sábado, 3 de mayo de 2008

Pequeña addenda relojera

Hace unos días quedé fascinado por un reloj de bolsillo con cadena que vi en una casa, un objeto maravilloso posiblemente de la segunda o tercer década del S.XX, con un automovil de la época grabado sobre la tapa. Me gustó tanto que posé con él para una foto.

Días después se lo comenté a mi madre, que comparte conmigo esa fascinación por las cosas anacrónicas y me dice "pero vos tenés un reloj de bolsillo con cadena". Me quedé sorprendido, ya que era algo de lo que no tenía ni idea, y ella me explicó que tiene guardado -para mí, porque al parecer en mi familia los objetos de hombre, como el revolver del que hablaba en un post anterior, se heredan de hombre a hombre- el reloj de bolsillo de mi abuelo el ingeniero, su padre. Entonces me lo muestra: es un Longines de mitad de los años 20, con un elegante diseño art-decó grabado sobre la tapa en la que también están grabadas en relieve las iniciales de mi abuelo. Es posiblemente uno de los objetos más bellos que haya visto nunca y está hecho casi completamente de oro. Le doy cuerda y funciona perfectamente.

Me pregunta si quiero llevármelo y me doy cuenta de que me da miedo; hay demasiado karma en ese objeto absolutamente imposible de usar. Tal vez en un día excéntrico, en el que tuviera puesto un chaleco (algo que sólo hice dos veces en mi vida), podría usar un reloj de bolsillo, pero no uno tan dorado, tan caro, tan excesivo y cargado de pathos generacional. Aunque mi madre no lo recordaba, revisamos fechas y confirmamos algo: el reloj le fue regalado a mi abuelo cuando se recibió de ingeniero. Mi abuelo era hijo de un carnicero italiano, que se vino de Génova con una mujer, una valija medio vacía, un bigote y un traje, y que consiguió -en otro Uruguay- que todos sus hijos varones obtuvieran títulos universitarios. El más notorio fue mi abuelo, que llegó a ser director de obras de la Intendencia Municipal de Montevideo, trabajando con el intendente German Barbato, de legendario ascetismo no hereditario. Ascetismo que compartió mi abuelo hasta el punto de que dedicó su carrera a la actividad pública (una pésima decisión económica para un ingeniero), de la que no se llevó ni un mango, ni un privilegio, ni un cargo para la familia, ni un enemigo. Era la persona con menos necesidades materiales que conocí en mi vida; para ser feliz le alcanzaba almorzar con la familia, ver alguna película en televisión a la noche, salir a caminar un rato a la tarde, tomar un vaso de vino, arreglar (generalmente mal) domésticamente las cosas que rompíamos y escuchar las óperas que grababa en cassette de las emisiones del Sodre. Nada más.

Mi abuelo era nominalmente un hombre de derecha, pero su identificación con el primer batllismo y el Uruguay vareliano, le habían dado una concepción igualitaria tan absoluta que hoy sería considerado un hombre de izquierda. Uno de sus mayores orgullos era el de haber construido las piscinas públicas de Trouville, en las que mi madre y decenas de miles de uruguayos aprendieron a nadar gratis, y que un intendente de izquierda cubrió de cemento para ganar unos metros aprovechables para arrendamientos a emprendimientos privados. Conectó a Montevideo con Canelones dirigiendo las obras de ampliación de la Avenida Gianattasio y construyó el paseo del lago de las canteras del Parque Rodó, que sigue siendo uno de los lugares más bonitos de toda la ciudad. Le dio la mano a Albert Einstein, cuando este visitó la Facultad de Ingeniería.

Y cuando se hizo ingeniero, le regalaron ese reloj imposible de usar en este siglo, que lleva las iniciales de su apellido italiano y que marca las horas de otro tiempo y otro país, tan muerto y olvidado como él; un tano bajito, pelado y enamorado de su ciudad; el ingeniero Osvaldo A. Dematteis.

domingo, 9 de marzo de 2008

Persistencia de la memoria

Hace ya diez años compré, en una tienda de deshechos de la URSS en la 4ª Avenida de New York, uno de mis objetos más preciados: un reloj automático de la KGB, de esfera azul oscuro, de agujas (los únicos relojes que un hombre puede usar) y con un escudo rojo con la hoz y el martillo. Había muchas cosas interesantes en aquella tienda; uniformes, esos gorros peludos que pueden incinerar el cerebro de cualquiera que los use más cerca del trópico que del ártico, reproducciones de Rushenko, y un tendero ruso viejo y divertidísimo que me contaba que había conocido a algunos uruguayos en Rusia, pero que no se había llevado bien con ellos porque eran "muy fanáticos".

Morboso, elegante, ligeramente siniestro (la KGB no era una fábrica de relojes, recordemos, y la tienda era de objetos usados), ese reloj se convirtió en una de esas cosas con las que uno sabe que va a hacerse uno, indivisible, y que va a simbolizar tanto la extraordinaria circunstancia de su compra como una edad, una estética, algo nuestro.

Seis años después de haberlo comprado el reloj dejó de funcionar. Lo llevé con un legendario relojero de Pocitos, uno de los últimos exponentes de un arte perdido, quién lo arregló pero por poco tiempo. Unas semanas después sus agujas dejaron de moverse nuevamente, volví a llevarlo y esta vez el relojero lo tuvo en estudio durante un buen tiempo. Cuando volví me dijo "mirá, como muchas de las cosas rusas esto está bastante mal hecho y además de una forma complicadísima. Lo desmonté pieza a pieza pero no funciona, está muerto. Comprate algún automático bueno, un Eternamatic o algo así y este dejalo en el cajón".

Yo tenía un Eternamatic, herencia de mi padre y con un enorme karma familiar encima, pero el que me gustaba, el que me gustaría dejarle a un hijo, era mi reloj comunista de esfera azul. Lo guardé con tristeza en un cajón.

En los años que siguieron usé dos relojes distintos, un Seiko de esfera negra, con agujas doradas, y otro que me regaló mi madre -al parecer bastante caro- del que ni siquiera recuerdo la marca. Ninguno de ellos se rompió nunca, ninguno era automático (los complejos mecanismos de balance que hacen que la cuerda de un reloj se cargue por el movimiento son considerados hoy en día demasiado caros y frágiles, sobre todo habiendo baterías tan poderosas y pequeñas) y los perdí sin el menor dolor en menos de un año: uno tenía una correa que me irritaba la muñeca y me lo sacaba frecuentemente hasta que lo olvidé en un bar, al otro se le partió la correa mientras caminaba por el parque y no me di cuenta cuando cayó al suelo. No voy a extrañarlos.

A principios de este año decidí comprarme un nuevo reloj, pero luego me di cuenta de que no lo necesitaba, al fin y al cabo el estar permanentemente con el celular encima me tenía informado acerca de la hora. Pero extrañaba el objeto; nunca usé pulseras pero me gusta tener algo en la muñeca que cumpla de alguna forma esa función, algo de color oscuro y carisma varonil, algo como un reloj de esfera azul de la KGB, por ejemplo. Y entonces pensé, ¿por qué no usarlo, aunque no funcione?

En realidad tenía un montón de respuestas para esa pregunta, de las cuales la más sencilla era que me exponía a quedar como un pelotudo o un cretino cuando me preguntaran la hora -algo que suele suceder sobre todo cuando el reloj en cuestión es grande y notorio-, pero también por el simple aura de impotencia que provoca un reloj que no da bien la hora (excepto dos veces por día, como sabemos los que conocemos los refranes anglosajones), casi como la definición misma de la inutilidad.

Pero a mí me gustaba mi reloj de asesino, así que decidí usarlo de cualquier forma. ¿Ridículo? Claro, como las cartas de amor de las que hablaba Pessoa. Como todo.

Luego de casi un mes de llevarlo sucedió lo que en cierta forma tenía que suceder; un día ví que el segundero se estaba moviendo. No me entusiasmé, al fin y al cabo cuando comenzó a dejar de funcionar también tenía breves períodos en los que funcionaba, deteniéndose inevitablemente un par de horas después. Por las dudas lo puse en hora, esto fue en la noche de Iemanjá, el dos de febrero.

Quid pro quo; hoy, 9 de marzo, el reloj sigue funcionando y apenas lo he tenido que adelantar tres o cuatro minutos un par de veces. El hecho me maravilló pero de una forma serena, como cuando uno contempla la improbabilidad de un simple acto de justicia. Porque es justo; yo le devolví su condición de reloj y el me presta un poco de su encanto criminal, dándome la hora de ir a trabajar con la misma seguridad que alguna vez, en una de esas, dio la hora de matar, incapaz -tal vez como su dueño- de notar una diferencia significativa.

Chupen rueda, promotores de magia berreta y feng shui.

viernes, 8 de febrero de 2008

And the girls in their summer clothes pass me by

Terminó enero, del 2008; qué absurdo. La última vez que me tomé vacaciones en enero fue en el año 2000. Con unos amigos y nuestras parejas alquilamos una casa en Costa Azul de La Paloma para recibir el fin del mundo con gente bonita, o celebrar que no aconteciera. Como el mundo no se terminó, me quedé casi quince días en La Pedrera. Fueron tal vez las mejores vacaciones que haya pasado en Rocha. De la gente con la que pasé esos días, más de la mitad emigró en estos años. Otra se perdió en algún camino paralelo. A algunos los veo aún. Supongo que todo el mundo puede contar algo parecido.

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Me dicen que el rock estuvo muerto este verano; los principales eventos promovidos en la costa atlántica fueron más bien un desastre. No sé si entristecerme, no por los productos en baja -que me importan una mierda- sino porque no creo que sean sustituidos por las bandas que realmente me gustan. En todo caso este fue y es, como todos los veranos, uno de psicodelia cero. Más allá de la que uno se procure a sí mismo, por supuesto.

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Un edicto policial anuncia que este febrero está prohibido el arrojar bombitas de agua en carnaval. El motivo es que el año pasado unos cuantos lumpen se divirtieron metiéndo piedras dentro de las mismas, o rellenándolas con líquidos repulsivos, y como prevención la policía decidió cortar por lo sano y prohibir todo. Mi interés en las bombitas de agua es igual a cero; no me gustaban cuando era niño, no hay ningún motivo por el que me gusten ahora. Me asombra como se sigue legislando por la excepción degenerada y no por la mayoría sensata, y me asombra de cualquier forma la rapidez que tiene la abiertamente represiva administración actual (ni un decreto o ley que liberara algo, decenas limitando libertades individuales) y la docilidad con la que la gente lo acepta. Una vez la teoría de la rana a la que van friendo de a poco en la olla. Una vez más el proyecto de un país de pusilánimes tan repugnantes, reprimidos y estúpidos como su más alto mandatario.

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Hace un año abrí este blog, tras haber cerrado varios meses antes Fuck You Tiger, asustado ante el desarrollo y el crecimiento incontrolable del mismo. Después de unos brevísimos días en Punta Rubia me di cuenta de que quería volver a escribir en la web, sin motivo, para nadie, por simple comunicación anónima, como esos sexópatas que meten su miembro en un gloryhole en la pared esperando ser succionados por el anónimato total, por la desconocida absoluta.

Mientras tanto el escribir en blogs dejó de ser una novedad cool para ser una obviedad egocéntrica al alcance de todo el mundo. Posiblemente sea mejor, posiblemente algunos idiotas ya no se lo tomen tan en serio.


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Las o los responsables de ese monumento a la conchudez terminal que es Galería aplauden como focas el dato -irrelevante para la mayoría de los humanos- de que la revista Elle eligió a Punta del Diablo como una de las playas más cool del mundo. Suponemos que dicha selección habrá derivado de la alegría que le produjo a alguna de las cronistas (o los cronistas) de Elle el que algún pescador cachondo por los días en el mar le rompiera el culo repetidas veces en algún recodo de la península rocosa, pero me gustaría decirles a las señoras de Galería que antes de festejar como un cipayo drogado con éctasy cualquier mención en una revista europea a algo uruguayo, habría que pensar si esta no dijo una imbecilidad absoluta, como es el caso.

Cool es un (gran) término polisemático que muchas culturas no angloparlantes han adoptado por no tener un equivalente preciso. Por supuesto que es un término admirativo y que implica ese "tener onda" que puede ser tanto una apreciación elitista como un elogio de lo más democrático, pero lo que la diferencia de otros términos admirativos -y que está en su propia raíz semántica, proviniente de "cold"- es que implica un cierto distanciamiento. Se ha extendido indiscriminadamente, pero originalmente el término se utilizaba exclusivamente para describir esa notable capacidad de algunas personas de mantener la gracia y la elegancia aún en trances complicados. Una combinación armoniosa de conducta y aspecto, por decir algo, pero no cualquier combinación armoniosa.

Aplicado a un balneario, el término cool sería para mí un lugar destacable, visitado por celebridades a la callada, de características un poco más liberales que la media. Es decir, algo así como la porquería en la que se esfuerzan en convertir a Cabo Polonio o La Pedrera. En cambio Punta del Diablo siempre tuvo un carácter más doméstico, más de balneario para consumo interno; de hecho si tiene una característica distintiva es su calidez y su absoluta falta de clase.

No se me puede ocurrir un balneario menos cool, más allá del nombre, que Punta del Diablo; estaría bueno que alguien se lo explicara a la cronista o el cronista de Elle (y a sus festejantes) cuando se desabotonen.

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Escuché el supuesto disco del año, Kala de MIA y su pontíficado hit 'Paper Planes'. Es la pista de la maravillosa 'Straight to Hell' de The Clash con la sri-lankesa rapeando encima, de vez en cuando hay unos tiros sampleados. Sin dudas es el tema del año, pero del año 1982, y en la versión que no tiene a esta mina berreando encima, sino a Joe Strummer cantando una de sus mejores y más sensibles letras. El resto del disco de MIA es una especie de recopilación de samples de world music saturados por el exceso de compresión y rapeados por alguien con acento curioso. Uy, qué maravilla.

Me asombra en verdad como a treinta años más o menos del surgimiento del hip-hop, la crítica sigue sobrevalorando todo lo que hace un no-músico con un sampler y un montón de licks choreados a un músico. ¿Qué hay cosas buenísimas? Sin dudas, pero los críticos siguen babeándose ante cosas que no son más que un pungueo descarado con una letra infantil, larga, aburrida y plagada de rimas berretas y consonantes encima. Porque una cosa es Snoop y Dre loopeando medio compás de George Clinton y re-inventándolo, y otra es MC Hammer borrando la pista de voz del 'Superfreak' de Rick James y llenándose de oro con el resultado. O MIA estropeando 'Straight to Hell'. Para hacer eso no valía la pena redescubrir Sri Lanka.

¿Cual es mi música de verano? Louis Armstrong, Watain, las recopilaciones de Disco Not Disco, Augustus Pablo, Tribalistas, Grand Funk Railroad, The Hidden Hand y Funkadelic. No, no me estoy haciendo el coso.

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El hermoso muro de granito de la Rambla Sur, que fotografió con cariño Michael Mann al filmar Miami Vice, luce aún la obra de los mugrientos del Partido Nacional que pintarrajearon hace años su piedra a la altura de la playa Ramírez, cuya obra aún puede verse gracias a que los mugrientos de la IMM no se molestaron en limpiarlo. Pero en los últimos días tuvieron un aporte extra, algún desviado, probable víctima de las bestias evangelistas, se molestó en pintar -más o menos cada cincuenta metros y con espesa espesa pintura blanca- la frase "Ey, que Dios te bendiga". Misteriosamente, ya que el trazo es el mismo, algunas veces dice "Dyos", tal vez por un exceso de énfasis en el punto de la "i".

Mientras camino y bordeo el Club de Golf, me asombra la persistencia del imbécil, que siguió repitiendo su frasecita a lo largo de unos dos kilómetros, hasta llegar al Memorial del Holocausto Judío. Allí el muro desaparece, pero no la pintura, ya que el mántrico evangelista decidió gastar lo que tenía pintarrajeando a manchones la loza en la que está escrita el significado simbólico del Memorial y la explicación de la existencia del mismo. Evidentemente Dios, o Dyos, no extiende su bendición a los judíos.

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A veces, cuando salgo a caminar por la rambla, cerca de la playa, me pongo a contar tatuajes en las personas que me cruzo. Me gustan los tatuajes, qué le vamos a hacer. Cada año cuento más en menos tiempo, pero la mayoría me impresionan más por su fealdad absoluta que por el sano interés en decorarse a uno mismo mediante cicatrices coloreadas.

Un tatuaje es una decisión delicada y permanente; no puedo entender a gente que deambula por ahí con la piel grabada con dibujos que avergonzarían a los márgenes del cuaderno de un adolescente. Siempre hay que tener en cuenta tres cosas: no tatuarse borracho, no ahorrar dinero en tatuajes y no inmortalizar a parejas ni sus nombres sobre la piel. El amor siempre pasa, los tatuajes no.

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Este va a ser el verano de la cocaína, decía un jerarca gubernamental en diciembre. Tenía algo de razón; tal vez sea el dolar bajo, tal vez sean cosechas espectaculares de coca, tal vez sea moda o tal vez sea simplemente una mayor displicencia de los organismos encargados de controlarla, lo cierto es que desde finales de los 80 y comienzos de los 90 que no se veía tanta merca en la vuelta, tan pura, tan relativamente barata y tanta gente tomándola en cantidades asombrosas.

Pero seguramente este verano no sea recordado por la cocaína, sino por un daño colateral de la misma: la prisión del relacionista público Gaby Álvarez. No voy a repetir la historia que todos saben, pero desde el primer momento en que se supo que el tipo había metido el freno de mano a un auto que iba a 150 kmph, todo el mundo pensó: "estaba duro como un topacio". Es que es una de esas pésimas ideas que a uno se le ocurren cuando se está muy pasado de frula, y en su momento seguro que tenía una rara lógica. "Qué rápido que vamos... ¿no estaría genial meter el freno de mano AHORA....?"

Unos días después de estar encarcelado, y posiblemente aconsejado por su abogado, Álvarez admitió el haber consumido "un poco" de cocaína. Al otro día los jerarcas policiales anunciaban que iban a seguir la "pista" de la cocaína de Álvarez.

Ahora, yo por más que Álvarez me caiga para el orto, coincido con el análisis de Anibal Corti en Brecha (aunque Corti se refería al camionero que se llevó puesta una camioneta y fue condenado a ocho años de cárcel) con respecto a que hay mucho de cobrar al grito en el fallo que lo condenó a prisión, y en lo ciertamente absurdo que es el castigar un acto funesto pero no intencional con estricta severidad mientras crímenes deliberados y de asombrosa crueldad gozan de todo tipo de atenuantes. El relacionista argentino ligó mal, cometió su terrible error en un momento en que el mismo causaba alarma pública, es decir, en el momento en que todos los medios -con pocas noticias y sorprendidos por la cantidad de accidentes fatales- estaba reclamando que la sangre en las rutas se pagara con sangre en la prisión. Esto por supuesto no tiene nada que ver con la justicia, ni remotamente.

Habiendo dicho eso, creo también que si, por las declaraciones de Álvarez, el estado de alarma pública se amplía hasta los amables dealers y se culpabiliza a la "maldita cocaína", y por esas ramificaciones alarmistas terminan sufriendo los dedicados comerciantes de la noche, entonces mi opinión sobre la situación de Álvarez va a cambiar radicalmente y yo voy a desear que lo declaren Reina del Fist-Fuck de la cárcel de Las Rosas.

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Vi mi película del verano: May de Lucky McGee, una especie de actualización de Carrie sobre una chica muy desafortunada que va cayendo en la demencia y que termina produciendo un baño de sangre que ha conseguido que se le considere una película de horror (de hecho la edición en DVD en castellano lleva el espantoso nombre de El rostro del horror). Es una de las cosas más desoladoras y conmovedoras que he visto en mucho tiempo, aunque a la vez no es realmente deprimente; es demasiado bella para serlo. Había visto ya las otras obras de McGee -director y escritor de May-, su genial capítulo de Masters of Horror (Sick Girl) y The Woods, todas historias de amor disfrazadas de noche de brujas, todas llenas de bordes lésbicos y relaciones sorprendentes.

Reviso reseñas de May en la web y, salvo algunos críticos amateur, casi todos le encuentran sus peros y sus fallas, que si hay mucha sangre al final, que si Carrie era mejor, que en verdad no asusta (los críticos tienen cuatro huevos y nunca se asustan con nada). Los críticos de cine son tan, tan, tan, tan, tan chupapijas cuando escriben sobre películas de horror que ni siquiera se dan cuenta cuando una parece serlo y no lo es.

Me enamoré de Angela Bettis, la protagonista; se parece a una versión más joven de Holly Hunter. Me gustan las mujeres con cara de duende.

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La casa en la dónde trabajo tiene un par de enormes claraboyas que suelen estar abiertas durante los meses cálidos. De vez en cuando algunos pájaros -en su mayoría gorriones- se cuelan por debajo de la misma para picotear migas caídas durante el almuerzo, o simplemente para curiosear. El año pasado una hembra de gorrión hizo su nido en una moldura interior, encima de un arco del altísimo techo, y allí tuvo sus crías, a las que escuchamos píar con insistencia durante semanas, y que finalmente abandonaron el nido. Este año pasó lo mismo, pero posiblemente estemos ante una segunda generación de gorriones nacidos y crecidos en el interior de una casa, porque este verano se llenó de pajaritos desvergonzados, que se paran encima de los monitores mientras uno escribe, que no parecen asustarse ante los movimientos bruscos, que atraviesan la oficina ya sin causar sorpresa, porque al menos para nosotros es bueno trabajar en una casa llena de pájaros.

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Montevideo.comm extrae una frase de unas declaraciones de Gaby Álvarez para titular una nota sobre su estado de ánimo en prisión: "Me senté y lloré"....

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Se ha festejado este año como el año que se descubrió Rocha; mejor dicho, como el año en que un montón de pelotudos llenos de guita descubrieron Rocha produciendo, instantáneamente, una carestía asombrosa en los alquileres y los bienes de consumo mínimo. Un éxito, han dicho unánimemente los medios y los allegados al Ministerio de Turismo.

No hay fábula que ilustre mejore el espiritu vil de este período del capitalismo que la de la gallina de los huevos de oro. No hay forma de que la codicia de la gente entienda que el atractivo de determinadas cosas depende directamente de su cualidad ontológica de no-explotadas o casi no-explotadas. Hay centenas de jerarcas municipales rochenses y propietarios de terrenos o casas soñando con convertir a La Pedrera, Valizas, Cabo Polonio o incluso Atlántica en Punta del Este Nº 1, 2, 3 o 4, cuando el atractivo de esos sitios es que, justamente, no son Punta del Este.

Hay dos balnearios, en la gran franja costera de Rocha que tendrían -o tuvieron- una infraestructura como para convertirse en balnearios urbanos y muy populosos. Uno es La Coronilla y el otro La Paloma. Al primero lo asesinó la dictadura y el Canal Andreoni, que contaminó sus playas de residuos arroceros y vacas muertas, al segundo lo va a asesinar la democracia (un término paradójico si se tienen en cuenta de la casi totalidad de los habitantes de La Paloma están en contra del proyecto) cuando construyan el puerto de aguas profundas que pretenden hacer en esa localidad. El resto es otra cosa, pero eso no le importa a los que pueden hacer un peso ahora.

Algo similar a lo que pasó con las Llamadas; está claro que el atractivo de un espectáculo esencialmente rítmico y no visual era la continuidad de ritmos y el trance en el que no solo los tocadores de candombe sino también su público entraban gracias a esa continuidad. Pero a alguien se le ocurrió que era una fiesta ensanchable, agrandable, y explotable a full, así que las comparsas crecieron en bailarines y, sobre todo, en publicidad paga. El resultado fue que los espacios entre cuerda y cuerda de tambores crecieron hasta el punto ridículo de que muchos de los primeros bailarines hacen lo suyo sin escuchar siquiera a los tambores, que vienen detrás de cien o doscientos metros plagados de banderas y pasacalles publicitarios, y luego de dichos tambores hay un centenar o más de pelotudos sumados a la comparsa bailando y separando aún más a cada cuerda de la que la sucede. El asunto es como si en una fiesta electrónica el DJ parara a fumarse un cigarro cada vez que termina de pasar un tema. Pero bueno, era explotable y a alguno le convendrá puntualmente el que el espectáculo se desarrolle así. Claro que en el medio se convirtió en una mierda y su destino es convertirse en algo tan aburrido, feo e intrínsicamente impopular (la gente sigue yendo, aunque no lo disfrute, pero eso es otro tema) como el Corso de 18 de julio.

Eso es lo que está pasando, o peor, lo que ya pasó con varias de las localidades que más me gustan de la costa rochense. Yo tuve aún la oportunidad de disfrutarlas en su estado natural y semi-virgen, no creo que alguien que ronde los quince o veinte años tenga esa oportunidad y consiga vivir uno de esos momentos de satori a los que solo se llega en donde no hay nadie y donde parece que no hubo nadie. No es sólo mi condición de ecologista misántropo lo que me hace lamentarme de eso, es que simplemente es un horrible negocio a largo plazo.

Y no es sólo culpa de los propietarios, los promotores y la codicia imbécil; una enorme parte de culpa la tienen los que supuestamente aman esos lugares. Por ejemplo los integrantes de la farándula alternativa porteña, que, convencidos de ser los primeros que llegaron a sitios tan accesibles como La Pedrera o Valizas, no paran de gritar a los cuatro vientos, en cada puta nota que dan, las maravillas de esos lugares y lo maravilloso que fue para ellos llegar allí. Yo no le prohibiría ni a los Pauls ni a Maitena el que vayan a los balnearios chicos de Rocha, pero les aplicaría una ley similar a la que defendían los habitantes de aquella isla del Océano Índico de la película de Danny Boyle: si llegaste hasta aquí está todo bien, yo también llegué, pero si respetás este lugar no lo promociones y dejá que sólo lleguen los que realmente lo estén buscando. Es decir, explicarle al mega-pelotudo del pelado Cordera que puede ayudar a su imagen de re-loco el hacer un tour lisérgico por el Polonio y contárselo a la Rolling Stone, pero que al Polonio no le va a hacer nada bien tener a un centenar de apestosos fans de su banda intentando reproducir su experiencia. No sos Cristobal Colón, especie de imbécil. Cerrá el pico de una puta vez.

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Me estoy por ir de vacaciones, hace cinco años que no paso quince días fuera de Montevideo, hace ocho que no paso una semana entera en la playa. Nunca sentí una necesidad psíquica y física tan profunda de vacacionar; esa mezcla de agotamiento y descontrol que uno sabe que solamente puede calmar con la infalible sedación del silencio, de ese silencio lleno de sonido -de chicharras, de grillos, del gruñido constante del océano- que vuelve obscena hasta a la propia música. Hoy tuve mi último día de trabajo y a la noche los músculos, comenzando a aflojarse lentamente, me dolían como si hubiera estado haciendo fierros en forma imprudente. Estoy cansado, muy cansado, quiero dormir y quiero que me pase alguna maravilla que ahora no puedo imaginar. O al menos dormir con suficiente paz espiritual como para soñarla.

sábado, 19 de enero de 2008

The beauty of our weapons

Durante una reciente mudanza de mi madre, aproveché para apoderarme en forma definitiva de un par de objetos del patrimonio familiar -para ser exacto, de mi abuelo- que me fascinaban desde niño y que ahora tengo conmigo. El primero de ellos es una bayoneta alemana de la Primera Guerra Mundial, un objeto largo como un machete, ligeramente arruinado porque en su momento los vendedores decidieron matarle la punta, dejándola roma para venderlo como cuchillo para cortar el pan. Es solucionable, aunque a costa de cortarle un par de centímetros de filo.

El otro objeto es un revólver Smith & Wesson calíbre 38, de cinco tiros, de un modelo de principios del S.XX. No tiene balas y supuestamente no funciona, aunque el percutor parece estar en perfecto estado y el tambor gira alegremente cada vez que se oprime el gatillo. Tiene las cachas de plástico originales, con el bonito logo de Smith & Wesson, cubriendo una culata asombrosamente chica que no llega a ocupar todo el largo de mi mano. Teniendo en cuenta que es un calibre grande, supongo que para poder disparar con una cierta firmeza se debe sujetar la muñeca con la otra mano. No sé, nunca lo vi funcionar; era un objeto que mi abuelo mantenía cuidadosamente escondido de mí y que apenas había visto un par de veces en vida del mismo.

Aunque por supuesto es inofensivo en su estado actual de mal funcionamiento y carencia de balas, causa una sensación extraña el gatillarlo sobre la propia cabeza -o el apuntar y gatillar apuntándole a alguien-, un vértigo parecido a cuando uno se asoma de un balcón muy alto, pero que tiene que ver también con una cierta malignidad inmanente al objeto mismo y que comparte con la bayoneta. Al fin y al cabo y a pesar de ser mucho menos peligrosos que cualquiera de los cuchillos tramontina con los que como, se diferencian de estos objetos en su propósito original, que es simplemente el de matar personas.

La bayoneta es incómoda y excesivamente grande para cortar comida, delatando a cada segundo su único objetivo: el clavarse en el cuerpo de alguien, desde la punta de un mosquetón mauser o desde la mano de un soldado, ya que tiene -a diferencia de las bayonetas más toscas del siglo anterior que consistían apenas en un aro de hierro con un largo pincho- una empuñadura de madera y metal que recuerda a un águila y reboza de la elegancia de todas las armas germanas. El Smith & Wesson por su parte es un modelo orientado al mercado europeo, y como tal tiene líneas más delicadas -sobre todo en el metal que va desde el caño al gatillo- que otros revólveres contemporáneos de la casa.

Ignoro si estos objetos cumplieron alguna vez su propósito de ser; apostaría a que el Smith & Wesson no; ni mi abuelo ni su padre fueron -por lo que sé, porque todo el mundo tiene secretos- personas de armas tomar, y el perfecto estado exterior del mismo indica que rara vez salió de su cajón original. De la bayoneta no puedo aventurar absolutamente nada y su historial de muertes o fracasos es definitivamente secreta.

Es extraño pensar que ambas provienen de un tiempo, principios del S.XX, en el que era raro el hombre que llegaba a la ancianidad sin haberle quitado la vida -en forma justa o injusta- como mínimo a otro hombre en su camino. En términos de especie no ha pasado más que un suspiro desde aquellos días, pero sin embargo son objetos totalmente desnaturalizados para la mayoría de los occidentales, dejando de lado claro está a criminales, agentes de ley y militares. Son objetos a los que les tenemos más miedo que respeto, aún cuando incapaces de funcionar. Pero hay algo adentro nuestro que los reconoce como prolongación y como instrumento democratizador. "Dios creó a los hombres y Colt los hizo iguales" se decía cuando en el S.XIX aparecieron los revolveres Colt. Algo de eso hay, en cierta forma pone las cosas a una misma altura de seriedad.

El cariño por las armas, a pesar de que tal vez fuera el sustento secreto de muchos revolucionarios izquierdistas, es un afecto que pertenece al campo imaginario de la derecha. Debe haber pocas organizaciones más ligadas a la ultraderecha en EE.UU. que la National Rifle Asociation (NRA), conocida por su lucha por el derecho de los ciudadanos a tener y portar armas. Sin embargo y sin ignorar muchos de los intereses que hay detrás de esta organización y de lo repelente que suele ser la ideología de sus adeptos, los dos argumentos sobre los que defienden su derecho a poseer armas de fuego son bastante atendibles. En primer lugar las simple argumentación -indiscutible, por otra parte- de que son los hombres y no las armas los que matan gente, y que un adulto tiene derecho a poseerlas, para su defensa o entretenimiento, sin ser evaluado en relación a los actos de criminales. No es algo tan distinto a las concepciones libertarias sobre el derecho a tomar drogas, o a abortar.

El otro argumento que sostienen es que es peligroso que el estado tenga el monopolio de la tenencia de armas y que los ciudadanos tienen que tener la posibilidad de armarse para resistir a un eventual gobierno tiránico, algo que está escrito en su consititución. Este argumento es muy preocupante dentro del sistema norteamericano, ya que, con algunas excepciones, estos no se han caracterizado por el reprimir o tiranizar a sus gobernados, algo que al parecer prefieren hacer fuera de frontera. Sin embargo esta idea no parecería nada insensata en países como los del Cono Sur, que han sufrido impotentemente la violencia estatal contra su población.

Es por supuesto un tema muy complicado, tanto que incluso Michael Moore en su brulote contra la NRA y la tenencia de armas, Bowling for Columbine, dejaba claro que hay otros países en los que es tan sencillo conseguir armas como en EE.UU., y que sin embargo en ellos no se producían atrocidades domésticas como este. Me gusta pensar que el concepto de Moore -que es un tipo mucho más inteligente de lo que se cree- no es que el tener armas sea necesariamente dañino para los adultos, pero que los estadounidenses no son adultos en relación a las armas.

No es la legislación sobre lo que me interesa hablar -al fin y al cabo creo que estoy de acuerdo con ambas posiciones al respecto, lo que me ahorra de muchos problemas- sino sobre la fascinación, la naturaleza de la fascinación. El recuerdo de la proximidad del bicho territorial, del animal cazador; el paisaje de ese lugar al que queremos ir cuando de niños jugamos a la guerra, y el que nos hipnotiza de grandes en la pantalla cada vez que nos enamoramos, con culpa o sin ella, de la representación visual de la violencia.

Pero no tengo nada que decir al respecto, nada razonable. Solo tratar de describir el peso, cómodo, del metal en la manor, la línea desde el percutor a la mira, el suave sonido metálico al amartillar... algo que se ordena y hace click.

Hace un tiempo escuché un click similar, paseando a tranco lento en un caballo color caramelo, cerca de la rivera del Río Negro, con un rifle a la espalda. Estaba atardeciendo y no pasó absolutamente nada, sólo que todo estaba finalmente ordenado. Como cuando terminás de afinar la primera y pasás la púa sobre las seis cuerdas afinadas. Recuerdo ese momento desde esta silla demasiado cómoda, frente a esta pantalla titilante. Debería haberme sacado una foto para saber cómo me veo cuando me siento así.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Euzkalerría, los iroqueses y un montón de caca así de grande

Leo un texto del escritor, periodista y jerarca municipal Fernando Butazzoni en la contratapa del semanario Voces del Frente. En el mismo Butazzoni narra la historia de una tribu india iroquesa que avecinándose un crudo invierno en 1689, solicitó refugio en un poblado llamado Ann Arundel Town. Los habitantes de dicho pueblo le negaron el asilo a los indios, lo que produjo la muerte de muchos durante aquel cruel invierno y ahondó una brecha irreparable entre los iroqueses y los blancos.

A continuación Butazzoni hace un violento viaje en el tiempo para comparar aquella tragedia con una de menores proporciones; a comienzos de este mes el Ministerio de Vivienda decidió "relocalizar" a 19 familias de un asentamiento ilegal de Comercio y Pernas, e instalarlos durante dos años en el complejo habitacional de Euzkalerría. De inmediato los vecinos del Euzkalerría se reunieron para detener la medida del Ministerio, aduciendo -según Butazzoni, que llena de asombrados "sic" las citas de frases perfectamente comprensibles y bien redactadas- que esas familias tienen "costumbres muy, muy distintas", que "manejan otros códigos" y que tienen "falta de hábito de trabajo legal". Lo cual sostenían que iba a alterar el delicado equilibrio social de estos enormes complejos habitacionales. Movilizados, los vecinos amenazaron con dejar de pagar sus cuotas al BHU.

Butazzoni se enoja mucho y compara esta actitud con la de los que mandaron al muere a los indios iroqueses, pero a pesar de lo exagerado de la comparación, el escritor plantea la misma en forma desfavorable para los vecinos del Euzkalerría, ya que mientras los colonizadores habían sido brutalmente francos acerca de su desagrado por los indios, "a los vecinos de asentamiento de Pernas y comercio los han inundado con circunloquios y trampas retóricas, izquierda mental, derecha espiritual". Luego los trata de insolidarios y metonímicamente los convierte en una muestra de la fractura del tejido social, etc, culmina razonando que, ahora que las cosas empiezan a ir bien en el país (...) y que la reforma tributaria "abrió de prepo nuestros bolsillos", es hora de "abrir los corazones" para que "episodios como el de Euzkalerría, que nos denigran a todos como sociedad, no ocurran más".

Ahora vamos a dejar de lado la injusticia fundamental de que -mientras los habitantes del Euzkalerría pagan religiosamente (bueno, los que lo hagan) sus cuotas del BHU por su pertenencia a ese otrora modélico complejo- el Ministerio de Vivienda decida regalarle el acceso al mismo a un número de familias que el mismo Estado decidió desplazar desde su asentamiento original. Dejemos de lado el que no se puede acusar a una comunidad de falta de solidaridad por reaccionar ante una medida que ella no decidió y que fue negociada sin consulta. Dejemos de lado el que "solidaridad obligatoria" es un oxímoron. Dejemos de lado la depreciación inmediata de las propiedades que eso significaría (ay, sí, lo material, qué cosa), algo que maldita la gracia que le debe hacer a quienes vienen pagandolas desde hace años y que no son precisamente parte de los dueños del Uruguay. Dejemos de lado el que por mucho que se indigne Butazzoni las diferencias culturales esenciales entre la clase media-baja, o la clase trabajadora en general, y los desclasados próximos a la indigencia de los asentamientos es real y no un prejuicio alimentado por los ideólogos malos del capitalismo. Dejemos de lado que los motivos enumerados por los habitantes del Euzkalerría no son eufemismos que oculten prejuicios de clase sino que son hechos bastante objetivos. Dejemos de lado el que si hay un clasismo violento es el de las autoridades que creen que, como ganan poco, los trabajadores habitantes del Euzkalerría son idénticos a los de un asentamiento, mientras que a nadie se le hubiera ocurrido siquiera relocalizar a esas familias en alguno de los edificios estatales al pedo en un barrio más burgués. Dejemos de lado el eterno maniqueísmo infantil de pobres buenos, vecinos malos. Dejemos de lado la pregunta obvia de si el enojado Butazzoni vive por casualidad en el Euzkalerría, condición sine qua non para opinar con semejante autoridad moral. Dejemos de lado a Butazzoni. Dejemos de lado el voluntarismo, el pensamiento rousseauniano, la demagogia y la generosidad solidaria con lo que no es de uno, y preguntemos simplemente: ¿quién fue el genio al que se le ocurrió relocalizar familias de un asentamiento justo, justo, justo en el Euzkalerría? Aún sabiendo que dicho ministerio tiene luminarias como Mariano Arana y Jaime Igorra a la cabeza, me sigue pareciendo un chiste de mal gusto.

Me explico para los desmemoriados; el complejo Euzkalerría 70, habitado por alrededor de 1.400 familias de trabajadores de clase media-baja en su gran mayoría, convive, calle de por medio, con un asentamiento particularmente violento -uno de los siete de la zona-, ubicado en los alrededores de la Facultad de Ciencias, que se convirtió en un centro de rapiñas y arrebatos cuyas principales víctimas son las mujeres del complejo. El nivel de delincuencia llegó a tales grados que los almacenes de la zona instauraron un servicio de custodia para que las amas de casa pudieran hacer las compras sin ser asaltadas en el camino.

Como si esto no fuera motivo de tensión, hace apenas tres años, un policía que prestaba el servicio 222 en el complejo -pagado los vecinos del Euzkalerría justamente por el aumento de los delitos en la zona- enloqueció por las bromas de un grupo de adolescentes del complejo y abrió fuego contra los mismos, matando a un muchacho, Santiago Yerle de 18 años, e hiriendo a otros cinco. La atrocidad produjo una reacción inmediata de los vecinos, que salieron en masa a protestar contra la policía, pero también la de los habitantes del asentamiento, que, aprovechando que la indignación de los vecinos había hecho retirarse a la policía, cruzaron la calle para saquear los comercios y garages del complejo, asaltando de paso a varios vecinos al grito, según testimonios recabados por los boletines del PVP (no precisamente una fuente portavoz de la derecha o la mano dura), de "Vamos a robar todo, a ver quién nos para". Hubieron 300 llamadas del Euzkalerría 70 al 911, que no las contestó, y al otro día el complejo amaneció con uno de sus muchachos muertos, varios baleados y, como si fuera poco el dolor de esta muerte absurda, con sus escasas pertenencias robadas y su entorno vandalizado en honor a la oportunidad generada.

Es decir, no debe haber comunidad montevideana más sensibilizada negativamente -con mucha razón o con poca, pero no sin razones- hacia los asentamientos que los habitantes del Euzkalerría. ¿Y qué se le ocurre al Ministerio de Vivienda? Instalar a 20 familias de extracción similar en medio del complejo. Genial, ¿por qué no un monumento a Rampla en el Tróccoli, ya que estamos?

No quiero tomar partido definitivo en estas cosas, ante la tan mentada fractura social podemos discutir horas sobre que vino primero, si la gallina o el huevo, y no llegar a nada, pero el asunto es que la misma existe y hay medidas de largo y corto plazo para subsanarla. El voluntarismo y la fe en la condición humana no son precisamente condición esencial para las mismas y la reducción de los fenómenos de violencia al hambre es una simplificación tan criminal como los hechos mismos que producen esa fractura. No hay problemas con soñar con mundos mejores, siempre y cuando durante la vigilia se recuerde que estamos en este.

En su nota Butazzoni enumera las terribles e innegables condiciones que se viven en los asentamientos -ratas, piojos, basura, dentaduras destartaladas, ignorancia- y recuerda que estos marginados no son bienvenidos en la mayoría de los otros barrios. "Ellos tienen amplios territorios que les están vedados, barrios en los que no se aventuran, calles por las que nunca han pasado siquiera". Es verdad, sin dudas. Pero Butazzoni, como parte de la IMM debería -antes de aplaudir la disposición arbitraria de comunidades ajenas- hacer las cuentas de cuántas viviendas podría haber aportado la intendencia con los millones de dólares que dejó evaporarse de las arcas de los casinos, o con los más numerosos aún que pasaron a los bolsillos de los funcionarios de ADEOM a causa de los horrores contractuales de la administración frenteamplista. Y debería, sobre todo, dar vuelta el telescopio y recordar también que no solo los marginados tienen espacios vedados, que hay otras zonas prohibidas para la mayoría de los montevideanos cuya transgresión no se paga con el desprecio o la mueca clasista sino muchas veces con las pertenencias más queridas o con la propia vida. Como las calles que rodean al complejo Euzkalerría, convertidas en territorio apache para todas las mujeres, los ancianos y los trabajadores que alguna vez soñaron en vivir en paz en una comunidad colectiva, bajo sus propias reglas.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Ego sum qui sum

En el extraviado programa conducido por Nacho Álvarez, Pan y Circo, se invitó -ante la ausencia de Gustavo Escanlar- al popular empresario y estrella radial conocido como Orlando Pettinati. En un momento de diálogo semi-casual se dio un momento fascinante de inmodestia de parte de Pettinati, hombre al que hay que reconocerle que se caga olímpicamente en los protocolos de humildad que supuestamente se exigen a los uruguayos notorios: Álvarez le preguntó qué edad tenía, a lo que Pettinati le contestó que 39; entonces Álvarez le comentó que recientemente, conversando con Gabriel Peluffo -cantante de los Buitres- le había preguntado al rocker (de edad similar a la de Pettinati) si no estaba ya pensando en "dar un paso adelante", es decir, retirarse de su actividad performática, a lo que al parecer Peluffo le habría contestado que sí, que lo estaba considerando. Al ser interrogado sobre si haría lo mismo o si seguiría con su actividad de conductor radial, Pettinati dijo que bueno, que mientras disfrutara de hacerlo y siguiera teniendo éxito en la radio y la televisión (omitió elegantemente el hecho de que nunca tuvo éxito en televisión), ¿por qué dejar de hacerlo? Y entonces agregó algo así como "porque vos se lo preguntaste a Peluffo... pero, ¡andá a preguntarle a Mick Jagger a ver si tiene que seguir cantando o no!". La implicancia estaba clara: Pettinati no es un Peluffo, es un Mick Jagger.

No es ni el primer ni el mayor exabrupto de ego de Freddy Nieuchowicz (a quién seguiremos denominando como "Pettinati" por motivos obvios de complejidad en el tipeo); hace un par de años recuerdo haber comentado en otro blog un reportaje en el que el hombre concluía diciendo que todos los que lo criticaban lo hacían porque hubieran deseado tener un programa como Malos Pensamientos. Recuerdo haber escrito que yo habría preferido ser castrado a dentelladas por ratas de puerto antes que ser responsable de semejante basura auditiva y que eso pese sobre mi karma, pero he descubierto con el tiempo que el hombre ya no me irrita como antes, sino que simplemente me entristece. No por lo equivocado que pueda estar en su montaña de ego y mugre moral, sino por lo que tiene de razón.

Este año culmina el ciclo de Justicia Infinita, programa que tuvo no pocos momentos brillantes y que ostenta el raro privilegio de haberle ganado, durante un mes o algo así, en audiencia a Pettinati quién viene dominando los diales uruguayos desde hace más de una década. De hecho lo sigue haciendo ahora, que se supone está en decadencia, y tiene récords totalmente absurdos como haber superado al público radial de la llegada del hombre a la Luna y cosas así. Así, el triunfo eventual de Justicia Infinita fue breve y a costa de un esfuerzo creativo intenso, en contraposición del programa de Pettinati, que conservó buena parte de su audiencia aún siendo hecho de taquito, gracias al considerable talento de su conductor para captar el mínimo común denominador de los uruguayos.

Hace poco tuve una experiencia que no tenía desde hacía diez años -cuando mi ida en ómnibus al trabajo coincidía exactamente con el horario de Malos Pensamientos, por lo que los conductores me obligaban a escucharlo diariamente (motivo por el cual me costaba no esbozar una sonrisa cuando me enteraba que habían matado a alguno en una rapiña)-, al subir en la tarde a uno de estos transportes públicos y escuchar, durante unos cuarenta minutos al programa en cuestión. Descubrí que no había cambiado para nada excepto por dos cosas presentes en los segmentos más o menos informativos: una posición crítica hacia las medidas de gobierno y varias profundas demostraciones de xenofobia anti-argentina. El hombre sigue sabiendo hacia donde sopla el viento.

También vi un par de veces Mundo Cruel, su programa televisivo, que me produjo dos efectos extraños; por un lado el sentirme absolutamente alienado de un chiste -o mejor dicho de una serie de ellos-, como si los estuvieran diciendo en otro idioma incomprensible, o más exactamente, como cuando uno lisa y llanamente no entiende un chiste. No la dinámica reconocible del chiste malo sino la totalmente desconocida, como si uno viera a un orate muerto de la risa frente a un cartel de tráfico. El otro efecto fue anular absolutamente mi pulsión de líbido hacia Patricia Wolf, que hasta ver Mundo Cruel me parecía una mujer extraordinariamente sexy.

Ultimamente me siento un poco desanimado en relación a la cultura general uruguaya, y no es que haya sido un gran optimista al respecto. Veo por un lado una fenomenal explosión de creatividad entre gente que promedia la veintena de años, acercándose a los treinta, pero en lugar de entusiasmarme esa energía no puedo evitar percibir la carencia absoluta de impacto cultural que tienen esos esfuerzos, perdidos en el ninguneo de los operadores de mercado y del que debería ser su público. Por otro lado también veo una monumental degradación de la opinión pública, del mínimo de sinapsis requerido para no comprar un buzón del tamaño de una procesadora de celulosa todos los días; de hecho adquirí una costumbre morbosa y deprimente, que es la de leer los comentarios de los lectores de Montevideo.comm, el portal más leído de Uruguay y, más allá de que habitualmente los foros públicos suelen ser cooptados por los lectores más imbéciles, el nivel habitual es el de un mono lleno de pelotillas e incapaz de administrar o elaborar ni una minúscula parte de la información que recibe. Y estamos hablando de gente que, como mínimo, sabe manejar una computadora e Internet.

Orlando Pettinati tiene motivos de que enorgullecerse más allá de sus ridículos récords de audiencia y tiene su lugar en la Historia; no por su producto, que va a ser piadosamente olvidado apenas el gusto popular se mueva ligeramente, sino como el símbolo de un tiempo oscuro en el que las máquinas de entretener descubrieron, como el Viejo de la Montaña, que todo está permitido y que una población degradada culturalmente y que ha perdido la capacidad de reacción negativa hacia las causas de esa degradación es más previsible -y más fácil de dominar- que aquellos perros babosos de Pavlov. Pettinati ha tenido la rara cualidad de ser un termómetro de precisión del inconsciente montevideano medio, de ese ciudadano feo e imbécil que vive en una ciudad que no se merece, cagando encima del legado de hombres mejores. Como un buen termómetro ha dado la temperatura exacta de la enfermedad, escrita en mercurio, debajo de un vidrio que, evidentemente no ha sido lavado. Y bueno, todos sabemos dónde se mete un termómetro para poder registrar algo.

viernes, 9 de noviembre de 2007

La maldición de los cretinos

En la foto están tres personajes esenciales para la historia del punk y del arte contemporáneo en general. Ninguno de ellos tocó jamás un instrumento ni compuso una canción, que se sepa al menos; el de la izquierda es Arturo Vega, un artista plástico obsesionado con el pop art y las svásticas; en el centro está Linda Stein, ex esposa del dueño de Sire Records, Seymour Stein, y reconocida como una de las principales agentes inmobiliarias de New York; a la derecha está Danny Fields, escritor y descubridor de talentos del sello Elektra, responsable de que el mismo fichara y editara a The Doors, MC5 y The Stooges entre otros. Además de ser amigos entre sí y del legendario fotógrafo Bob Gruen, quién tomó esta foto, los tres tienen otra cosa en común y es la relación -como ilustrador en el caso de Vega, como managers en los de Stein y Fields- con la más desgraciada banda de la historia del rock'n'roll: The Ramones.

Hay algo de mala suerte -un porteño diría yeta- en las bandas de New York; siendo - o habiendo sido- una ciudad con una actividad artística superior a otras metrópolis anglosajonas como Londres, Los Angeles o Manchester, la cantidad de rockeros exitosos provenientes de la Gran Manzana es proporcionalmente muy baja, y la cantidad de formaciones fundamentales pero ninguneadas o ignoradas altísima. Hay excepciones como Kiss, Blondie, los Beastie Boys o los Talking Heads, pero desde que Velvet Underground inauguró en los 60 esta suerte de tradición de hermosos fracasos (en el sentido comercial, no artístico, por si hace falta aclararlo) que parecían destinados a conquistar el mundo y apenas llegaron al premio consuelo de ser "artistas de culto", es asombrosa: The Fugs, New York Dolls, Suicide, Television, Richard Hell, The Dictators, Wayne County, Dead Boys (originales de Cleveland pero instalados en la city), Theoretical Girls, Cro-Mags, James Chance, Bad Brains (de Washington DC pero en su mejor momento residían en NY), D-Generation, Bongwater, Alice Donut, Arto Lindsay,Lunachicks, The Frogs, Unsane, Versus, Toilet Boys, The Voluptuous Horror of Karen Black... todos artistas prestigiosos e influyentes, pero en términos comerciales desastrosos o irrelevantes en relación a las expectativas despertadas. ¿Por qué L7 sí y Lunachicks no? ¿o por qué Ween sí y The Frogs no? ¿Aerosmith y no los New York Dolls? Hay como una maldición; recuerdo ver a los Toilet Boys en el Bowery Ballroom y, sin que fueran mi ideal de banda, pensar "estos monos van a ser inevitables en los próximos años", y casi diez años después no pasó absolutamente nada con ellos mientras que bandas muy similares de lugares tan apartados del mercado como Escandinavia se han vuelto masivas... Pero ninguna de estas bandas fue un fracaso tan fulminante, destructivo y excesivo como The Ramones.

Más de un lector va a saltar a putear y a preguntarme cómo puede ser un fracaso una banda que era mundialmente conocida incluso antes de los días del sharing y con la que están familiarizado todo el mundo, pero estoy hablando en términos relativos: por supuesto que DNA fue una banda mucho menos conocida que The Ramones -y mucho más inviable en lo económico-, pero ni el mayor de los defensores de la no wave puede sostener que esto era ilógico. En cambio si hay un consenso en cada una de las declaraciones referidas a los Ramones de los privilegiados testigos de sus primeros recitales en el CBGB; todos hablan de su deslumbramiento y de la sensación de haber sido expuestos a algo absolutamente nuevo y absolutamente reconocible a la vez. Todos los que vieron a The Ramones en el CBGB a mediados de los 70 quedaron convencidos de haber vivido una experiencia similar a la de quienes fueron a ver en los 60 a cuatro melenudos que tocaban en el Cavern Club de Liverpool. Pero eso nunca sucedió; lo tenían todo para ser masivos y nunca llegaron a arañar siquiera la popularidad de bandas inferiores y olvidadas como los Bay City Rollers o The Sweet. ¿Qué a diferencia de Rancid van a seguir siendo escuchados y admirados dentro de 50 años? Sin dudas, pero eso no hace a su historia menos triste.

El desolador documental End of the Century y la autobiografía de Dee Dee, Poison Heart, son tal vez los mejores testimonios de esta derrota; uno puede ver como cada disco de la banda es editado recurriendo a los mejores productores disponibles, el mejor plan de lanzamiento o relanzamiento, la gira promocional más agotadora... y los resultados, en el mejor de los casos, son apenas medianos. Soportaron quince años de giras con algunos de los principales integrantes de la banda sin hablarse a causa de un serio problema personal, hicieron decenas de videos... hasta películas hicieron (Rock'n'Roll Highschool) sin que pasara realmente nada. Y no es, por supuesto que fueran los Flipper o alguna propuesta innacesible o autosaboteada; los Ramones hacían todo lo necesario, obedecían todos los consejos de sus managers y sus compañías, tocaban una y otra vez sus "hits", y nada. Tal vez se les notaba el que, debajo de su imagen algo cándida, era una banda singularmente negativa y autodestructiva. Es desolador en el End of the Century que recién al llegar a Argentina se encuentran con un estadio lleno de gente esperando verlos, cuando ya hacía mucho tiempo que había pasado su mejor cuarto de hora, o cuando ante el ascenso de Nirvana tienen un estallido de optimismo, convencidos de que EE.UU. finalmente se ponía en su sintonía. No fue así, y ahí tiraron la toalla. En menos de ocho años sus tres integrantes principales estaban muertos por distintas razones y siendo todos apenas cincuentones. Su disco más vendido, la recopilación Ramonesmania (un nombre de lo más irónico), apenas llegó a ser disco de oro; los Green Day, que en la ceremonia en la que los Ramones fueron ingresados al Rock'n'Roll Hall of Fame tocaron en honor a su influencia 'Blitzkrieg Bop' y 'Teenage Lobotomy' vendieron 18 veces más que el Ramonesmania con su disco no-recopilatorio Dookie. Todo esto es sabido, pero vale la pena recordarlo.

Porque es inevitable pensar que su maldición, que a la inversa de Spinal Tap afecta a todos los relacionados con la banda menos a los bateros, sigue intacta. La mujer de la foto, Linda Stein, fue encontrada asesinada en su apartamento de Manhattan la semana pasada, con el cráneo aplastado por un objeto contundente. Una mujer que era maestra cuando se casó con el ambicioso Seymour Stein (un legendario empresario discográfico al que está dedicada una canción de Belle & Sebastian con su nombre), con quién compartían un gran amor por el rock y con quién asistieron al surgimiento de una generación excepcionalmente brillante -esa criada en el Max's Kansas City y el CBGB- y a la que apostaron comercialmente. Linda en particular fue manager durante un tiempo de la más promisoria de todas estas bandas, adivinen cual, y se recuerda como esta mujer -tan parecida a las caricaturas de judías neoyorquinas que hace Woody Allen- mandó a cagar varias veces al eternamente quejoso Johnny Ramone, un tipo tan limitado que vivía protestando por la comida extranjera cuando estaban de gira en Europa. Después de divorciarse de Stein, Linda se dedicó a los negocios inmobiliarios, haciendo toda la guita que no había conseguido con los Ramones vendiéndole casas de lujo a las estrellas de cine.

Pero uno la recuerda más que nada por sus intervenciones en el testimonial y emotivo libro sobre el punk neoyorquino Please Kill Me de Legs McNeil, donde con singular desvergüenza habla sobre sus encuentros eróticos con Dee Dee, quién al parecer también atendía a su marido (eran tiempos muy liberales los 70). Curiosamente lo mejor del libro -sin contar a la maravillosa Bebe Buell, que es un capítulo (y un post) aparte- las declaraciones de los tres personajes presentes en la foto son, posiblemente, lo mejor del libro (Danny Fields, en particular, es una de esas personas que cada cosa que dicen arroja un rayo de luz que realza o desmitifica a alguna leyenda). No es de extrañarse, porque se trata de gente culta evocando su tiempo y papel en el centro de un momento cultural clave y divertidísimo, un privilegio histórico. Los Ramones fueron para Linda Stein un fracaso económico, sin embargo en todas sus necrológicas se destacaba más este rol que su rol de millonaria inmobiliaria y figura de la alta farándula neoyorquina. Y en sus declaraciones reproducidas -y plagadas de la palabra "fuck" que tenía como muletilla- ella siempre evoca esos tiempos como los mejores de su vida. No hay por qué no creerle, no hay por qué no creer que un puesto de capitán en una revolución cultural en las alcantarillas no haya sido más excitante que estar envejeciendo en un penthouse.

Vi una foto de Mick Jones y de Tony James el otro día; están hechos unos señorones pelados y maduros. Los punks se están haciendo viejitos, un mundo se prepara para la despedida que llega siempre pegada a la respetabilidad. Está creciendo una generación de abuelos punk; hasta los vándalos de principios de los noventas tienen sus canas y sus calvas. Vean las fotos actuales de Dinosaur Jr. Y luego escuchen su disco hasta que toda la música joven contemporánea pierda sentido.

Pero el asunto es solamente dar registro de otra pieza del misterio ramonero que desaparece prematuramente -como Hilly Krystal, como el CBGB-, parte de un universo que uno, vaya a saber por qué fenómeno empático, considera como familiar. Gente que quiso conquistar el mundo, beautiful losers de un tiempo en que ambos términos no eran incompatibles.