para la familia, ni un enemigo. Era la persona con menos necesidades materiales que conocí en mi vida; para ser feliz le alcanzaba almorzar con la familia, ver alguna película en televisión a la noche, salir a caminar un rato a la tarde, tomar un vaso de vino, arreglar (generalmente mal) domésticamente las cosas que rompíamos y escuchar las óperas que grababa en cassette de las emisiones del Sodre. Nada más.

Mi abuelo era nominalmente un hombre de derecha, pero su identificación con el primer batllismo y el Uruguay vareliano, le habían dado una concepción igualitaria tan absoluta que hoy sería considerado un hombre de izquierda. Uno de sus mayores orgullos era el de haber construido las piscinas públicas de Trouville, en las que mi madre y decenas de miles de uruguayos aprendieron a nadar gratis, y que un intendente de izquierda cubrió de cemento para ganar unos metros aprovechables para arrendamientos a emprendimientos privados. Conectó a Montevideo con Canelones dirigiendo las obras de ampliación de la Avenida Gianattasio y construyó el paseo del lago de las canteras del Parque Rodó, que sigue siendo uno de los lugares más bonitos de toda la ciudad. Le dio la mano a Albert Einstein, cuando este visitó la Facultad de Ingeniería.

Y cuando se hizo ingeniero, le regalaron ese reloj imposible de usar en este siglo, que lleva las iniciales de su apellido italiano y que marca las horas de otro tiempo y otro país, tan muerto y olvidado como él; un tano bajito, pelado y enamorado de su ciudad; el ingeniero Osvaldo A. Dematteis.

domingo, 9 de marzo de 2008

Persistencia de la memoria

Hace ya diez años compré, en una tienda de deshechos de la URSS en la 4ª Avenida de New York, uno de mis objetos más preciados: un reloj automático de la KGB, de esfera azul oscuro, de agujas (los únicos relojes que un hombre puede usar) y con un escudo rojo con la hoz y el martillo. Había muchas cosas interesantes en aquella tienda; uniformes, esos gorros peludos que pueden incinerar el cerebro de cualquiera que los use más cerca del trópico que del ártico, reproducciones de Rushenko, y un tendero ruso viejo y divertidísimo que me contaba que había conocido a algunos uruguayos en Rusia, pero que no se había llevado bien con ellos porque eran "muy fanáticos".

Morboso, elegante, ligeramente siniestro (la KGB no era una fábrica de relojes, recordemos, y la tienda era de objetos usados), ese reloj se convirtió en una de esas cosas con las que uno sabe que va a hacerse uno, indivisible, y que va a simbolizar tanto la extraordinaria circunstancia de su compra como una edad, una estética, algo nuestro.

Seis años después de haberlo comprado el reloj dejó de funcionar. Lo llevé con un legendario relojero de Pocitos, uno de los últimos exponentes de un arte perdido, quién lo arregló pero por poco tiempo. Unas semanas después sus agujas dejaron de moverse nuevamente, volví a llevarlo y esta vez el relojero lo tuvo en estudio durante un buen tiempo. Cuando volví me dijo "mirá, como muchas de las cosas rusas esto está bastante mal hecho y además de una forma complicadísima. Lo desmonté pieza a pieza pero no funciona, está muerto. Comprate algún automático bueno, un Eternamatic o algo así y este dejalo en el cajón".

Yo tenía un Eternamatic, herencia de mi padre y con un enorme karma familiar encima, pero el que me gustaba, el que me gustaría dejarle a un hijo, era mi reloj comunista de esfera azul. Lo guardé con tristeza en un cajón.

En los años que siguieron usé dos relojes distintos, un Seiko de esfera negra, con agujas doradas, y otro que me regaló mi madre -al parecer bastante caro- del que ni siquiera recuerdo la marca. Ninguno de ellos se rompió nunca, ninguno era automático (los complejos mecanismos de balance que hacen que la cuerda de un reloj se cargue por el movimiento son considerados hoy en día demasiado caros y frágiles, sobre todo habiendo baterías tan poderosas y pequeñas) y los perdí sin el menor dolor en menos de un año: uno tenía una correa que me irritaba la muñeca y me lo sacaba frecuentemente hasta que lo olvidé en un bar, al otro se le partió la correa mientras caminaba por el parque y no me di cuenta cuando cayó al suelo. No voy a extrañarlos.

A principios de este año decidí comprarme un nuevo reloj, pero luego me di cuenta de que no lo necesitaba, al fin y al cabo el estar permanentemente con el celular encima me tenía informado acerca de la hora. Pero extrañaba el objeto; nunca usé pulseras pero me gusta tener algo en la muñeca que cumpla de alguna forma esa función, algo de color oscuro y carisma varonil, algo como un reloj de esfera azul de la KGB, por ejemplo. Y entonces pensé, ¿por qué no usarlo, aunque no funcione?

En realidad tenía un montón de respuestas para esa pregunta, de las cuales la más sencilla era que me exponía a quedar como un pelotudo o un cretino cuando me preguntaran la hora -algo que suele suceder sobre todo cuando el reloj en cuestión es grande y notorio-, pero también por el simple aura de impotencia que provoca un reloj que no da bien la hora (excepto dos veces por día, como sabemos los que conocemos los refranes anglosajones), casi como la definición misma de la inutilidad.

Pero a mí me gustaba mi reloj de asesino, así que decidí usarlo de cualquier forma. ¿Ridículo? Claro, como las cartas de amor de las que hablaba Pessoa. Como todo.

Luego de casi un mes de llevarlo sucedió lo que en cierta forma tenía que suceder; un día ví que el segundero se estaba moviendo. No me entusiasmé, al fin y al cabo cuando comenzó a dejar de funcionar también tenía breves períodos en los que funcionaba, deteniéndose inevitablemente un par de horas después. Por las dudas lo puse en hora, esto fue en la noche de Iemanjá, el dos de febrero.

Quid pro quo; hoy, 9 de marzo, el reloj sigue funcionando y apenas lo he tenido que adelantar tres o cuatro minutos un par de veces. El hecho me maravilló pero de una forma serena, como cuando uno contempla la improbabilidad de un simple acto de justicia. Porque es justo; yo le devolví su condición de reloj y el me presta un poco de su encanto criminal, dándome la hora de ir a trabajar con la misma seguridad que alguna vez, en una de esas, dio la hora de matar, incapaz -tal vez como su dueño- de notar una diferencia significativa.

Chupen rueda, promotores de magia berreta y feng shui.

viernes, 8 de febrero de 2008

And the girls in their summer clothes pass me by

Terminó enero, del 2008; qué absurdo. La última vez que me tomé vacaciones en enero fue en el año 2000. Con unos amigos y nuestras parejas alquilamos una casa en Costa Azul de La Paloma para recibir el fin del mundo con gente bonita, o celebrar que no aconteciera. Como el mundo no se terminó, me quedé casi quince días en La Pedrera. Fueron tal vez las mejores vacaciones que haya pasado en Rocha. De la gente con la que pasé esos días, más de la mitad emigró en estos años. Otra se perdió en algún camino paralelo. A algunos los veo aún. Supongo que todo el mundo puede contar algo parecido.

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Me dicen que el rock estuvo muerto este verano; los principales eventos promovidos en la costa atlántica fueron más bien un desastre. No sé si entristecerme, no por los productos en baja -que me importan una mierda- sino porque no creo que sean sustituidos por las bandas que realmente me gustan. En todo caso este fue y es, como todos los veranos, uno de psicodelia cero. Más allá de la que uno se procure a sí mismo, por supuesto.

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Un edicto policial anuncia que este febrero está prohibido el arrojar bombitas de agua en carnaval. El motivo es que el año pasado unos cuantos lumpen se divirtieron metiéndo piedras dentro de las mismas, o rellenándolas con líquidos repulsivos, y como prevención la policía decidió cortar por lo sano y prohibir todo. Mi interés en las bombitas de agua es igual a cero; no me gustaban cuando era niño, no hay ningún motivo por el que me gusten ahora. Me asombra como se sigue legislando por la excepción degenerada y no por la mayoría sensata, y me asombra de cualquier forma la rapidez que tiene la abiertamente represiva administración actual (ni un decreto o ley que liberara algo, decenas limitando libertades individuales) y la docilidad con la que la gente lo acepta. Una vez la teoría de la rana a la que van friendo de a poco en la olla. Una vez más el proyecto de un país de pusilánimes tan repugnantes, reprimidos y estúpidos como su más alto mandatario.

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Hace un año abrí este blog, tras haber cerrado varios meses antes Fuck You Tiger, asustado ante el desarrollo y el crecimiento incontrolable del mismo. Después de unos brevísimos días en Punta Rubia me di cuenta de que quería volver a escribir en la web, sin motivo, para nadie, por simple comunicación anónima, como esos sexópatas que meten su miembro en un gloryhole en la pared esperando ser succionados por el anónimato total, por la desconocida absoluta.

Mientras tanto el escribir en blogs dejó de ser una novedad cool para ser una obviedad egocéntrica al alcance de todo el mundo. Posiblemente sea mejor, posiblemente algunos idiotas ya no se lo tomen tan en serio.


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Las o los responsables de ese monumento a la conchudez terminal que es Galería aplauden como focas el dato -irrelevante para la mayoría de los humanos- de que la revista Elle eligió a Punta del Diablo como una de las playas más cool del mundo. Suponemos que dicha selección habrá derivado de la alegría que le produjo a alguna de las cronistas (o los cronistas) de Elle el que algún pescador cachondo por los días en el mar le rompiera el culo repetidas veces en algún recodo de la península rocosa, pero me gustaría decirles a las señoras de Galería que antes de festejar como un cipayo drogado con éctasy cualquier mención en una revista europea a algo uruguayo, habría que pensar si esta no dijo una imbecilidad absoluta, como es el caso.

Cool es un (gran) término polisemático que muchas culturas no angloparlantes han adoptado por no tener un equivalente preciso. Por supuesto que es un término admirativo y que implica ese "tener onda" que puede ser tanto una apreciación elitista como un elogio de lo más democrático, pero lo que la diferencia de otros términos admirativos -y que está en su propia raíz semántica, proviniente de "cold"- es que implica un cierto distanciamiento. Se ha extendido indiscriminadamente, pero originalmente el término se utilizaba exclusivamente para describir esa notable capacidad de algunas personas de mantener la gracia y la elegancia aún en trances complicados. Una combinación armoniosa de conducta y aspecto, por decir algo, pero no cualquier combinación armoniosa.

Aplicado a un balneario, el término cool sería para mí un lugar destacable, visitado por celebridades a la callada, de características un poco más liberales que la media. Es decir, algo así como la porquería en la que se esfuerzan en convertir a Cabo Polonio o La Pedrera. En cambio Punta del Diablo siempre tuvo un carácter más doméstico, más de balneario para consumo interno; de hecho si tiene una característica distintiva es su calidez y su absoluta falta de clase.

No se me puede ocurrir un balneario menos cool, más allá del nombre, que Punta del Diablo; estaría bueno que alguien se lo explicara a la cronista o el cronista de Elle (y a sus festejantes) cuando se desabotonen.

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Escuché el supuesto disco del año, Kala de MIA y su pontíficado hit 'Paper Planes'. Es la pista de la maravillosa 'Straight to Hell' de The Clash con la sri-lankesa rapeando encima, de vez en cuando hay unos tiros sampleados. Sin dudas es el tema del año, pero del año 1982, y en la versión que no tiene a esta mina berreando encima, sino a Joe Strummer cantando una de sus mejores y más sensibles letras. El resto del disco de MIA es una especie de recopilación de samples de world music saturados por el exceso de compresión y rapeados por alguien con acento curioso. Uy, qué maravilla.

Me asombra en verdad como a treinta años más o menos del surgimiento del hip-hop, la crítica sigue sobrevalorando todo lo que hace un no-músico con un sampler y un montón de licks choreados a un músico. ¿Qué hay cosas buenísimas? Sin dudas, pero los críticos siguen babeándose ante cosas que no son más que un pungueo descarado con una letra infantil, larga, aburrida y plagada de rimas berretas y consonantes encima. Porque una cosa es Snoop y Dre loopeando medio compás de George Clinton y re-inventándolo, y otra es MC Hammer borrando la pista de voz del 'Superfreak' de Rick James y llenándose de oro con el resultado. O MIA estropeando 'Straight to Hell'. Para hacer eso no valía la pena redescubrir Sri Lanka.

¿Cual es mi música de verano? Louis Armstrong, Watain, las recopilaciones de Disco Not Disco, Augustus Pablo, Tribalistas, Grand Funk Railroad, The Hidden Hand y Funkadelic. No, no me estoy haciendo el coso.

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El hermoso muro de granito de la Rambla Sur, que fotografió con cariño Michael Mann al filmar Miami Vice, luce aún la obra de los mugrientos del Partido Nacional que pintarrajearon hace años su piedra a la altura de la playa Ramírez, cuya obra aún puede verse gracias a que los mugrientos de la IMM no se molestaron en limpiarlo. Pero en los últimos días tuvieron un aporte extra, algún desviado, probable víctima de las bestias evangelistas, se molestó en pintar -más o menos cada cincuenta metros y con espesa espesa pintura blanca- la frase "Ey, que Dios te bendiga". Misteriosamente, ya que el trazo es el mismo, algunas veces dice "Dyos", tal vez por un exceso de énfasis en el punto de la "i".

Mientras camino y bordeo el Club de Golf, me asombra la persistencia del imbécil, que siguió repitiendo su frasecita a lo largo de unos dos kilómetros, hasta llegar al Memorial del Holocausto Judío. Allí el muro desaparece, pero no la pintura, ya que el mántrico evangelista decidió gastar lo que tenía pintarrajeando a manchones la loza en la que está escrita el significado simbólico del Memorial y la explicación de la existencia del mismo. Evidentemente Dios, o Dyos, no extiende su bendición a los judíos.

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A veces, cuando salgo a caminar por la rambla, cerca de la playa, me pongo a contar tatuajes en las personas que me cruzo. Me gustan los tatuajes, qué le vamos a hacer. Cada año cuento más en menos tiempo, pero la mayoría me impresionan más por su fealdad absoluta que por el sano interés en decorarse a uno mismo mediante cicatrices coloreadas.

Un tatuaje es una decisión delicada y permanente; no puedo entender a gente que deambula por ahí con la piel grabada con dibujos que avergonzarían a los márgenes del cuaderno de un adolescente. Siempre hay que tener en cuenta tres cosas: no tatuarse borracho, no ahorrar dinero en tatuajes y no inmortalizar a parejas ni sus nombres sobre la piel. El amor siempre pasa, los tatuajes no.

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Este va a ser el verano de la cocaína, decía un jerarca gubernamental en diciembre. Tenía algo de razón; tal vez sea el dolar bajo, tal vez sean cosechas espectaculares de coca, tal vez sea moda o tal vez sea simplemente una mayor displicencia de los organismos encargados de controlarla, lo cierto es que desde finales de los 80 y comienzos de los 90 que no se veía tanta merca en la vuelta, tan pura, tan relativamente barata y tanta gente tomándola en cantidades asombrosas.

Pero seguramente este verano no sea recordado por la cocaína, sino por un daño colateral de la misma: la prisión del relacionista público Gaby Álvarez. No voy a repetir la historia que todos saben, pero desde el primer momento en que se supo que el tipo había metido el freno de mano a un auto que iba a 150 kmph, todo el mundo pensó: "estaba duro como un topacio". Es que es una de esas pésimas ideas que a uno se le ocurren cuando se está muy pasado de frula, y en su momento seguro que tenía una rara lógica. "Qué rápido que vamos... ¿no estaría genial meter el freno de mano AHORA....?"

Unos días después de estar encarcelado, y posiblemente aconsejado por su abogado, Álvarez admitió el haber consumido "un poco" de cocaína. Al otro día los jerarcas policiales anunciaban que iban a seguir la "pista" de la cocaína de Álvarez.

Ahora, yo por más que Álvarez me caiga para el orto, coincido con el análisis de Anibal Corti en Brecha (aunque Corti se refería al camionero que se llevó puesta una camioneta y fue condenado a ocho años de cárcel) con respecto a que hay mucho de cobrar al grito en el fallo que lo condenó a prisión, y en lo ciertamente absurdo que es el castigar un acto funesto pero no intencional con estricta severidad mientras crímenes deliberados y de asombrosa crueldad gozan de todo tipo de atenuantes. El relacionista argentino ligó mal, cometió su terrible error en un momento en que el mismo causaba alarma pública, es decir, en el momento en que todos los medios -con pocas noticias y sorprendidos por la cantidad de accidentes fatales- estaba reclamando que la sangre en las rutas se pagara con sangre en la prisión. Esto por supuesto no tiene nada que ver con la justicia, ni remotamente.

Habiendo dicho eso, creo también que si, por las declaraciones de Álvarez, el estado de alarma pública se amplía hasta los amables dealers y se culpabiliza a la "maldita cocaína", y por esas ramificaciones alarmistas terminan sufriendo los dedicados comerciantes de la noche, entonces mi opinión sobre la situación de Álvarez va a cambiar radicalmente y yo voy a desear que lo declaren Reina del Fist-Fuck de la cárcel de Las Rosas.

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Vi mi película del verano: May de Lucky McGee, una especie de actualización de Carrie sobre una chica muy desafortunada que va cayendo en la demencia y que termina produciendo un baño de sangre que ha conseguido que se le considere una película de horror (de hecho la edición en DVD en castellano lleva el espantoso nombre de El rostro del horror). Es una de las cosas más desoladoras y conmovedoras que he visto en mucho tiempo, aunque a la vez no es realmente deprimente; es demasiado bella para serlo. Había visto ya las otras obras de McGee -director y escritor de May-, su genial capítulo de Masters of Horror (Sick Girl) y The Woods, todas historias de amor disfrazadas de noche de brujas, todas llenas de bordes lésbicos y relaciones sorprendentes.

Reviso reseñas de May en la web y, salvo algunos críticos amateur, casi todos le encuentran sus peros y sus fallas, que si hay mucha sangre al final, que si Carrie era mejor, que en verdad no asusta (los críticos tienen cuatro huevos y nunca se asustan con nada). Los críticos de cine son tan, tan, tan, tan, tan chupapijas cuando escriben sobre películas de horror que ni siquiera se dan cuenta cuando una parece serlo y no lo es.

Me enamoré de Angela Bettis, la protagonista; se parece a una versión más joven de Holly Hunter. Me gustan las mujeres con cara de duende.

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La casa en la dónde trabajo tiene un par de enormes claraboyas que suelen estar abiertas durante los meses cálidos. De vez en cuando algunos pájaros -en su mayoría gorriones- se cuelan por debajo de la misma para picotear migas caídas durante el almuerzo, o simplemente para curiosear. El año pasado una hembra de gorrión hizo su nido en una moldura interior, encima de un arco del altísimo techo, y allí tuvo sus crías, a las que escuchamos píar con insistencia durante semanas, y que finalmente abandonaron el nido. Este año pasó lo mismo, pero posiblemente estemos ante una segunda generación de gorriones nacidos y crecidos en el interior de una casa, porque este verano se llenó de pajaritos desvergonzados, que se paran encima de los monitores mientras uno escribe, que no parecen asustarse ante los movimientos bruscos, que atraviesan la oficina ya sin causar sorpresa, porque al menos para nosotros es bueno trabajar en una casa llena de pájaros.

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Montevideo.comm extrae una frase de unas declaraciones de Gaby Álvarez para titular una nota sobre su estado de ánimo en prisión: "Me senté y lloré"....

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Se ha festejado este año como el año que se descubrió Rocha; mejor dicho, como el año en que un montón de pelotudos llenos de guita descubrieron Rocha produciendo, instantáneamente, una carestía asombrosa en los alquileres y los bienes de consumo mínimo. Un éxito, han dicho unánimemente los medios y los allegados al Ministerio de Turismo.

No hay fábula que ilustre mejore el espiritu vil de este período del capitalismo que la de la gallina de los huevos de oro. No hay forma de que la codicia de la gente entienda que el atractivo de determinadas cosas depende directamente de su cualidad ontológica de no-explotadas o casi no-explotadas. Hay centenas de jerarcas municipales rochenses y propietarios de terrenos o casas soñando con convertir a La Pedrera, Valizas, Cabo Polonio o incluso Atlántica en Punta del Este Nº 1, 2, 3 o 4, cuando el atractivo de esos sitios es que, justamente, no son Punta del Este.

Hay dos balnearios, en la gran franja costera de Rocha que tendrían -o tuvieron- una infraestructura como para convertirse en balnearios urbanos y muy populosos. Uno es La Coronilla y el otro La Paloma. Al primero lo asesinó la dictadura y el Canal Andreoni, que contaminó sus playas de residuos arroceros y vacas muertas, al segundo lo va a asesinar la democracia (un término paradójico si se tienen en cuenta de la casi totalidad de los habitantes de La Paloma están en contra del proyecto) cuando construyan el puerto de aguas profundas que pretenden hacer en esa localidad. El resto es otra cosa, pero eso no le importa a los que pueden hacer un peso ahora.

Algo similar a lo que pasó con las Llamadas; está claro que el atractivo de un espectáculo esencialmente rítmico y no visual era la continuidad de ritmos y el trance en el que no solo los tocadores de candombe sino también su público entraban gracias a esa continuidad. Pero a alguien se le ocurrió que era una fiesta ensanchable, agrandable, y explotable a full, así que las comparsas crecieron en bailarines y, sobre todo, en publicidad paga. El resultado fue que los espacios entre cuerda y cuerda de tambores crecieron hasta el punto ridículo de que muchos de los primeros bailarines hacen lo suyo sin escuchar siquiera a los tambores, que vienen detrás de cien o doscientos metros plagados de banderas y pasacalles publicitarios, y luego de dichos tambores hay un centenar o más de pelotudos sumados a la comparsa bailando y separando aún más a cada cuerda de la que la sucede. El asunto es como si en una fiesta electrónica el DJ parara a fumarse un cigarro cada vez que termina de pasar un tema. Pero bueno, era explotable y a alguno le convendrá puntualmente el que el espectáculo se desarrolle así. Claro que en el medio se convirtió en una mierda y su destino es convertirse en algo tan aburrido, feo e intrínsicamente impopular (la gente sigue yendo, aunque no lo disfrute, pero eso es otro tema) como el Corso de 18 de julio.

Eso es lo que está pasando, o peor, lo que ya pasó con varias de las localidades que más me gustan de la costa rochense. Yo tuve aún la oportunidad de disfrutarlas en su estado natural y semi-virgen, no creo que alguien que ronde los quince o veinte años tenga esa oportunidad y consiga vivir uno de esos momentos de satori a los que solo se llega en donde no hay nadie y donde parece que no hubo nadie. No es sólo mi condición de ecologista misántropo lo que me hace lamentarme de eso, es que simplemente es un horrible negocio a largo plazo.

Y no es sólo culpa de los propietarios, los promotores y la codicia imbécil; una enorme parte de culpa la tienen los que supuestamente aman esos lugares. Por ejemplo los integrantes de la farándula alternativa porteña, que, convencidos de ser los primeros que llegaron a sitios tan accesibles como La Pedrera o Valizas, no paran de gritar a los cuatro vientos, en cada puta nota que dan, las maravillas de esos lugares y lo maravilloso que fue para ellos llegar allí. Yo no le prohibiría ni a los Pauls ni a Maitena el que vayan a los balnearios chicos de Rocha, pero les aplicaría una ley similar a la que defendían los habitantes de aquella isla del Océano Índico de la película de Danny Boyle: si llegaste hasta aquí está todo bien, yo también llegué, pero si respetás este lugar no lo promociones y dejá que sólo lleguen los que realmente lo estén buscando. Es decir, explicarle al mega-pelotudo del pelado Cordera que puede ayudar a su imagen de re-loco el hacer un tour lisérgico por el Polonio y contárselo a la Rolling Stone, pero que al Polonio no le va a hacer nada bien tener a un centenar de apestosos fans de su banda intentando reproducir su experiencia. No sos Cristobal Colón, especie de imbécil. Cerrá el pico de una puta vez.

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Me estoy por ir de vacaciones, hace cinco años que no paso quince días fuera de Montevideo, hace ocho que no paso una semana entera en la playa. Nunca sentí una necesidad psíquica y física tan profunda de vacacionar; esa mezcla de agotamiento y descontrol que uno sabe que solamente puede calmar con la infalible sedación del silencio, de ese silencio lleno de sonido -de chicharras, de grillos, del gruñido constante del océano- que vuelve obscena hasta a la propia música. Hoy tuve mi último día de trabajo y a la noche los músculos, comenzando a aflojarse lentamente, me dolían como si hubiera estado haciendo fierros en forma imprudente. Estoy cansado, muy cansado, quiero dormir y quiero que me pase alguna maravilla que ahora no puedo imaginar. O al menos dormir con suficiente paz espiritual como para soñarla.

sábado, 19 de enero de 2008

The beauty of our weapons

Durante una reciente mudanza de mi madre, aproveché para apoderarme en forma definitiva de un par de objetos del patrimonio familiar -para ser exacto, de mi abuelo- que me fascinaban desde niño y que ahora tengo conmigo. El primero de ellos es una bayoneta alemana de la Primera Guerra Mundial, un objeto largo como un machete, ligeramente arruinado porque en su momento los vendedores decidieron matarle la punta, dejándola roma para venderlo como cuchillo para cortar el pan. Es solucionable, aunque a costa de cortarle un par de centímetros de filo.

El otro objeto es un revólver Smith & Wesson calíbre 38, de cinco tiros, de un modelo de principios del S.XX. No tiene balas y supuestamente no funciona, aunque el percutor parece estar en perfecto estado y el tambor gira alegremente cada vez que se oprime el gatillo. Tiene las cachas de plástico originales, con el bonito logo de Smith & Wesson, cubriendo una culata asombrosamente chica que no llega a ocupar todo el largo de mi mano. Teniendo en cuenta que es un calibre grande, supongo que para poder disparar con una cierta firmeza se debe sujetar la muñeca con la otra mano. No sé, nunca lo vi funcionar; era un objeto que mi abuelo mantenía cuidadosamente escondido de mí y que apenas había visto un par de veces en vida del mismo.

Aunque por supuesto es inofensivo en su estado actual de mal funcionamiento y carencia de balas, causa una sensación extraña el gatillarlo sobre la propia cabeza -o el apuntar y gatillar apuntándole a alguien-, un vértigo parecido a cuando uno se asoma de un balcón muy alto, pero que tiene que ver también con una cierta malignidad inmanente al objeto mismo y que comparte con la bayoneta. Al fin y al cabo y a pesar de ser mucho menos peligrosos que cualquiera de los cuchillos tramontina con los que como, se diferencian de estos objetos en su propósito original, que es simplemente el de matar personas.

La bayoneta es incómoda y excesivamente grande para cortar comida, delatando a cada segundo su único objetivo: el clavarse en el cuerpo de alguien, desde la punta de un mosquetón mauser o desde la mano de un soldado, ya que tiene -a diferencia de las bayonetas más toscas del siglo anterior que consistían apenas en un aro de hierro con un largo pincho- una empuñadura de madera y metal que recuerda a un águila y reboza de la elegancia de todas las armas germanas. El Smith & Wesson por su parte es un modelo orientado al mercado europeo, y como tal tiene líneas más delicadas -sobre todo en el metal que va desde el caño al gatillo- que otros revólveres contemporáneos de la casa.

Ignoro si estos objetos cumplieron alguna vez su propósito de ser; apostaría a que el Smith & Wesson no; ni mi abuelo ni su padre fueron -por lo que sé, porque todo el mundo tiene secretos- personas de armas tomar, y el perfecto estado exterior del mismo indica que rara vez salió de su cajón original. De la bayoneta no puedo aventurar absolutamente nada y su historial de muertes o fracasos es definitivamente secreta.

Es extraño pensar que ambas provienen de un tiempo, principios del S.XX, en el que era raro el hombre que llegaba a la ancianidad sin haberle quitado la vida -en forma justa o injusta- como mínimo a otro hombre en su camino. En términos de especie no ha pasado más que un suspiro desde aquellos días, pero sin embargo son objetos totalmente desnaturalizados para la mayoría de los occidentales, dejando de lado claro está a criminales, agentes de ley y militares. Son objetos a los que les tenemos más miedo que respeto, aún cuando incapaces de funcionar. Pero hay algo adentro nuestro que los reconoce como prolongación y como instrumento democratizador. "Dios creó a los hombres y Colt los hizo iguales" se decía cuando en el S.XIX aparecieron los revolveres Colt. Algo de eso hay, en cierta forma pone las cosas a una misma altura de seriedad.

El cariño por las armas, a pesar de que tal vez fuera el sustento secreto de muchos revolucionarios izquierdistas, es un afecto que pertenece al campo imaginario de la derecha. Debe haber pocas organizaciones más ligadas a la ultraderecha en EE.UU. que la National Rifle Asociation (NRA), conocida por su lucha por el derecho de los ciudadanos a tener y portar armas. Sin embargo y sin ignorar muchos de los intereses que hay detrás de esta organización y de lo repelente que suele ser la ideología de sus adeptos, los dos argumentos sobre los que defienden su derecho a poseer armas de fuego son bastante atendibles. En primer lugar las simple argumentación -indiscutible, por otra parte- de que son los hombres y no las armas los que matan gente, y que un adulto tiene derecho a poseerlas, para su defensa o entretenimiento, sin ser evaluado en relación a los actos de criminales. No es algo tan distinto a las concepciones libertarias sobre el derecho a tomar drogas, o a abortar.

El otro argumento que sostienen es que es peligroso que el estado tenga el monopolio de la tenencia de armas y que los ciudadanos tienen que tener la posibilidad de armarse para resistir a un eventual gobierno tiránico, algo que está escrito en su consititución. Este argumento es muy preocupante dentro del sistema norteamericano, ya que, con algunas excepciones, estos no se han caracterizado por el reprimir o tiranizar a sus gobernados, algo que al parecer prefieren hacer fuera de frontera. Sin embargo esta idea no parecería nada insensata en países como los del Cono Sur, que han sufrido impotentemente la violencia estatal contra su población.

Es por supuesto un tema muy complicado, tanto que incluso Michael Moore en su brulote contra la NRA y la tenencia de armas, Bowling for Columbine, dejaba claro que hay otros países en los que es tan sencillo conseguir armas como en EE.UU., y que sin embargo en ellos no se producían atrocidades domésticas como este. Me gusta pensar que el concepto de Moore -que es un tipo mucho más inteligente de lo que se cree- no es que el tener armas sea necesariamente dañino para los adultos, pero que los estadounidenses no son adultos en relación a las armas.

No es la legislación sobre lo que me interesa hablar -al fin y al cabo creo que estoy de acuerdo con ambas posiciones al respecto, lo que me ahorra de muchos problemas- sino sobre la fascinación, la naturaleza de la fascinación. El recuerdo de la proximidad del bicho territorial, del animal cazador; el paisaje de ese lugar al que queremos ir cuando de niños jugamos a la guerra, y el que nos hipnotiza de grandes en la pantalla cada vez que nos enamoramos, con culpa o sin ella, de la representación visual de la violencia.

Pero no tengo nada que decir al respecto, nada razonable. Solo tratar de describir el peso, cómodo, del metal en la manor, la línea desde el percutor a la mira, el suave sonido metálico al amartillar... algo que se ordena y hace click.

Hace un tiempo escuché un click similar, paseando a tranco lento en un caballo color caramelo, cerca de la rivera del Río Negro, con un rifle a la espalda. Estaba atardeciendo y no pasó absolutamente nada, sólo que todo estaba finalmente ordenado. Como cuando terminás de afinar la primera y pasás la púa sobre las seis cuerdas afinadas. Recuerdo ese momento desde esta silla demasiado cómoda, frente a esta pantalla titilante. Debería haberme sacado una foto para saber cómo me veo cuando me siento así.