martes, 31 de marzo de 2009

Pedazos de la isla que naufraga

Leo en todos lados que murió Raúl Alfonsín; supongo que en frío tendría que reaccionar como ante cientos de noticias desgraciadas que día a día pasan frente a nuestros ojos sin que les demos la menor pelota. Al fin y al cabo soy uruguayo, nunca tuve simpatías hacia la UCR (de hecho siempre tuve un interés casi morboso -especialmente por ser uruguayo- hacia el PJ), y prácticamente toda la carrera de dicho político desde que los carapintadas le torcieron el brazo en las pascuas de 1987 me pareció intrascendente, o casi culposa.

Pero hay cosas que tienen que ver con uno, no con la Historia sino con el pequeño cacho de la misma que nos envuelve de vez en cuando y se hace parte de nosotros. Yo era muy chico cuando Alfonsín llegó a la presidencia argentina, pero por casualidades del destino me había hecho fan adolescente (o pre-adolescente) de la revista Humor, que se convirtió en mi cátedra de formación política precoz, y que me familiarizó tempranamente no sólo con el trabajo de personajes ilustres del comic y el humor gráfico argentino, sino también con el infinito horror de las dictaduras del Cono Sur, y el espanto de la tortura, los desaparecidos, la censura y la represión infinita. No me animaría a decir que Humor me hizo de izquierda, cosa que sigo con dudas de ser realmente, sino que me aproximó a sus reclamos innegociables, al conocimiento de la brutalidad incontrolable del terrorismo de estado y a la risa y el desprecio como formas asordinadas de resistencia. Y a Alfonsín, que fue ídolo y payaso de dicha revista durante esos años confusos y efervecentes del fin de las dictaduras.

No es eso lo que me viene a la mente cuando leo que Alfonsín murió, no es su valiente rol como abogado en la dictadura, no es la esperanza que le depositaron encima, la enorme dignidad del comienzo de su gobierno -de las libertades irrestrictas, de los juicios a los militares y los intentos de auditoría de la deuda externa-, sino en realidad el comienzo de su caída, de su espiral hacia una infamia mediana, o un relativismo inevitable de sus méritos, es decir la terrible -y para mí magnífica- Semana Santa de 1987.

Por una de esas casualidades -para ser exacto por un efecto colateral de la hiperinflación que hizo que Buenos Aires tuviera precios ridículamente bajos para los uruguayos durante varios meses- yo estaba en Buenos Aires durante la Semana Santa del levantamiento de los carapintadas del repugnante Aldo Rico. De hecho me estaba quedando con dos amigos -que al igual que yo éramos demasiado chicos para viajar sólos pero de alguna forma lo habíamos logrado- en el Hotel Liberty de Corrientes y Florida, el mismo en el que estaban Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz cuando fueron secuestrados y asesinados. Era la primera vez que viajaba en circunstancias similares y todo era una aventura enorme.

Uno de esos días caminábamos por Lavalle y un porteño muy elocuente nos convenció de entrar a un cabaret a ver un show de strip-tease. En pocos minutos unas turras muy bien entrenadas se las arreglaron para que pidiéramos una serie de bebidas de precio insensato -a esa edad uno se convence de cualquier cosa cuando le acarician la poronga por encima del pantalón- y nos vaciaron las billeteras a la velocidad a la que un chorro de agua pasa entre los dedos. Otro día vimos a El Corte, la primer banda del Calamaro sin gracia, en un boliche de Suipacha que había sido una Iglesia. Ese día tomamos cerca de diez taxis, porque cada uno nos salía lo mismo que un chicle en Montevideo; escuchamos el Helen of Troy de John Cale en el boliche y nos sentamos cerca de Charly García. Eran unas vacaciones tremendas para gente que no había cumplido aún 18 años.

Pero lo que más recuerdo, lo más fuerte e intenso de esas vacaciones, fue el levantamiento de los carapintadas y las circunstancias en que lo vivimos; con mi amigo J. habíamos conocido a un par de porteñas en Atlántida, a las que habíamos quedado en llamar cuando llegáramos. Lo hicimos y nos invitaron a tomar unas cervezas cerca de sus casas, en una zona de Belgrano que hoy en día es cheta y elegante, pero en aquel entonces no lo era. El mismo día que aterrizamos por allí Rico y sus fachos maquillados se amotinaron en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo, y todos nuestro planes se trastocaron. Una de las dos chicas era militante del partido de izquierda tímida de Oscar Alende -el PI-, pero venía de una familia del ala izquierda del PJ que por pura suerte no tenía desaparecidos cercanos, la otra era una de las rarísimas integrantes de la Juventud Comunista argentina. Ambas tenían motivos serios para ponerse nerviosas ante una asonada golpista, y ambas eran mucho más lindas y simpáticas que cualquiera de las chicas con las que eventualmente salíamos en Montevideo.

Y estaban muy nerviosas, y se deshacían en excusas por no poder salir a divertirnos por ahí, aunque en retrospectiva los motivos eran transparentes y totalmente comprensibles. Pero además estaban solas, las familias de ambas se habían tomado la Semana Santa de vacaciones en el norte, o en Uruguay -ya no me acuerdo-, y las dos habían quedado de dueñas de casa mientras el endeble mundo de la precaria civilización democrática argentina parecía estarse viniendo abajo y las cosas parecían feas para dos jóvenes militantes. Pero las noticias sobre lo que pasaba en Campo de Mayo eran escasas y poco concluyentes, y en algún momento apareció un amigo mutuo -el que nos las había presentado- con un spray anestésico cuya composición era a base de éter. El tipo había descubierto que tirando un poco de ese spray sobre un pañuelo y aspirandolo luego, se conseguía un efecto breve y poderoso, exactamente igual al del lanza-perfume brasileño. El efecto de una aspiración de éter dura apenas unos segundos, pero después de estar haciéndolo un rato, ese efecto se prolonga (a veces demasiado, ya que se trata de una droga de muy difícil control, y puede producir alucinaciones fuertes y peligrosas), y luego de estar jodiendo con el spray un buen rato, quedamos todos con un coloque respetable. Recuerdo haber visto una conversación materializarse en letras sobre mis acompañantes.

Entonces volvimos a la televisión pero no había novedades del levantamiento, así que cambiamos de canal, conectándonos a una especie de proto-cable ilegal por el que un video-club de la manzana transmitía películas a cambio de una cuota ridícula. Y estaban pasando Gallípoli de Peter Weir, una película que trata del infausto desembarco de los Aliados en los Dardanelos durante la Primera Guerra Mundial (hechos que son también narrados en la desoladora 'And the Band Played Waltzing Matilda' de los Pogues) y la vimos -vaciando las botellas de vino de los padres de la dueña de casa-, quedando muy impactados por el final. Puede ser que estuviéramos todos muy sensibilizados, drogados, borrachos o simplemente emocionados, pero cuando Mel Gibson a pesar de su esfuerzo no llega a impedir que Mark Lee y su compañía cargue contra las ametralladoras turcas, que los masacran, quedamos sin hablar un buen rato. Qué triste, qué fracaso a pesar de todo ese esfuerzo.

Hace más de 20 años de eso; todos los que eran protagonistas culturales o sociales de ese momento histórico cambiaron radicalmente o murieron. Mirando en retrospectiva tengo la impresión que en esos mismos días comenzó el derrumbe de la gran ola de esperanza que la llegada de la democracia había traído al Río de la Plata; los compromisos asumidos por Raúl Alfonsín con los carapintadas -particularmente la espantosa Ley de Obediencia Debida- y la crisis económica rampante que comenzaba a asomar su fea cabeza terminaron con lo que parecía una breve edad de oro, de juicios a los genocidas, planes de auditoría de la deuda externa, destape social y cultural, experimentación artística, revelaciones del pasado reciente y movilizaciones masivas.

Alfonsín me recuerda a Hugo Batalla, otro hombre de convicciones y conducta inobjetables durante los momentos más complicados de las dictaduras -o La Dictadura, porque hoy en día es bastante tonto el considerar al conglomerado de canallas militares y los grupos económicos que representaban como algo diferente de ambos lados del Plata-, que se derrumbó por especulaciones políticas al final de su carrera. Me recuerda a Wilson Ferreira Aldunate, es decir, a políticos semi-conservadores pero de gran autoridad ética que en los momentos clave de sus historias personales y colectivas fueron derrotados en forma estrepitosa, quedando para siempre maculados por esta derrota. La derrota de Alfonsín señaló -algo que se confirmaría con el triunfo del voto amarillo en Uruguay un par de años después- los límites de la democracia triunfal que en aquel momento nos parecía un tsunami histórico irreversible e imparable. La derrota de Alfonsín dejó en claro el peso indiscutible de la práxis de las armas y el dinero ante el idealismo de las marchas callejeras. Es difícil especular si cuando Alfonsín arrió las banderas lo hizo por responsabilidad ante la eventualidad de un mal mayor, por especulación política o por simple cobardía tanto en relación a la debilidad de las fuerzas populares como de su energía, pero cuando lo hizo comenzó un tiempo de fealdad, hijadeputez descarada, soborno y cinismo. El tiempo de los Carlos Menem, de los lectores de Fukuyama, de los idiotas bautizando como idiotas a todos los que no estuvieran de rodillas, de la flexibilidad laboral y los publicitarios como paradigma, de las putas. Es difícil que alguien se sobreponga a una derrota así, a dejar un país en llamas en manos de personas horribles, y es difícil que se perdone esa clase de derrota. Pero todos vamos a ser derrotados al final, aunque más no sea de la forma en que hoy lo fue Alfonsín, y no es eso lo que me viene a la cabeza.

Leo en Crítica una columna de Osvaldo Bazán en la que enumera nombres de los 80 y a la que podría ponerle la firma sin mayores problemas; al tipo de la barbita de chivo -un coetáneo mío no mucho mayor- le pasa lo mismo que a mí. Leé "murió Raúl Alfonsín" y se le empiezan a disparar palabras, nombres y momentos sobre los que la muerte de Alfonsín cae como una lápida definitiva. Menciona a Bukowski, a los Redondos, a los video-clubs, a Camila Perisée, a La República Perdida, a los que iban a cosechar café a Nicaragua, a Grondona White, a Prix D'Ami, a La historia sin fin... a un montón de cosas de un collage que cada uno de los que vivieron esa época podría hacer propio con diversas variables, y culmina "están velando a los años ’80. Oficialmente, ha muerto nuestra juventud".

Nunca le presté mucha atención a Bazán, pero leyendo esta columna no puedo menos que respetarlo por definir tan bien lo que siento, ese frío en la memoria, esa invitación a meter en el cajón todo lo que entre junto al fiambre, ese golpe contra el fondo de roca, el que nos expone ante nosotros mismos en forma indiscutible que ahora somos algo que no nos gusta, y que dejamos de ser aquello otro.

Pero no es eso en lo que pienso ahora mientras los noticieros enumeran nombres de animales que opinan sobre Alfonsín y la democracia, sino cosas más luminosas; pienso en Jorge Corona diciendo "¡qué desastre ese Alfonsín! ¿por qué no se irá a Mar del Plata, a ahogarse como su hermana?". Pienso en la ausencia de odio de la tira Los Alfonsín de Rep, que opinaba sobre el mandatario con una familiaridad, y hasta afecto, hoy en día impensable hacia algún político. Y pienso en la Plaza de Mayo llena y ensordecedora, por la que deambulamos -unos chicos apenas- con los bolsos ya hechos para ir al puerto y volver a Montevideo. Estábamos en un punto crucial de la Historia del último medio siglo y caminamos de la mano de dos chicas tan hermosas que si nos acompañaran de vuelta a Uruguay, todos los galanes del liceo se quedarían boquiabiertos al vernos apretar con ellas a una distancia considerable (pero no tan lejos como para que no nos vieran) de nuestro bar favorito.

Y entonces (hoy, hace 20 años, hoy cuando leo sobre la muerte de Alfonsín) estoy enamorado, no sólo de una muchacha de 16 años con un mechón rubio y otro rojo, sino de una ciudad entera, de un sentido del humor, de un acento, de unas casas que se abren con una generosidad que yo desconocía, de los textos de Brecht que le gustan tanto a esta militante del PI, de la palabra "psicobolche" que acabo de hacer mía con el objetivo de exportarla a Pocitos y aplicársela a todos los padres de izquierda de mis amigos, del chiste irritante para muchos de definirme como "argentino del este" -algo que sigo siendo en forma tozuda, poco patriótica e inevitable-, del empedrado de la calle Cabildo y el vino en pinguino que a ella le parece apenas tomable pero que para mí es el mejor que haya probado.

Estoy feliz y ni siquiera me doy cuenta, porque el ruido es cada vez mayor y ahora está hablando Alfonsín, y no se entiende un carajo lo que dice, pero a cada rato lo aplauden, así que debe ser bueno. Y en el bolso tengo el Give 'Em Enough Rope, el único disco de The Clash que me faltaba, y no escucho el "La casa está en orden, felices Pascuas", pero creo que ella sí, porque tiene los ojos llenos de lágrimas y pone mis brazos alrededor de su pecho. Y yo nunca voy a estar igual de excitado y con una sensación semejante de estar en la boca de la Historia, en su caja de resonancia, pensando en coger, en escuchar punk rock y en frustrar golpes militares sólo por ser muy joven.

Y eso me pasa por el corazón a pocos días de otra Semana Santa, casi un cuarto de siglo después, mientras Alfonsín sigue muerto en la televisión, y yo le agradezco con egoísmo porque al morirse arrastra como magdalena proustiana todo ese calidoscopio de imágenes de algunos de los mejores días de mi vida, de cosas de las que no tengo una miserable foto y que sin embargo forman parte fundamental de los cimientos de todo lo que soy y de todo lo que puedo decir. Puede ser que algunas de esas cosas estén tan muertas como ese político de bigotes que en el tiempo parece pararse del lado de los buenos, o de lo bueno. O puede ser que no. Me gusta pensar que no, porque no me gusta perder las cosas del corazón. Y agradezco cualquier estímulo que por lo menos me descubra el lugar en dónde estaban, y las siluetas que dejaron sobre las mantas las personas que allí se acurrucaban. En el fin de los 80, cuando yo era un pendejo y no sabía que estaba todo bien.

martes, 17 de marzo de 2009

Hurt

Hay que reconocerle al inglés que es un idioma que ha tenido el buen tino de reducir sólo a una sílaba las cosas que importan, incluso la palabra importar (care); mientras en el castellano peleamos con las "r" de "perro" (dog), el diptongo de "muerte" (death) o el tiempo que se pierde en las estructuras bisilábicas de "vivir" (live) o "hacer" (do) o en la innecesaria longitud de la palabra amor (love), todos esos conceptos en inglés se reducen a un suspiro o un gruñido claro e inconfundible. Un buen ejemplo es el verbo/sustantivo hurt, una palabra breve y que suena de por sí como un quejido de dolor, pero no uno pasajero sino algo que vino para quedarse. Mientras nosotros dribleamos entre la decisión de si optar por "lastimado", "herido" o "dolorido", el hurt inglés resume todo y adquiere una cualidad casi ontológica. Hurt no es un estado en el que nos encontramos sino más bien algo que somos, algo que no sabemos si tiene reparación.

Hace unos días estaba en la puerta de un pub en un extraño estado anímico; acababa de volver de un homenaje a alguien que conocí y que ahora está muerto, Eduardo Darnauchans, y, tal vez por nervios, tal vez por cosas que ese homenaje removió, estaba en un estado hipersensible, con una clase de melancolía que casi tenía olvidada. Descolocado. De pronto escuché que desde el equipo de audio del pub que estaba al lado -y que es parte del mismo en el que me encontraba, pero con música independiente- salía la voz inconfundible de Johnny Cash encima de una melodía hipnótica y con un curioso arreglo de piano. No conocía el tema, así que pregunté qué era y me dijeron que era el cover de 'Hurt' de Nine Inch Nails.

Luego me enteraría que la versión es muy conocida, que su monumental video-clip ganó cuanto premio se puede ganar, y que el tema terminó convirtiéndose no sólo en el último sino en uno de los mayores éxitos de toda la carrera de Cash, siendo uno de esos temas que son familiares hasta para quienes no tienen la menor idea de quién era the man in black. Pero yo no había escuchado en forma íntegra el American IV que lo incluye, y en los tiempos en que su video-clip estaba en rotación intensiva no tenía cable y -al igual que ahora- ignoraba lo que pasaba en MTV. Y por sobre todas las cosas, yo odiaba a Nine Inch Nails. Pero esta no es una canción de Nine Inch Nails.

I hurt myself today
To see if I still feel
I focus on the pain
The only thing that's real
The needle tears a hold
The old familiar sting
Try to kill it all away
But I remember everything

What have I become
My sweetest friend
Everyone I know goes away
In the end
And you could have it all
My empire of dirt
I will let you down
I will make you hurt


I wear this crown of thorns
Upon my liar's chair
Full of broken thoughts
I cannot repair
Beneath the stains of time
The feelings disappear
You are someone else
I am still right here

What have I become
My sweetest friend
Everyone I know goes away
In the end
And you could have it all
My empire of dirt
I will let you down
I will make you hurt

If I could start again
A million miles away
I would keep myself
I would find a way


Hace ya muchos años, cuando recién empezaba a experimentar con el bajado de canciones de la web -los tiempos de Audiogalaxy- decidí bajarme un tema (en aquellos tiempos los temas se bajaban de a uno) de Bonnie Prince Billy (Will Oldham) del que había escuchado hablar muy bien. La primer versión que encontré era la de Johnny Cash, y apenas terminó de bajar decidí escucharla para ver de qué merecía tanto entusiasmo y alabanzas. El efecto fue, casi literalmente, físico: luego de escuchar las raras progesiones de acordes de 'I See a Darkness' -y de entender de punta a punta su letra en la cristalina dicción de Cash- me quedé helado junto a la computadora un buen rato. Al llegar a la treintena había llegado a considerar que uno podía admirar, emocionarse limitadamente y apreciar estructuralmente -o en su interpretación- cualquier canción, pero que la relación que uno mantenía con ellas se debilitaba ante la evidencia de lo que son: canciones, no verdades reveladas, no mensajes de iluminación.

Sin embargo 'I See a Darkness' movió -como lo hace una sesión de masaje o de pesas cuando hace tiempo que no nos ejercitamos- partes mías que ya había olvidado que estaban ahí. Y no eran malas partes, eran cosas que tal vez dificultaran el vivir más de lo que lo ayudaban, pero que estaban mucho más cerca de lo que podemos considerar como el auténtico yo que la persona que mandamos a trabajar todos los días. 'I See a Darkness' -canción que hoy en día es considerada por casi todo el mundo como un hito de los 90- demostraba en menos de cinco minutos que la música moderna heredera del rock no era exclusivamente un privilegio emotivo de los menores de 30, y que había una forma digna de expresar las incertidumbres tardías, las que ni siquiera sabíamos que iban a estar allí al llegar.

Pero esa era una canción tremenda que, más allá de la interpretación de Cash, se sostenía por sí sola como un tema de inesperada importancia, lleno de preguntas cruciales y estructurado con maestría. Yo tenía mis dudas con respecto a estos discos tardíos de Cash; el hombre de negro nunca había sido -a pesar de lo carismático que me resultaba su presencia- un ídolo para mí de la forma en que lo habían sido Bob Dylan, Neil Young o Richard Thompson. Lo consideraba un gran intérprete, similar a nuestro propio hombre de negro, Alfredo Zitarrosa, pero sin la esencia crucial de este mismo. Recuerdo pasármela provocando extranjeros que notaban la similitud entre Zitarrosa y Cash -ambas figuras insulares y sombrías en el panorama del folclore de estos países-, asegurando que el autor de 'Guitarra Negra' era ampliamente superior al de 'Ring of Fire'. En muchos aspectos lo sigo creyendo así, pero Zitarrosa siempre se propuso en sus canciones como un romántico, un hombre moral, incluso un hombre nuevo, tal vez un triste. Cash en cambio prefirió abrazar una imagen un poco más triunfalista e indiferente, pero también la de alguien que se hace cargo de su propia inhumanidad. "I shot a man in Reno just to watch him die" es posiblemente una de las líneas más poderosas de la historia de la música popular contemporánea, pero no debe ser interpretada bajo la luz de la fanfarronería criminal -y generalmente imaginaria- del gangsta rap ni bajo la pesadumbre de consciencia del acto irresponsable. No, Cash cuenta un acto injustificable y define lo superfluo de sus motivos. No hay pedido de disculpas pero la exactitud de la descripción y la ausencia de excusas demuestran una suerte de valoración -de valoración negativa- de su acción.

El narrador de "Folsom Prision Blues" mató a un tipo porque sí, como Meursault, pero no le falta el respeto al muerto tratando de encontrar elementos que expliquen o hagan comprensible su acción. No lo insulta suponiendo que su arrepentimiento podría hacer más liviana su acción. Algo realmente raro de encontrar en canción. Pero 'Hurt', en cambio, es una canción de arrepentimiento, y es una canción entonada por un hombre próximo a la muerte pero que canta para los vivos.

Indudablemente la serie American Recordings fue una tremenda idea de Rick Rubin; como se sabe el productor fue llamado para modernizar y relanzar la carrera de un Johnny Cash ya envejecido, con problemas de salud y fuera del radar de la prensa cool, y el sistema elegido por Rubin fue perfecto: por un lado redujo al mínimo la orquestación alrededor de la cascada -pero aún conmovedoramente expresiva- voz de Cash, hasta que el resultado sonoro fue similar al de los cantautores indie que florecían fuera de los grandes medios de difusión, y manejó ese minimalismo arreglístico con un gusto exquisito. También aproximó a una buena serie de músicos jóvenes y notorios, extáticos ante la posibilidad de cantar a dúo con Cash, y le eligió un buen número de canciones recientes, muchas de ellas provenientes de bandas y estilos alejadísimos del mundo del country, que funcionaron como gancho para llamar la atención de muchos que se aproximaron a estas grabaciones casi por morbo, para ver cómo el viejo oscuro se desenvolvía con un tema de Soundgarden o de U2.

Aunque los resultados de estas versiones fueron muchas veces brillantes, lo cierto es que otras tantas sólo fueron buenas ideas en lo conceptual, y las versiones de temas como 'Rowboat' de Beck o 'Personal Jesus' de Depeche Mode resultaron ser inadecuadísimas y tan distantes al lenguaje propio del músico como las versiones de Charly García hechas por Mercedes Sosa. Otras veces aunque la canción pareciera venirle como un guante, la interpretación de Cash no estaba a la altura, como en el caso del 'All My Life' de los Beatles o el 'Bridge Over Troubled Waters' de Paul Simon a las que, a pesar de los excelentes arreglos, la voz no llega a darle la vida que uno se imaginaría a priori.

Pero están las otras, las que sí embocó y que en muchos casos convirtió en versiones definitivas. 'One' de U2, 'Hung my Head' de Sting, la ya mencionada 'I See a Darkness' de Will Oldham, 'I'm a Drifter' de Dolly Parton, la tradicional 'Sam Hall', todas ellas alcanzando cumbres de emotividad superiores a las de sus versiones originales y, en muchos casos -particularmente los temas con connotaciones religiosas o violentas- resignificados con autoridad. Sin embargo y por brillantes que sean estas versiones, hay que reconocer que eran todas excelentes canciones ('One' es de esos temas que hasta los detractores de Bono & cía reconocemos a disgusto que es una canción enorme) y que el mérito es compartido entre autores e intérprete. Pero en el caso de la mejor de todas las versiones contenidas en los numerosos American recordings -'Hurt'- el caso es muy distinto. Porque, disculpenme los fans de NIN -si los hay leyendo esto-, la versión original es una porquería y ni siquiera es una canción bien compuesta.

Nine Inch Nails o Trent Reznor debe ser la banda o proyecto que resume mejor lo peor del rock industrial y el acercamiento al lado oscuro de lo humano que parece ser el gran atractivo del género. Sin mencionar siquiera a la primera y genial generación industrial (Throbbing Gristle, SPK, Skinny Puppy), gente que realmente trabajaba con material expresivo peligroso y novedoso, lo de Reznor es realmente malo incluso en comparación con industriales semi-domesticados como Ministry o Marylin Manson. En esos casos, por de pronto, todavía hay rastros de humor negro, violencia real y grandeza sonora, pero el aporte de Reznor -amigo/enemigo de estas bandas- fue el de introducir la autocompasión depresiva y adolescente del mundo indie a un género que tal vez se reivindicaba por su propia soberbia e inhumanidad. Indudablemente Reznor es un gran manipulador de timbres y un buen programador de bases, pero como cantante y compositor es un llorón pomposo que maneja cuanto cliché se pueda tolerar de la imaginería romántica del dolor emocional.

Provocador moderado y maldito profesional, Reznor ha publicado una serie de discos que en ocasiones sorprenden por sus fuegos de artificio sónicos, pero que nadie mayor de 16 años puede tomarse muy en serio. 'Hurt', la canción en cuestión, cerraba su segundo disco -The Downward Spiral- y fue saludada en su momento como una señal de madurez compositiva y anímica por quienes querían ver a toda costa la transformación de Reznor de gusano de moda a compositor laureado. Pero por desgracia el tema sólo puede ser considerado como bueno o sensible en el contexto de las otras canciones de NIN. Construido sobre un arpegio más bien infantil de Am-C-D, sobre el que Reznor susurra/lloriquea los primeros versos, pasa a un estribillo más bien cuadrado en el que Reznor sube una octava su lamento y que en su segunda vuelta introduce un bombo en negras más bien bruto (aunque de timbre interesante) que le da un poco de énfasis. Luego de dos estrofas, el tema culmina con una grandilocuente e hiperdistorsionada guitarra sintetizada que arruina la poca sutileza que podía quedarle a la canción.

La letra, que reproduje arriba, no es mucho mejor, no tanto por estar mal escrita sino sobre todo por la acumulación de lugares comunes de la mirada auto-lesiva. Arranca con una clásica referencia junkie y luego abruma con una flagelación grandilocuente, llena de imperios, coronas y tronos que vaya uno a saber quién le otorgó a Reznor. Y como si fuera poco tiene una concepción temporal que la convierte en una canción totalmente increíble viniendo de un veinteañero tardío. No es que el paso del tiempo no pueda ser tema para alguien que no cumplió los treinta, de hecho es una preocupación muy normal en la lírica del rock y ha dado frutos tan perfectos como 'My Back Pages' de Bob Dylan, '1969' de The Stooges, 'Heart of Gold' de Neil Young, 'Thunder Road' de Bruce Springsteen o 'Sixteen' de The Buzzcocks. Pero en estas canciones -todas de plumas más hábiles que la de Reznor, hay que reconocer- la sensación de vejez o de nostalgia precoz está expresada en términos relativos, en relación a la pérdida de un pasado inmediato o a la consciencia a futuro de la velocidad del tiempo. Reznor en cambio habla como si fuera un vampiro puto que se escapó de un libro de Anne Rice, como si ya hubiera vivido 100 años y tuviera todos los casilleros existenciales llenos. Fuck him and the horse he rode on.

Quién sabe, capaz que es un tipo muy precoz y es así, pero se me ocurre que si así fuera escribiría y compondría mejor que la pobre imitación digitalizada de Kurt Cobain que ofrece. Pero lo que la hace realmente inadecuada para un cantante joven es su fatalismo, lo inalterable de lo descripto, la gran mentira depresiva. Lo definitivo.

Entonces, ¿cómo una obra tan pobre como la que acabo de describir puede convertirse en la canción que más me ha estremecido en años? En realidad sería un tema de tésis interesante para especular desde la lingüística sobre las connotaciones agregadas por el emisor o desde la teoría del arte en relación al aura transmitida por el mismo, pero teniendo en cuenta que se trata de una canción posiblemente lo mejor sea comenzar por la música. Evidentemente la versión de 'Hurt' incluida en el American IV: The Man Comes Around (2002) es una idea de Rick Rubin; no hay forma que uno pueda imaginarse a Johnny Cash escogiendo por sí mismo un disco de NIN y escuchándolo de principio a fin sin pegarle un tiro al equipo de música.

Y me gustaría pensar que directamente le hizo escuchar al viejo el arreglo que grabaron para el disco sin tener necesidad de confrontar la versión original. Un arreglo tan sencillo como genial; Rubin eliminó la estúpida guitarra distorsionada final y mantuvo la guitarra mínima del comienzo, apenas armonizada por un par de tonos sostenidos -mezclados muy atrás- de lo que parece ser una guitarra eléctrica pero que puede ser cualquier cosa, pero al llegar al estribillo no sólo no la electrificó sino que sustituyó el bombo por un piano en ostinato que apoya los cambios de acorde sobre las negras y que produce una sensación de intensidad en aumento sin que ni el volumen ni la instrumentación realmente crezca. El arreglo de piano -que en los cuatro últimos versos es doblado por una guitarra acústica- es tan intenso que en una escucha sin demasiada atención puede confundirse con una entrada orquestal. Al eliminar los bruscos cambios tímbricos -y la subida de la voz que Cash, por supuesto, no hace-, la pobre estructura atada con alambres del tema original queda suavizada y unificada, y se hace un tema no sólo mucho más sutil sino de dinámica más fluída y hasta elegante. Se convierte en la versión original, lo que no le resultará paradójico a cualquiera que haya leído al Borges de Los precursores de Kafka o de Pierre Menard, autor de El Quijote, la que opina con desdén sobre la primer versión, que misteriosamente pasa a ser la segunda.

Porque, ¿qué dice Johnny Cash en esta canción y que no puede decir Trent Reznor aunque haya escrito las palabras? Dice cosas bravas, y cosas tristemente hermosas. La guiñada junkie de los primeros versos pasa a ser una exclusiva referencia al dolor físico -y no porque Cash sea un extraño al mundo de las drogas precisamente-, un dolor que por su propia materialidad -como saben los chicos emos que se apagan cigarrillos en las muñecas- haga olvidar o distraiga del dolor espiritual. Cuando Cash culmina el verso con un resignado but i remember everything (pero yo recuerdo todo) se convierte, una vez más, en una criatura borgeana, pero en esta ocasión es Funes el memorioso, o el propio Borges de sus lamentos tardíos sobre la vejez y el deseo profundo de olvido. No son recuerdos felices los que evoca, ni la frase tiene el sabor agridulce de la nostalgia, sino simplemente la carga del arrepentimiento. No sabemos de qué -Reznor no lo escribió y Cash no lo agregó en palabras- pero hay un profundísimo arrepentimiento que atraviesa la canción y que no se trata -como el hombre baleado en Reno- de una acción concreta que haya dejado una cicatriz, sino de la herida siempre abierta de lo no vivido, lo no otorgado, lo no dado.

Al igual que en 'I see a Darkness', Cash se dirige aquí a alguien a quién llama friend, pero a diferencia de la canción de Oldham, da la impresión de que en esta ocasión -tal vez por el adjetivo sweetest (la más dulce)- se trata de una amistad femenina, posiblemente una amante. Siempre me pareció conmovedor el que un hombre se dirija a su amante como amiga. Las mujeres tal vez no lo consideren así, hay algo que les compele a pensar que esa calificación es inferior a las que denotan directamente la condición de "amada", "amante", "novia" o "esposa", y que connota más bien una cierta categoría de segunda, el "mantengamos esto como amigos y que no vaya más allá".

Sin embargo es uno más de los conflictos terminológicos que suelen hacer que los hombres y las mujeres se estrellen en ataques de incomprensión: el reconocer por parte de un hombre -por supuesto si se está hablando el lenguaje del corazón- la cualidad de "amiga" en una amante, es reconocer un vínculo más profundo e íntimo que el que simplemente se da por la pasión. Al fin y al cabo el amor, o el amor que sobrevive al post-coito, no es mucho más que sexo y amistad. Y no es nada menos: la lápida de Remedios de Escalada, la segunda mujer del libertador San Martín -la esposa niña- la describe como "esposa y amiga", en el mismo plano de importancia. Me gusta pensar que fue el propio San Martín el que lo escribió así. Pero el reconocer a una amante como amiga no es sólo reconocerla en términos románticos o emocionales, también es para un hombre distinguirla como interlocutora. Y a esta interlocutora en particular, Cash le pregunta "mi más dulce amiga ¿en qué me convertí?." Qué pregunta, puta que lo parió.

Johnny Cash era un rey, y como tal las metáforas monárquicas de la canción le vienen como anillo real al dedo (especialmente al dedo medio de su famosa foto de los Grammys), aunque re-significadas, como todo en la canción, el empire of dirt de Reznor posiblemente sea un "imperio de mugre", pero el de Cash tiene que ser más bien un "imperio de polvo" o de "tierra". También hay otra metáfora monárquica en la canción que fue expresamente cambiada en la versión de Cash. La segunda estrofa comienza con un I wear this crown of thorns (llevo esta corona de espinas); en la versión original decía I wear this crown of shit (llevo esta corona de mierda); he leído algunas reseñas burlándose del ataque de pudor que lo llevó a cambiar la letra de la misma forma en que Frank Sinatra cambiaba el escandaloso "Jesus" del 'Mrs. Robinson' de Paul Simon por un incomprensible pero inocuo "Jilly", pero por una vez estoy de totalmente de acuerdo con el cambio más allá de que haya sido un ataque de pacatería o especulación comercial: la corona de Reznor puede ser de mierda, pero la de Cash es de espinas, y eso está escrito en cada arruga de su cara de anciano que realmente vio pasar la historia. Y que da la impresión de que a pesar de considerar a su imperio como algo hecho de tierra y polvo, este lo es sólo en comparación de lo que quiere a cambio, de lo que no se ha merecido y casi con seguridad se traicione más tarde.

Borges, a quién ya estoy nombrando por tercera vez en este texto sobre una canción borgeana o sobre un proceso borgeano de interpretación, hace una oferta similar en Two English Poems, esos poemas tímidos que desmienten cualquier acusación de frialdad endilgada al viejo Georgie por quienes creen que una herida es más profunda si se le hace chorrear sangre por encima de las hojas en las que se escribe mientras se llora como una nena. Al final del segundo de estos textos descorazonados y asordinadamente románticos, Borges ofrece a su interlocutora todo lo que tiene, su propio imperio polvoriento, para terminar con algo que sólo puede ofrecer un solitario que sabe no sólo el valor sino también el precio de la soledad:

I can give you my loneliness, my darkness, the
hunger of my heart; I am trying to bribe you
with uncertainty, with danger, with defeat.


La persona que canta 'Hurt' tal vez ni siquiera tiene eso, sólo la promesa de una futura decepción. No son cosas que se admitan ni se canten con frivolidad.

(Bajo del 117 en 18 y Río Branco y pongo 'Hurt' en el mp3 mientras camino hacia la Plaza Independencia. En la breve cuadra entre Andes y la plaza un chico de unos 14 años, con la delgadez y nerviosismo de los fumadores de pasta, me pide una moneda. Le digo que no y diez pasos después otro muchacho exactamente igual hace lo mismo, vuelvo a decir que no y apenas termino de hacerlo un tercero -este no mayor de 11- me hace la misma pregunta. Acabo de rechazar el pedido de los otros dos en frente a él pero él no ve, no razona, no ingresa la información; está totalmente insensibilizado. A este ni siquiera le contesto, porque la insensibilidad es una calle de doble vía. Atravieso la plaza por la que en lugar de palomas orbitan grupos de turistas orientales que no saben a dónde ir, chicos de la calle y algún empleado tardío de la Ciudad Vieja que cruza indiferente y cansado entre los mangueos. Mientras bajo por Ciudadela, dejo que la canción me filtre y detecte sus propias ilustraciones, sus propias correspondencias, en las zonas baldías de mi corazón. Y pienso en una amiga enferma a la que no fui a ver ni llamé. Pienso en el regalo que no le compré a mi sobrino. Pienso en la colección de mails y mensajes de sms sin responder que se amontonan alrededor de una pereza que me produce un enorme esfuerzo. Pienso en la mínima atención, en el reconocimiento fáctico que a veces niego en automático a gente que me quiere a cambio de nada. Pienso en una chica que cree que sólo fue un polvo más y que sin embargo no hay día en el que no vuelva a él. Pienso en una invitación al pool y al reencuentro que siempre esquivo y que mis amigos me vuelven a extender con paciencia mineral. Pienso en un libro que ya debería estar terminado y que en realidad todavía no empezó a ser. Pienso en la línea de la costa de Punta del Este cuando apenas empezaba el boom de la construcción, en esa calma de arena gruesa y familias pescadoras que ya está perdida bajo la necesidad. Pienso en la cabezota de mi perro esperándome en la cima de la escalera, y en cómo la extraño. Pienso en los hijos que no conozco de personas que estoy dejando de conocer. Pienso en alguien que se va a morir antes de que este año termine. Pienso en cuando era casi un niño y vi The Wall, y pienso en que nunca me hubiera imaginado sentirme así. Pienso en mi generación de emigrantes perdida en el mapa y en los culpables deambulando por la ciudad. Pienso que no los odiamos lo suficiente. Pienso en una mujer solar de la que posiblemente esté enamorado y que creo que ni siquiera sabe que me cae bien. Pienso en que no todo el mundo la mira así. Pienso en los años que se parecen demasiado por nada. Pienso en el tiempo perdido, en el tiempo distraído, en el tiempo indolente, en el tiempo frío. Pienso en el consuelo de la insensibilidad, y su precio grosero. Pienso en el tremendo fracaso que implica el éxito en parecerse mucho a la imagen que elegimos cuando teníamos distintas necesidades).

El idioma inglés diferencia entre los términos solitude y loneliness, que el español unifica toscamente en la palabra "soledad". La solitude es un estado de aislamiento que puede ser accidental, pero que suele ser buscado. No es un término dramático y suele utilizarse más que nada en poesía, para indicar ese recogimiento y voluntaria alienación al que los bardos y los personajes insulares suelen ser afectos. Loneliness es otra cosa y de hecho es más que nada un estado subjetivo, ya que puede sentirse aún estando rodeado de gente. Este estado puede ser nombrado pero no celebrado por los poetas, porque es una carencia, un hambre espiritual. A veces el hambre llama al hambre y los corazones hambrientos de experiencia, de conocer cuantas vidas se puede intentar vivir en una, terminan convirtiendo a la solitude en loneliness. Convirtiendo al deseo en maldición. Y la gente que comprende que nuestras puertas estén cerradas cinco o noventa y nueve veces, pueden no comprender que estén cerradas cien veces, y no volver a tocar. Esto es lo que escucho en la voz de Cash en 'Hurt'; si Reznor sugería que el motivo de su alienación podía ser la adicción a la heroína, hay algo en Cash que sugiere que lo que lo ha separado es la adicción a la solitude y el miedo a dejar de ser uno mismo para subsumergirse en el yo de otra persona. Al fin y al cabo por algo canta -y la voz está a punto de romperse en ese verso- "you are someone else / I am still right here". Y acá hay que reconocerle a Reznor un auténtico acierto; el primer verso hace referencia a una cualidad personal, de tipo existencial, y el segundo, que debería espejarlo para explicar la condición del narrador, es simplemente una definición locataria: vos sos alguien más / yo sigo aquí mismo. Aunque es evidente que no se está hablando de lugares, al menos no físicos.

Detesto cuando alguien define una canción como depresiva, aunque evidentemente hay canciones que lo son. 'Hurt' en la versión original podría ser calificada como tal, porque está llena de esa ceguera a la autovaloración y la belleza no evidente de la vida, que es uno de los síntomas más claros de la depresión. Pero 'Hurt' en la versión de Cash no es depresiva, es triste, porque los hechos objetivos están en contra del cantante. Él está hablando de lo irreparable desde un lugar más bien definitivo, pero sin embargo sigue ofreciendo cosas, sigue calificando amorosamente a su destinataria y soñando con otros mundos en los que las segundas oportunidades sean infinitas, o al menos más numerosas que en este. 'Hurt' es, incluso, una canción de advertencia a los amantes de la solitude, a los arrogantes compañeros de sí mismos.

En los mismos días en que estuve orbitando esta canción y el mobiliario polvoriento que había removido, también estuve escuchando otra que funciona casi como su antídoto. También habla de la solitude desde su título, 'Adventures in Solitude' y pertenece a esa banda que funciona como un colectivo emocional, los canadienses de New Pornographers. Y en ese tema, el más delicado de su disco más íntimo, Challengers, A. C. Newman confiesa en el estribillo: We tought we lost you / we tought we lost you / Welcome back.

Pensábamos que te habíamos perdido, bienvenido de vuelta. No se escucha muy seguido ese tipo de ofertas. En un mundo mejor, es lo que nos gustaría que se le contestara al melancólico cantante de 'Hurt'.

lunes, 23 de febrero de 2009

Breve agregado al post anterior (Jesús es muerte)

Pocas cosas me molestan más en el mundo de la comunicación escrita vía Internet que la gente que escribe con mayúsculas para dar la impresión de que está gritando. Sí, es cierto, das la impresión de que estás gritando y ahora podés irte a gritarle a la concha de tu madre...

Pero esta vez no voy a poder esquivar ese recurso, porque hasta pienso gritando. Ya que estábamos hablando de imbecilidades inadmisibles y cosas por las que varios jerarcas de la IMM y el Ministerio del Interior tendrían que ser untados con ácido (sulfúrico) en sus partes más sensibles, resulta que hoy vine caminando desde Ciudad Vieja hasta Parque Rodó, escuchando a los Mountain Goats y disfrutando de los estertores del verano cuando me di cuenta de una cosa en realidad muy evidente: TODO EL MURO DE GRANITO DE LA RAMBLA SUR, LA RAMBLA MÁS LINDA DE ESTE MONTEVIDEO HECHO MIERDA ESTÁ GARABATEADA DE PRINCIPIO A FIN POR EL HIJO DE MIL PUTAS LLENAS DE SÍFILIS GANGRÉNICO QUE DECIDIÓ DARLE SU DEGENERADO MENSAJE EVANGÉLICO A TODA LA CIUDAD.

Es decir, literalmente TODO el muro (y las columnas aledañas y el suelo) están cubiertas de frases tipo "Jesús corre contigo", "Jesús te corre", "Ven a Jesús", "Jesús es un hippie puto que sería echado hasta de Valizas" (esa no está pero en cualquier momento la agrego) y demás alocuciones al chiflado esenio que hizo de la locura, la demagogia y la ignorancia algo contagioso. No me había fijado antes en ese sector de la rambla y creo que estas pintadas son relativamente nuevas, pero hace MESES, creo que más de un año, que otras partes de esa maravillosa rambla de granito están garabateadas de principio a fin por UN SÓLO INFELIZ INDIGNO HASTA DE LA EUTANASIA (la letra y los errores ortográficos son siempre los mismos). Ahora, semejante empresa le debe haber llevado horas, o días, de trabajo. ¿NUNCA PASÓ UN PUTO PATRULLERO QUE PASARA Y, SI NO LO TIRA POR LA RAMBLA COMO DEBERÍA HACERLO, POR LO MENOS LE META EL PINCEL EN EL ORTO, LE BAJE ALGUNOS DIENTES Y LO META EN EL VILARDEBÓ? ¿QUÉ DELITO SE PUEDE HACER QUE SEA MÁS NOTORIO QUE PINTARRAJEAR DURANTE HORAS Y DÍAS TODA LA RAMBLA SUR CON FRASES PARA RETARDADOS EN PINTURA BLANCA? ¿SENTARSE DESNUDO EN LA PUNTA DEL OBELISCO? ¿A QUÉ MIERDA LE DICEN 'VANDALISMO' ESTOS JERARCAS CIEGOS O TAN ABOTONADOS EN SUS CASAS QUE NO PASAN POR UNA DE LAS VÍAS MÁS VISIBLES DE LA CIUDAD? Hasta el psicópata pintor tiene clarísimo que la Rambla Sur es uno de esos lugares de mayor exposición de la ciudad y por eso lo eligió para imprimir ahí su asqueroso mensaje, ¿A DÓNDE MIERDA ESTABAN MIRANDO LOS CANAS? Si toda la Rambla es ahora territorio liberado, entonces que avisen, así voy caminando por otra parte.

Y una vez dilucidado el misterio de por qué ese sujeto pudo enchastrar a lo puerco TODO el paseo más lindo de Montevideo sin que un cana lo mate de un merecido tiro de rifle sanitario o por lo menos lo encierre por mil años, me gustaría dilucidar otro misterio: ¿CUANDO LA IMM VA A LIMPIAR ESAS PINTADAS OBSCENAS, IMBÉCILES Y OFENSIVAS EN UN PAÍS LAICO O EN CUALQUIER PAÍS QUE SE RESPETE A SÍ MISMO UN POQUITO?

Cuando dejen de contar los dos millones de dólares extra que le acaban de pagar a once vivos de ADEOM que se dieron cuenta de que la Junta Departamental aprobó aquel dichoso convenio salarial (cuyo rompimiento motivó la sucia huelga municipal del 2002-2003) cuando ya había estallado la crisis y era de oligofrénicos el comprometerse a reajustar automáticamente los salarios, cuando dejen de chuparse las partes unos a los otros como festejo por ser jerarcas de una ciudad de cornudos que no los echa a patadas de sus puestos, bueno, cuando termine la fiesta, estaría bueno que Ehrlich y compañía dejaran de mesarse los bigotes y agarraran un balde de solvente de pintura. Sus supuestos subordinados, los de ADEOM, hace tanto tiempo que les pusieron la montura -y que son los auténticos propietarios de la IMM- que dudo mucho que quieran ensuciarse las manos, asi que espero que los jerarcas tengan un mínimo de decencia y vayan a limpiar esa rambla que, como el resto de Montevideo, han dejado en manos de la mugre, en este caso religiosa, para peor.

martes, 20 de enero de 2009

Porque mi casa no es mi casa

Me encuentro con un amigo bonaerense de paso por Montevideo rumbo al Este, y, como es de costumbre en los porteños y de su visión romántica sobre nuestra capital, me hace elogios casi excesivos sobre la ciudad, sus ramblas, sus bares, su todo. Pero con una cierta vergüenza me dice que, sin embargo, en los cinco años desde que llegó por primera vez a Montevideo, ha notado un cambio que no le parece particularmente atractivo. "No quiero ser atrevido", me dice, "pero, ¿puede ser que esté todo más sucio?". Sí, puede ser.

Durante la primer década de la administración frenteamplista de Montevideo, en la página de editoriales de los diarios de derecha, particularmente la de El País, se repetía mecánicamente la acusación de que la ciudad estaba más sucia que nunca, que la basura se amontonaba en la esquinas, que las ratas eran patronas de las calles. Era como un mantra, absolutamente todos los días se repetía lo mismo "la ciudad está más sucia que nunca", con casi las mismas palabras y como si el trabajo de una intendencia se limitara exclusivamente a la limpieza. Y muchos lectores del diario y políticos conservadores también lo repetían. Pero se daba el absurdo casi gracioso de que sucedía justamente lo contrario; los basurales callejeros habían aparecido durante los últimos años de la dictadura, y se habían multiplicado durante la administración de Elizalde, pero fueron desapareciendo durante los años de Tabaré Vázquez y durante el primer gobierno municipal de Arana eran casi inexistentes. Incluso algunos de los incurablemente mugrientos montevideanos se acostumbraron - como en mi caso- a buscar las papeleras, que ahora eran más numerosas, en lugar de descartar en el piso lo que me estorbara en la mano. Los editoriales seguían en repitiendo en loop, como si fueran los hermanitos de La Gallina Degollada de Quiroga, pero era una mentira evidente para cualquiera que no mirara la ciudad con los lentes de sus intereses partidarios.

Hoy en día los editoriales de El País ya no se preocupan mucho por la grela de la ciudad y se dedican a otros mantras un poco más variados -la tremenda crisis que se viene, la voracidad impositiva de Astori, la maldad infeccionsa de Hugo Chávez-, pero, paradójicamente, la ciudad está realmente sucia, y en verano hiede como fruta podrida al sol.

Los contenedores, en principio una idea perfecta (aunque instrumentada con una brutal indiferencia hacia los vecinos de dichos artefactos) para que los indisciplinados capitalinos administren sus desperdicios, rebosan de basura que se desparrama a su alrededor sin siquiera necesitar la ayuda de la indolencia de los hurgadores; los propios contenedores están deteriorados, rotos, quemados por los vándalos; las bolsas de plástico y los papeles se amontonan sobre el pasto de los parques, las porquerías hacen pila en cada rincón y cada agujero sin rellenar, las fuentes están secas, los monumentos siguen rotos, saqueados, comidos por la voracidad de la otra mugre, la espiritual y humana. Tal vez pocas cosas sean más simbólico de esto que la desagradable imagen -intolerable para mí pero al parecer ya invisible para mis conciudadanos- de ver en pleno 18 de julio a la Biblioteca Nacional con sus paredes de marmol completamente cubiertas de las pintadas políticas mas feas y desagradables que se pueden concebir y con un enjambre de vagabundos acampando entre sus columnas y llenándolas de objetos y mierda. A su lado, la Universidad de la República no está mucho mejor, con sus muros cubiertos de las frases más imbéciles que el cerebro humano pueda articular en letras. Letras feas, escritas como si alguien se hubiera limpiado el culo con las manos y luego la mano en la pared, y al parecer imposibles de cubrir por los notables aumentos presupuestales otorgados a la educación terciaria de este país.

Hace cerca de veinte años que el FA gobierna a Montevideo, la roja, y actualmente lo hace con un gran convencimiento -bastante motivado- de que también lo hará los próximos cinco. Esta prolongadísima administración se debe a una curiosa mezcla de méritos y de identificación acrítica. Como adelantaba arriba, se puede decir que las dos primeras intendencias del FA tuvieron algunas buenas consecuencias inmediatas. Por un lado en el gobierno de Vázquez se hizo -un poco al menos- más cristalino el acceso a los trabajos en la IMM, posiblemente el peor bastión de clientelismo de todo el Estado. Se emprendieron políticas -para algunos críticos excesivamente orientadas a la reforma social, algo que no necesariamente es potestad de un gobierno departamental- que consiguieron hacer foco fuera de los ricos barrios de la costa y el este, ampliando la red de saneamiento y de mejoras infraestructurales a las zonas norteñas y del oeste. El primer gobierno de Arana pudo incluso reflexionar sobre la ciudad en términos urbanísticos, establecer modestas políticas de embellecimiento y de preservación de algunos espacios y edificios amenazados por la anarquía edilicia montevideana. Ambos gobiernos, inexpertamente cándidos, dejaron sin embargo algunas bombas de tiempo que reventarían en la cara a las dos administraciones siguientes. En primer lugar la política de concesiones gratuitas de privilegios absurdos que Vázquez hizo con el gremio de ADEOM -posiblemente tanto por exceso de confianza demagógica como para comprar la tranquilidad del sindicato durante la primer intendencia frentista, la más vigilada-, que no sólo no mejoró el tradicionalmente malo desempeño de los trabjadores municipales, sino que les redujo los horarios laborales y les aumentó los salarios a cambio de nada; y en segundo lugar la tendencia a tolerar la privatización de facto de los espacios públicos. El pánico culposo de la izquierda de tener que, en ocasiones, reprimir el exceso de libertades que la gente de menores recursos se toma con los espacios públicos, aquellos que se definen como públicos justamente por su supuesta imposibilidad de ser apropiados y que su disfrute por naturaleza es en grado de breves préstamos. Fue así que florecieron los micro-asentamientos, en ocasiones unipersonales, en plazas, parques, recovecos arquitectónicos y playas. Fue así que se permitió el deterioro del centro -uno de los barrios con mejor infraestructura edilicia- tolerando la saturación de comercio informal en flagrante competencia desleal con el establecido, generando el ridículo de las galerías desiertas de negocios y las veredas bloqueadas por tiendas improvisadas que generaron tanto una gran industria de trabajo en negro como un ámbito de aglomeración ideal para los rateros, para peor simultáneamente a la creación de los shoppings, que con el centro así de deteriorado no tuvieron casi competencia por parte del tradicional centro comercial.

Lo que también se descentralizó conscientemente fue la propia administración municipal mediante los CCZ (Centros Comunales Zonales), una buena idea en un principio que apuntaría a descongestionar la burocracia del palacio de ladrillo, pero que al no concederles autonomía económica ni capacidad de gestionar trámites se convirtió exactamente en lo contrario: una suerte de comités de base pagos, encargados de mediar propuestas y problemas, y que aumentaron considerablemente el número de empleados municipales, un empleo que por su inamovibilidad, sus escasas responsabilidades y horas de trabajo efectivo y un sinnúmero de beneficios extra se convirtió en un auténtico premio de lotería, y en el caso de los CCZ, una válida recompensa material a los militantes. Es en este período que comienza a darse la paradoja de que un basurero gane más que un catedrático universitario, con todo lo que ello conlleva en el plano simbólico, olvidado por las IMM frentistas desde el momento en que TV decidió que era una buena idea el permitir la instalación de un McDonalds en la explanada municipal.

Las primeras administraciones del FA decidieron, no sin motivos urgentes pero sin auténtica potestad, orientar sus recursos hacia las políticas sociales, para compensar la indiferencia criminal de los gobiernos blancos y colorados hacia las zonas que eufemísticamente se denominan "carenciadas", privilegiando el acceso de las mismas a condiciones dignas de higiene antes que lo ornamentalmente superfluo, como puede ser el cuidado del aspecto de la ciudad -que es, sin embargo, un cometido más específicamente municipal que las políticas sociales-; pero el primer gobierno de Arana apuntó a un cierto punto medio entre ambas prioridades, considerando también que el aspecto de la ciudad no es sólo un tema de importancia para los burgueses maricones, sino que es algo de importancia crucial para establecer la relación de un ciudadano -en el sentido completo del término- con su entorno vital.

Pero todas estas buenas intenciones cuestan dinero y, a pesar de aumentar en forma notoria y dolorosa los impuestos municipales -especialmente los que caen sobre los hombros de la clase media, como la delirante contribución inmobiliaria y las patentes automovilísticas-, la IMM -que los colorados habían dejado cubierta de basura pero con superávit- entró en violento déficit (ayudado también por una cruel y meramente partidaria política diferencial en las ayudas del gobierno central a las intendencias, mediante la cual Montevideo fue olvidada por los gobiernos blancos y colorados a la hora de ser asistida o exonerada de impuestos). Y ese déficit fue pateado hacia adelante hasta que reventó durante la espantosa segunda administración de Arana.

Hay gente que llama al segundo gobierno municipal de Mariano Arana la intendencia de María Julia Muñoz, cuya influencia creció en forma evidente durante ese gobierno hasta el punto de que algunos llaman a dicho período "la intendencia de María Julia". Tal vez sea para exclupar al arquitecto, porque fue una administración horrible, llena de errores imperdonables y con no pocas acusaciones de la más llana corrupción. Alcanza recordar que fueron los años del conflicto entre la IMM (nuestros representantes) y ADEOM (nuestros empleados), por el no-cumplimiento del irresponsable convenio que la administración había firmado con el gremio, por el cual se comprometían a reajustar automáticamente los salarios municipales en relación a los aumentos del IPC -un beneficio que prácticamente ningún otro trabajador público o privado tiene-, y que suponía que -no importa lo que pasara. Los generosos salarios municipales (que permitieron que muchos de nosotros usáramos el ejemplo absurdo de que en Uruguay se le paga más a un basurero que a un catedrático universitario) quedaban así -vaya uno a saber a cambio de qué- totalmente a salvo de crisis de cualquier índole. Y la crisis llegó y fue la más feroz de la historia de Uruguay, y la solidaridad es una palabra bonita en los discursos pero que deja de existir cuando se dirige al bolsillo, y mientras decenas de empresas cerraban, miles de empleados eran enviados al seguro de paro, y la gente se suicidaba por docenas, el gremio de ADEOM se fue a la huelga porque no les aumentaron sus sueldos. Una huelga de hijos de puta ignorantes y privilegiados pero totalmente legal, a diferencia de la ruptura del contrato que hizo la administración Arana, por lo que no sólo la ciudad quedó abandonada durante semanas sino que a la larga la diferencia económica tuvo que ser cubierta por los montevideanos con cifras aumentadas tras un juicio perdido que dejó a un grupo de trabajadores públicos totalmente indiferentes al resto de su país (cada tanto hay que re-pensar además qué quiere decir lo de "trabajadores públicos" o sea, trabajadores supuestamente al servicio de la suma del Estado), con más dinero que nunca y con la seguridad de tener a la patronal (todos nosotros) agarrada de los huevos. Este único error debería haberle costado la Intendencia al FA, pero como si fuera poco estuvo el impresentable escándalo Areán y sus concesiones dudosas, y el principio del escándalo Bengoa, que demostró que en Montevideo los casinos podían dar pérdidas y que el Estado era capaz de subvencionar pérdidas de casinos. Y cómo si fuera poco la ciudad se deterioró en un grado inconcebible a causa de la depredación que un nuevo lumpenaje -generalmente compuesto por fumadores de pasta base convencidos de estar exonerados de cualquier conducta humana- comenzó a efectuar de todos los espacios públicos. Esta fue una culpa compartida con el Ministerio del Interior, pero no deja de asombrar la indiferencia con la que el urbanista Arana reaccionó ante la evidencia de que monumentos de bronce de escultores como Zorrilla eran aserrados lentamente por anormales que vendían el material de las estatuas por el peso de su material. O se robaban los motores de las fuentes de agua. O se comían a los patos de los lagos. O convertían a los espacios verdes en tierras de nadie por las que no se podía cruzar en la noche y hacían sus baños en los areneros dónde lógicamente dejaron de jugar los niños.

La única explicación del triunfo de Ehrlich, ya que luego del segundo gobierno de Arana el FA debió haber sufrido un castigo electoral similar al que sufrió Jorge Batlle, fue una conjunción de automatismo partidario, inercia del entusiasmo de las elecciones presidenciales y la pésima elección de candidatos de la oposición -que además fue a las elecciones dividida, asegurándose de que no hubiera forma de ganar-, que eligió a un clon de Montgomery Burns y al hijo de un dictador aborrecido como opciones. Tan tristes opciones forzaron a muchos -como yo- a votar anulado, pero sin embargo Ricardo Ehrlich fue elegido por un porcentaje aún mayor que el de Arana y en los primeros meses de su gestión pareció que había sido una buena elección. Ehrlich, un hombre de bajo perfil y pocas palabras, inició su gobierno haciendo una cierta purga del círculo de impresentables que se había reunido alrededor de los casinos municipales, proponiendo un catastro más ajustado a la realidad, enfrentando a ADEOM con seriedad y creando un indispensable servicio de guardaparques para impedir que los mismos continuaran su conversión en baldíos devastados y habitados por personajes post-apocalípticos. Hoy, estando cerca del final de su gestión, la administración de Ehrlich parece ser, por lo menos, tan desastrosa como la de Arana-Muñoz.

En primer lugar, el trabajo de limpieza que Ehrlich emprendió sobre el círculo de Bengoa terminó revelándose, más que como una digna autodepuración, como parte de una simple purga partidaria que barrió con casi todos los cuadros municipales de los otros partidos frentistas, especialmente con los de Asamblea Uruguay, gran opositora del MPP de Ehrlich. Entre los purgados se encontraba Alejandra Ostria, Directora General del Departamento de Desarrollo Ambiental de la IMM, quién había tenido una enorme agarrada no ya con Ehrlich sino con la cúpula del MPP entera cuando dio la recomendación de clausurar definitivamente tres curtiembres del barrio Nuevo París - Uruven, Napalan y Corbo- debido a la reiterada contaminación y la falta de garantías para los trabajadores. Las curtiembres, como se sabe, son las principales (no las únicas) responsables de que el arroyo Miguelete y el Pantanoso se hayan vuelto una suerte de cloacas a cielo abierto, y son particularmente la causa de que -según unos escandalosos datos descubiertos (y nunca valorados con la debida gravedad) por el semanario Brecha- buena parte de los habitantes, especialmente los niños, de los terrenos próximos a dichos arroyos tengan un índice de plombemia (contaminación de plomo en la sangre) que posiblemente ya haya alterado en forma irreversible sus capacidades cognitivas. Eso sin mencionar lo que significa para cualquier ser humano vivir en una zona que huele a chancho podrido. Pero aunque el informe de las condiciones de las curtiembres determinaba que existía una "falta total de garantías para los trabajadores, los vecinos de la zona y el ambiente en general" dentro de estas curtiembres estaba Uruven, una empresa recuperada por sus trabajadores que según Luis Polakof, el director de Desarrollo de la Intendencia de Montevideo, tenía "el apoyo del gobierno de Montevideo y nacional, y tiene también un acuerdo con el gobierno de Venezuela para la compra de maquinaria y producción". Y cómo se sabe la basura de los trabajadores que recuperan fábricas ensucia menos que la capitalista. Y si tu hijo tiene el C.I. de un afectado por síndrome de Down sin sufrir de dicho síndrome es por una noble causa trabajadora, y unos cuantos votos agradecidos.

Obviamente la existencia o no de una fuente de trabajo y su desarrollo no es problema de la IMM sino del gobierno central y sus ministerios, pero este caso ilustra bastante bien el absoluto segundo plano al cual cayó el mantenimiento de la ciudad en relación a los intereses de las corporaciones relacionadas con la propia IMM. El impresentable problema de los casinos con pérdidas y la turbia administración de Bengoa reveló que el propio motivo de existencia de casinos municipales -justificados, a pesar de ser claramente un vicio destructivo, como una suerte de impuestos voluntarios que los (supuestos) adinerados otorgan y que se pueden emplear en fines más nobles- había desaparecido, ya que la inviable estructura de costos laborales hacía que los montevideanos no sólo no ganáramos con dichos casinos, sino que además los subvencionáramos para que sus empleados mantuvieran un altísimo modus vivendi.

Otra de las reformas de Ehrlich parece un chiste de mal gusto: instauró la figura de los guardaparques. No es que eso esté mal, al contrario, es que es algo similar a que el Ministerio de Cultura dijera que, luego de 20 años, va a instaurar la figura del maestro. Los parques, dejados a merced de los peores montevideanos se convirtieron en estas décadas -salvo durante un breve tiempo de la primera administración de Arana- en una tierra de nadie, arrasada y privatizada por travestis ejerciendo la prostitución, chorros, vándalos y desamparados. A casi dos años de la instauración de dichos guardaparques, la diferencia es mínima, ya que la autoridad de los mismos es limitadísima y su horario de trabajo también.

Ehrlich puso también en funcionamiento un nuevo catastro orientado a reajustar las contribuciones inmobiliarias en función del famoso y relativista "que pague más el que tiene más". Este nuevo catastro disminuyó levemente las contribuciones de algunas casas y elevó otras a cifras siderales. Aún sabiendo que había zonas, particularmente en Carrasco, que estaban subvaluadas hasta lo risible, esta concepción tosca del "que pague más el que tiene más" se pasó por los huevos la simple realidad de que en las últimas décadas -y especialmente luego de la crisis del 2002- el valor de las casas suele no corresponder ni remotamente con las entradas monetarias de sus ocupantes, siendo estas propiedades su único capital real, un capital además generalmente impregnado de gran valor sentimental, pero que a diferencia de los capitales guardados en los bancos no se le puede enviar al exterior a la primer amenaza impositiva. La contribución inmobiliaria, un impuesto que presupone que todo propietario es adinerado (ignorando que la mayor parte de los propietarios menores de cincuenta años lo son por herencia), es no sólo un impuesto particularmente doloroso -que en mi caso por ejemplo se queda con casi todo mi aguinaldo cada año-, sino que no da nada sensible a cambio, ya que todos los servicios municipales tienen sus impuestos específicos, por lo que -uno supone- los capitales obtenidos por esta contribución debería utilizarse en inversiones de mejora de la ciudad. Se supone.

El diario El País publicó hace un par de meses, no en su página de obcecados editoriales sino en la semi-objetividad de su primera plana, una noticia que de demostrar la oposición alguna señal de vida cerebral debería haber sido aprovechada para defenestrar al gobierno municipal y generar un escándalo auténtico: la IMM le confesó al Tribunal de Cuentas que iba a reducir sus inversiones en un 50% para el año que viene. Es decir; en un panorama que muestra a una ciudad desolada, sucia, rota, la IMM admitió que iba a gastar la mitad de dinero del que gastó -y no se vio- este año. El motivo no puede ser más ruin: es el precio que costó terminar -al menos durante el año electoral- con el conflicto de ADEOM, y la mitad del dinero de inversión -religiosamente cobrado a los montevideanos- se repartirá entre los pocos miles de trabajadores municipales para que se queden tranquilos durante un rato. Trabajadores que ahora son más, ya que la administración Ehrlich aumentó significativamente la planta de municipales durante su gestión, elevando los costos operativos de la Intendencia aún por encima de su absurdo anterior.

Mientras tanto uno camina por 18 de julio viendo arder los tachos de basura; viendo las bolsas de nylon hacer danzas como la de American Beauty pero de a miles, arremolinándose alrededor de la Plaza Independencia; viendo como todas las fuentes de Parque Rodó están secas o cubiertas de mugre; viendo como la diferencia entre los barrios de mayores ingresos -cuidados por servicios privados y con su basura a cargo de empresas tercerizadas- cada vez se diferencian más de los de servicios medios, dejados a su buena suerte o la escasa voluntad de los que en definitiva son nuestros empleados; viendo las baldosas reventadas por las raíces que pedimos hace años que cortaran y a ciclistas aplastados por ramas de deberían haber sido podadas; viendo aves y pequeños mamíferos mutilados en las playas por el ejercicio de rituales umbandistas legalizados de facto y reinvindicados como un derecho por organizaciones partícipes del MPP; viendo la persecución reglamentaria de todo negocio o empresa mediana a la que la voracidad impositiva de la IMM -que como un sátiro perezoso se garcha sólo a lo que no puede moverse, a lo auténticamente ciudadano y local- puso en la mira mientras se tapa el ojo hacia el mundo de lo informal; viendo como artistas disciplinados y empobrecidos ven como el fruto de meses y meses de ensayo es tirado a la basura porque sindicalistas brutales como Mabel Lolo o Anibal Varela decidieron que está bueno usar de tarima de chantajes escenarios a los que nunca podrían subirse por talento propio; viendo como esto es considerado "normal" por quienes deberían defender a los más perjudicados y débiles en estos juegos obscenos; viendo como edificios tugurizados, que deberian ser expropiados ipso facto por el peligro constante que ofrecen como santuario de delincuentes y como elementos de depreciación de zonas ya casigadas, son tolerados por incapacidad de tomar una decisión que pueda ser presentada como impopular o represiva; viendo una y otra vez los muros de la biblioteca estropeados en nombre de reinvindicaciones de la Educación; viendo la desregulación publicitaria que considera que si se paga lo bastante se puede hacer lo que sea, aunque sea una horrenda mano de cartón sosteniendo una botella de alcohol sobre la hermosa silueta de las Canteras; viendo como Montevideo, una ciudad hermosísima, es cada vez más ajena para sus habitantes, cada vez más incapaces de decidir sobre los más mínimos aspectos de su cuidado, cada vez con menos en común con los espacios comunes.

Me preguntan si Montevideo está más sucia; sí, en todos los aspectos, y uno siente de inmediato esa pequeña punzada culposa de estarse lamentando por algo superficial, decorativo, burguesón. Uno se imagina a algún apoderado de la verdad arrugando la nariz e imitándonos con voz nasal diciendo "ay, qué horror, qué sucio que está todo", como si hubieramos bajado de una nube de marfil en polvo y descubriéramos el Uruguay. Pero por mí ese superego sofista -imaginario o real- se puede morir cagando: la pestilencia engendra pestilencia, los ámbitos comunes sucios generan relaciones sucias entre la gente, que deja de tener consciencia de la propia existencia de esos ámbitos comunes. La ciudad es, ante todo, la suma de la interacción de los ciudadanos; si esos carriles apestan es porque están enfermos, y sin dudas que es un problema que supera una mera administración municipal. Pero no hay peor problema que el que no es reconocido como tal, y aquí hay un problema serio: vivimos en una ciudad que nos cobra caro el no ser cuidada y cuyos espacios públicos no son sentidos como tales porque han dejado de serlo. Y esas son las cosas que hacen que uno empiece a odiar a su ciudad. A mí me gusta Montevideo, y prefiero odiar a otros, y ya es hora de hablar claro al respecto. Ya fue bastante tiempo de romance; basta de excusas. Limpien su mugre de una puta vez.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Adiós camarada

Me despierto con la novedad de que el presidente Tabaré Vázquez renunció al Partido Socialista, argumentando estar "dolido" por el rechazo del mismo en el 46º congreso a su veto de la Ley de Salud Reproductiva o de legalización del aborto. Vázquez cumple así, a pesar de estar aún en el poder, con uno de sus juegos políticos favoritos: la amenaza de deserción, recurso con el cual tuvo al FA al servicio de sus caprichos durante los últimos quince años. Abandona su partido porque el mismo fue consecuente con su política respecto al tema, definida desde antes que Vázquez ingresara al Partido Socialista en 1983.

Vale la pena recordar esa fecha de ingreso -1983, apenas dos años antes del regreso a la democracia-, porque la misma explica la absoluta tranquilidad con la que Vázquez, el gran líder de la izquierda, atravesó la dictadura militar sin ser catalogado como ciudano B o C y ocupando incluso algún cargo estatal. De hecho un año antes de ingresar al PS, Vázquez había representado a Uruguay -y a su Estado de aquel entonces- en el XI curso de investigación cancerológica. En 1986, cuando la mayoría de los cuadros principales del FA recién habían vuelto del exilio o salido de la cárcel, buscando como reinsertarse económicamente en su país, se convirtió en un acaudalado empresario de la salud al comprar con dos colegas el 75% de las acciones de la ahora llamada Clínica COR. Pero si no había sido un gran izquierdista ni resistente durante la dictadura, sí había sido presidente del club de fútbol Progreso desde 1979, y tuvo la insólita suerte de que dicho cuadro ganara el campeonato uruguayo en 1989. Poco tiempo antes, como tesorero de la campaña del Voto Verde -una campaña pésimamente promocionada- había sido parte de un enorme fracaso, pero la idea del presidente de un cuadrito chico de barrio obrero que le gana a los grandes prendió inmediatamente en el imaginario maracanístico uruguayo y frentista, sobre todo en los sectores más izquierdistas -que querían evitar a toda costa que el candidato fuera el más moderado (pero con mayoría de votos) Hugo Batalla-, que lo sacaron de la galera como candidato ideal para la IMM, a pesar de ser socialista, abandonando la tradición del FA de presentar solamente candidatos independientes-, y el doctor ganó.

Cuando uno coteja las fechas y la velocidad del ascenso de Tabaré Vázquez en el FA y su postulación como candidato a la IMM, se llega fácilmente a una conclusión: Vázquez sólo tenía cinco años de militancia política y durante ese mismo año -1989- estuvo abocado más que nada a sacar campeón a Progreso, lo que abona algo que yo siempre creí: ese año Montevideo era frenteamplista, como lo sigue siendo a pesar de las abominables gestiones de Vázquez y Arana (al menos la segunda), y hubiera ganado aunque hubiera postulado Ronald McDonald como candidato. Pero eso nunca fue evidente para la dirigencia del FA que se abotonó con la idea de que el doctor era su figurita ganadora y le fue cediendo poder hasta convertirlo en el presidente de su fuerza primero (desplazando a la figura heroica de Liber Seregni) y luego del país. Esa unanimidad en considerar a Vázquez imprescindible (un concepto que de por sí debería haber sido combatido en una fuerza política basada en el consenso colectivo) le permitió acumular poder y bloquear cualquier posibilidad de ascenso de figuras más jóvenes o con mejor curriculum militante. Su arma histórica de control de la fuerza fue la amenaza de deserción, algo que llegó a hacer (brevemente) durante 1997.

Tal vez esa acumulación de poder haya sido el elemento aglutinante que mantuvo al FA unido todos estos años, pero también significó la transformación de la coalición en una fuerza pacata, conservadora y de evidente tono demagógico y populista. Durante su administración de la IMM, Vázquez plantó todas las bombas de tiempo que estallarían años después, otorgando una serie de privilegios totalmente desproporcionados a los trabajadores municipales sin pedir la menor contraprestación o control de calidad laboral a cambio. Como candidato, Vázquez imitó el estilo de los predicadores religiosos, sustituyendo propuestas por voluntarismos y metáforas berretas, apelando principalmente al voto femenino -especialmente el de las mujeres maduras que lo consideraban encantador y sexy- e introduciendo el cambio de orden genérico de "uruguayas y uruguayos". Tras ser desmantelado en un debate con el pérfido y siempre inteligente Julio María Sanguinetti, Vázquez se negó sistemáticamente a debatir con cualquier otro candidato, aunque llegó a hacer una oferta de debate a Jorge Batlle cuando se hizo claro que no era el favorito en las elecciones de 1999. Durante todo ese tiempo se caracterizó por favorecer o hacer caer de su gracia a cualquier figura o voz de la izquierda que lo cuestionara. Un informe de Brecha sobre un negociado más bien turbio que involucraba a su hijo tuvo como consecuencia que el lider de la izquierda dejara de hablar definitivamente con el medio de prensa de la izquierda más pensante, crítica y educada. Ese veto no se levantó jamás salvo una breve (y necesaria en términos electorales) entrevista por escrito concedida en la campaña del 2004. Mientras tanto no tuvo el menor problema en conceder decenas de entrevistas a cuanto medio conservador que se la solicitara.

Practicamente no ha habido militante de izquierda más o menos pensante que no rechazara su estilo demagógico de catequista y su forma de conducción mediante el chantaje, pero la convicción de lo imprescindible de su figura lo mantuvo siempre a la cabeza del partido y de la candidatura a la presidencia. Antes de ganar en las elecciones del 2004, Vázquez ya había perdido dos veces, algo que en cualquier otro país destruiría la carrera de un candidato, pero se siguió confiando en él. Cuando ganó, con una mayoría de un 1%, Uruguay se encontraba aún inmerso en la peor crisis de su historia, la cual había desintegrado virtualmente al Partido Colorado y su enorme caudal electoral. Sin embargo el FA apenas ganó, y todos sus cuadros coincidieron en que era en una enorme parte mérito de Vázquez, que -repito- ya había perdido dos veces.

Sobre la práxis de Vázquez como presidente prefiero no hablar, porque se ha hablado mucho, pero estaría bueno que alguien me señalara una medida realmente progresista que se le puede adjudicar a su iniciativa -no a la del partido-; las imagenes que me vienen a la cabeza primero siempre son el traslado de la estatua de Wojtyla a un lugar preferencial y el gratuito ninguneo a la asunción del primer presidente indígena de América Latina.

Y ahora renunció al envejecido e intrigante Partido Socialista, el partido que consiguió postularlo a la IMM por encima de candidatos más nobles y preparados cuando no era más que un dirigente de fútbol. Renunció porque el Partido Socialista decidió, por una vez en los últimos veinte años, ser más socialista que vazquista y no apoyarlo en su terca y autoritaria traición a la voluntad de toda su fuerza política. Renuncia y le quita su apoyo un año antes de las elecciones, en el momento en que el partido realmente necesitaría de su carisma berreta como mascarón de proa.

Bueno, que se jodan. Ellos lo crearon y entronizaron, y ahora tienen que hacerse un baño de asiento para calmar el dolor de su abandono sin siquiera haber tenido la oportunidad de echarlo dignamente, como corresponde a alguien que traiciona los postulados de la mayoría de su fuerza. Hoy se escuchaba quejarse en las radios a Mónica Xavier y otras figuras del PS, y ofrecer la mano abierta para que el doctor vuelva a la casa a la que vació de significado y prendió fuego. Ahora tienen un lindo vacío para evaluar el enorme espacio que le delegaron a un hombre conservador, mediano, autoritario y vengativo, que los abandona cuando más lo necesitan, por atreverse a desobedecerlo y cuando ya ha obtenido del mismo todo lo que podía obtener. Repito sin alegría; eran el partido de Emilio Frugoni y ahora son esa cosa mortecina ante la partida de un millonario católico y masón: que se jodan.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Una nación abortada

El veto impuesto por Tabaré Vázquez a la Ley de Salud Sexual y Reproductiva fue tan sorpresivo como el timbre de un despertador al que uno mismo ha programado; Vázquez no se caracterizado nunca por desdecirse ni someter su autoridad, mucho menos en público, sino por lo contrario, por su notable –tal vez la única característica notable de su personalidad- capacidad de acumulación de poder gracias a la cualidad que Brecht asignaba a los pésimos líderes: el hacerse indispensable. El que haya habido militantes del FA que creyeran hasta último momento que un egomaníaco autoritario como Vázquez iba a dejar cómo su último acto notorio de gobierno el permitir que le doblaran la mano en un tema en el que había sido diáfano y claro, fue algo propio de ilusos o de pelotudos que siguen sin entender la naturaleza del aparato político anti-democrático que armaron.

Estando el veto y sin que el partido intente ninguna de las medidas extremas que podrían forzar su levantamiento, las mujeres pobres seguirán abortando en condiciones infames y muriendo con sus áreas más sensibles infectadas, perforadas y gangrenadas, quedando lisiadas de por vida o, paradoja de los que defienden la vida facilitando la muerte, esterilizadas en forma definitiva. Este año en particular el número de mujeres muertas o dañadas en forma definitiva por los abortos clandestinos fue ligeramente menor que el promedio de años anteriores, lo cual fue considerado en algunos círculos como un avance.

Pero eso no es un mérito de las políticas de salud propugnadas por Vázquez sino más bien del uso –ilegal para la legislación actual corroborada por el veto- del misoprostol, recetado y distribuida muchas veces por médicos, gremio que está en una abrumadora mayoría a favor de la legalización –contrariamente a lo que parece sostener Vázquez al apoyarse en su formación para aplicar el veto- y cuyos integrantes, particularmente los de hospitales públicos como el Pereyra Rossell, tienen que jugar al borde de la clandestinidad y con la amenaza de la destitución, cuando no la cárcel, pendiendo sobre sus cabezas, pero siguiendo adelante basados exclusivamente en su experiencia personal y en la empatía hacia sus pacientes más indefensas.

El que el número de mujeres muertas en abortos clandestinos haya disminuido es irrelevante; una muerte evitable es una cantidad enorme de muerte, y de ahora en adelante cada una de estas muertes será responsabilidad directa de Vázquez y de quienes sustentan su poder dentro del FA, algo que se les debe recordar en cada oportunidad posible y cada vez que salgan a la arena pública, pero, siendo algo gravísimo e inexcusable, la gente pobre muere por muchos motivos de omisión sanitaria –lo cual es una lacra del capitalismo en general-, y tal vez el caso de los abortos clandestinos no sea más que un síntoma de el auténtico dilema que gira alrededor del aborto, y que en términos mundiales es aún más importante que el número de las víctimas de su malapraxis.

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El auténtico centro de la discusión acerca de la legalización del aborto no pasa en realidad –mal que le pese a los militantes de dicha legalización- ni por la eliminación de los riesgos de su práctica ilegal ni por el derecho de autodeterminación de las mujeres sobre lo que crece en su cuerpo –dos argumentos por otra parte irrefutables- sino por lo que los grupos “pro vida” han convertido en el eje de debate. Y que no está mal que lo sea, es decir; sobre la capacidad humana de decidir totalmente sobre las circunstancias de su reproducción, y por la existencia –o no- de fuerzas o poderes superiores a esa capacidad de decisión.

Es decir; el núcleo de la discusión es el derecho o no de los humanos conscientes a eliminar formas de vida humanas inconscientes y sin actividad cerebral (lo que en términos médicos es equivalente a ya no ser humano o a todavía no serlo realmente). Es así de feo como suena, pero los eufemismos distraen de su auténtica urgencia: si el ser humano piensa subsistir como especie al menos un par de siglos más en condiciones de calidad de vida mínima, es totalmente imprescindible el fin del fundamentalismo religioso-humanista que sacraliza todas las formas de vida humanas, incluso las que se han vuelto una continua tortura (los desgraciados enfermos privados de la eutanasia) o las que apenas se diferencian del estado de ameba y que sólo son una posibilidad de desarrollo, como los fetos carentes de terminales nerviosas susceptibles de ser abortados en los tres primeros meses de su existencia. Si no se entiende y se acepta de que esos fetos, o esos enfermos terminales e insensibles, son vida humana, entonces es absolutamente inútil el pelear por el derecho a su conclusión.

Cuando la defensa del aborto es la defensa de un "mal necesario" o de una solución extrema, se convierte en una defensa condenada al fracaso; está claro que una intervención quirúrgica tan intrusiva y simbólicamente traumática no es deseable para nadie y que en un país con una adecuada educación sexual -y un uso irrestricto de "píldoras del día después"- los abortos serían casi inexistentes. Sin embargo la argumentación que acepta a esta solución en algo especialmente traumático, en cierta forma refuerza su estatus de crimen -necesario pero crimen al fin- y su identificación con el filicidio. Es decir los mismos argumentos de su oposición. Pero estos son los términos filosóficos en los que se podría haber discutido públicamente y como nación el problema del aborto, y este problema se dirimió en términos exclusivamente políticos. Así que mejor hablemos de política.

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Tabaré Vázquez culmina su mandato con números bastante positivos, y que en manos de un partido que no estuviera devorado internamente por las diversas voluntades de poder de las fuerzas que lo componen –y si no se enfrentara al conjunto de impresentables que componen la oposición- le asegurarían al Frente Amplio un nuevo gobierno sin que se molestara siquiera en hacer campaña. Más allá de los méritos generales del gobierno atribuibles al programa de la fuerza e independientes de la voluntad presidencial, los méritos propios del presidente aparecen –más allá de la comparsa que brega por su reelección como si se tratara de Tito en las vísperas de la disgregación de Yugoeslavia- como muy limitados, por no decir inexistentes. Dentro de las iniciativas o políticas que caben atribuirle a su figura, a lo sumo le reconocería una cierta firmeza a la hora de atarle la cuerda a la bolsa de gatos en la que se convierte el FA a la hora de medirse la pija. Algo en lo que es difícil de diferenciar si se trata de un mérito de estadista o simplemente una continuación del proceso de acumulación de poder personal que llevó a este conductor de cuadros de fútbol al puesto de máximo jerarca de la izquierda superando a políticos más cultos, preparados e inteligentes.

El resto de su obra –repito, no del gobierno del FA sino lo que se le puede atribuir a su iniciativa personal- oscila entre lo irritante y lo patético, ya que sus intervenciones individuales se limitaron a ejercicios de intriga palaciega, una abominable actitud separatista y cipayesca en relación a la política exterior, una clara voluntad de lobby en relación a todo lo que tenga que ver con su gremio -ese que algunos desaprensivos llaman la “mafia blanca”-, y el haber emprendido un combate desproporcionado y discriminador hacia los fumadores. Y, por supuesto, luchar a brazo partido por los caballitos de batalla distintivos de la secta esenia con la que colabora, ya sea entronizando el monumento de uno de los principales difusores del SIDA –Karol Wojtyla, cuya oposición al uso de preservativos durante el comienzo de la pandemia de dicha enfermedad posiblemente lo hace responsable de centenares de miles (o millones) de muertes- o comprometiéndose con el más reaccionario y obtuso de los obispos montevideanos de las últimas décadas, parándose de su lado y no del de los que lo eligieron.

¿Por qué motivo Vázquez decidió realizar un movimiento se semejante impopularidad entre sus correligionarios y enfrentándose a la voluntad de la totalidad de sus legisladores? Es algo difícil de discernir; como bien me señalaba alguien con mayor poder de observación política que yo, el catolicismo de Vázquez no parece en realidad tan extremo –por de pronto no es un practicante asiduo de sus rituales, además de pertenecer a otra secta de tradición anti-católica como la masonería- como para justificar una actitud tan determinada. Tal vez haya sido para evitar problemas en el seno de su familia, donde sí parece haber opiniones más dogmáticas, tal vez haya sido una más de sus demostraciones de poder egomaníaco, tal vez haya sido realmente una convicción moral y ética basada en sus valores personales.

Tabaré Vázquez es un científico, específicamente un oncólogo, lo cual lo coloca en un sitio incómodo de la ciencia, ya que pertenece a una rama de la misma que no ha conseguido ni entender ni controlar su objeto de estudio y, más allá de méritos y triunfos parciales -y valiosísimos, sin duda- a groso modo se le puede considerar como una rama aún derrotada de la medicina. Esta triste cualidad, uno esperaría, debería impregnar a sus practicantes de una cierta humildad, una cierta comprensión hacia el misterio de las cosas y la ausencia de respuestas definitivas. Digamos, una conciencia permanente de las propias falencias e incapacidades. El miedo a la muerte y a esa sentencia casi inapelable que supone el cáncer ha convertido a los oncólogos en, posiblemente, los especialistas médicos más apreciados por los ciudadanos de a pie, que los barnizan con sus esperanzas, como encarnación de su fe y de su confianza en quienes pueden ser la última barrera de contención entre ellos y una muerte fea y prematura. No es de extrañarse entonces que algunos oncólogos se confundan en el camino y obnubilados por el agradecimiento de los que consiguen salvar, se afirmen en una soberbia olvidadiza de la cualidad aún incurable e inexplicable de la enfermedad que combaten.

En lo personal no puedo compartir la beatificación de la oncología: ni Vázquez ni ninguno de sus colegas consiguió salvar del carcinoma a mi padre, ni a mi abuela, ni a mi abuelo, ni a mi perro, por lo cual me permito el no concederle a ningún oncólogo el menor tipo de autoridad intelectual o moral sobre mí, mucho menos el poder de decisión sobre el futuro del contenido del útero de ninguna de las mujeres que conozco o no. Y mucho menos si uno de ellos articula su supuesta autoridad filosófica con una creencia religiosa dogmática y fantasiosa. Digamos, en lo que a mí respecta Vázquez carece de per se de las cartas mínimas de confianza y respeto que imponen en forma no coercitiva una autoridad moral. En lo que concierne a mi familia y a su experiencia particular, lo único que podríamos decirle a alguien de su profesión es: fuck off, loser. Gracias por nada.

Pero ese soy yo, el que tal vez esté resentido por su familia llena de muertos; más interesante es ver qué vieron en él las que sustentaron su poder simbólico -y aún lo sustentan- a pesar de haber sido notablemente franco con respecto a este tema. Es decir, a su promesa de que se iba a pasar por las partes sus voluntades.

***

Sería conveniente que las fuerzas feministas de Uruguay hicieran una seria autocrítica con respecto a la casi absoluta incapacidad de movilización que demostraron en los días de la votación. Siendo un tema crucial en relación a sus derechos y al combate contra las rémoras patriarcales que subsisten por todas partes, es casi aterrador el comprobar que hasta un fantasma como el Pastor Márquez convocó más gente y entusiasmo que todas las organizaciones femeninas juntas. Hay una cierta explicación para esto y que va más allá de la pereza, y que es un fenómeno que se extiende a muchos planos del activismo; el haber delegado buena parte de las estructuras activistas en manos de las representantes políticas de la izquierda hizo que el desconcierto, las contradicciones y la inacción de buena parte de ellas repercutiera sobre las bases, que se mostraron escuálidas, desarticuladas, desmotivadas y ausentes. A la sombra de unos pelotudos que rapeaban sobre el derecho a la vida y la alegría. Yo tampoco fui, lo admito, pero en este caso no por haraganería sino por el mismo respeto que le tengo a las decisiones individuales de las mujeres sobre sus vientres: esa era su batalla, hermanas, esa la tenían que pelear en la calle ustedes.

El enorme fracaso de las militantes femeninas, y sobre todo de sus representantes políticas, fue el de no haber conseguido hacer de este tema algo importante y, repito la palabra, crucial. Brecha publicaba en su último número estudios de Bottinelli que afirmaban algo que estoy más que dispuesto a creer: mientras que los enemigos de la legalización del aborto eran clarísimos en su voluntad de no votar ni seguir a ninguna fuerza que apoyara dicha legalización, los partidarios de la misma concedían que posiblemente siguieran votando a una fuerza que hiciera fracasar esta iniciativa. Disciplina de izquierda o espíritu de perdedor, lo cierto es que eso se irradió siempre dentro de las fuerzas que apoyaban la legalización y particularmente de los cuadros políticos que la promovían en el parlamento. En días previos a la votación y con la amenaza del veto pendiente, varias legisladoras y ministras del Partido Socialista se fotografiaron orondas firmando los inútiles - e innecesarios salvo como demostración pública de adhesión incondicional- formularios de reelección de Tabaré Vázquez. Interrogadas al respecto por la diaria, las que se dignaron contestar explicaron que una cosa era una cosa y otra cosa otra, y una de ellas se sinceró diciendo, "me importa que esta ley se apruebe, pero más me importa ganar". ¿Ganar qué? ¿El sueldo de legisladora?

Se me acusado algunas veces de machista a causa de cierto gusto por la provocación que tiene mi sentido del humor y por mi firme convencimiento de la importancia de la diferenciación sexual en algunos aspectos, pero en realidad fui criado en un matriarcado casi total en el que las mujeres tomaban todas las decisiones sobre la conducción familiar. Fui educado por viudas jóvenes, militantes clandestinas de tiempos dictatoriales, mujeres que trabajaban ocho horas, estudiaban otras ocho y criaban a sus hijos en el medio, profesionales independientes, divorciadas prematuras en tiempos de divorcios vergonzantes, suplentes improvisadas de figuras paternales, luchadoras todoterreno, locas que confiaban más en la cultura que en el maquillaje, feministas inconscientes de su feminismo; minas que jamás aceptaron una orden de un hombre ni por miedo ni por amor, y que jamás dependieron de uno para su sustento material o espiritual. Minas de hierro y diamante pertenecientes a un sexo que nadie se atrevería a calificar de “débil” y entre las que no había insulto más denigrante que “mantenida”. Esas fueron mis abuelas, mis tías y mi madre. Así espero que sean mis sobrinas y mis hijas, en caso de tenerlas.

Y tal vez sea por esa educación que pocos espectáculos más tristes he visto en la política uruguaya que la docilidad con la que las mujeres legisladoras del FA aceptaron la imposición del veto de Vázquez, llegando al extremo en la figura de María Julia Muñoz -una doctora y Ministra de Salud cuya posición favorable a la legalización es conocida-, que fue casi corriendo a estampar su firma sobre el veto, haciéndolo legal. También lo hicieron Héctor Lescano y ese personaje tan querido para los periodistas que es Víctor Rossi, pero la acción de Muñoz -una mujer a la que además Vázquez ha dejado en falsa escuadra más de media docena de veces interfiriendo con las decisiones de su ministerio y obligándola a recular en sus afirmaciones- fue un espectáculo tan denigrante que por comparación cualquiera de esas chicas que se someten a sesiones filmadas de bukkake parecería una digna trabajadora. Pero no es la única; hay que recordar que aunque su representación parlamentaria sea minoritaria, todo el FA es un partido mayoritariamente femenino en un país con más mujeres que hombres, y que particularmente el voto femenino a Vázquez ha sido tradicionalmente importante y decisivo.

Tratando de ver un medio vaso lleno dónde sólo había una sucia marca de borra, Margarita Percovich -tal vez el cuadro del FA más firme a la hora de defender esta ley- se congratulaba de que al menos los dos candidatos más factibles a la presidencia por el FA -José Mujica y Danilo Astori- habían votado a favor de la legalización. Pero Percovich pasaba por alto algo evidente; ni los más optimistas de los frenteamplistas consideran factible el que tengan mayorías parlamentarias luego de las próximas elecciones y hay que ser un iluso absoluto para creer que la oposición de derecha -o esa centroizquierda que curiosamente siempre coincide con la derecha- va a ceder su voto para aprobar una ley así. El Partido Blanco ha hecho, tal vez por mera tradición antibatllista, de la alianza con el catolicismo uno de sus bastiones, y los colorados llegaron a vender su veto a la legalización -durante el gobierno de alguien tan poco religioso como Jorge Batlle- a cambio de los cuatro votos patéticos de la Unión Cívica. Es decir; el veto de Vázquez patea este problema cinco o diez años hacia el futuro, ya que además clausuró la opción de llevarlo a referendum. Si había un tema innegociable y que era esencial aprobar en esta legislatura era el de la legalización del aborto, pero el FA -incluso sus representantes femeninas- fue incapaz de tomárselo en serio. ¿No se vio acaso a dos representantes del MPP -el partido mayoritario del FA y del mayor hambre de poder- estar a punto de hacer fracasar la ley en la Cámara de Diputados sólo para tener un poquito de televisión y radio extra?

No hay nadie que me pueda convencer de que de haberse organizado el ala femenina del FA podría haber evitado el veto, incluso amenazando con la renuncia colectiva, incluso -por qué no- forzando la renuncia del presidente. Pero parece que el mayor símbolo del patriarcado político y legal vigente, un vestigio de la contraofensiva reaccionaria que intentó hace casi ochenta años revertir algunos de los avances del laicismo uruguayo, no era una causa como para ir a la guerra interna ni apostar fuerte. No, porque lo que se quiere es ganar. ¿Y acaso Vázquez no es un hombre sensible con las mujeres? ¿No notaron que siempre dice uruguayas antes que uruguayos en sus discursos? Uruguayas, les puse nuevamente la montura.

***

Fui sin gran entusiasmo a la Plaza Libertad al acto de protesta por el veto; había más gente que en las movilizaciones durante las votaciones pero no llegaba a ser una cantidad de gente realmente significante. Es comprensible; es difícil reunir gente en torno a un fracaso. Pero el propio acto contenía algunas de las características que explicaban el fracaso, partiendo -como me comentaba una amiga- de la ambientación musical, reducida una vez más a los ya arcaicos himnos del regreso a la democracia y que ya son como la marca de fábrica de un activismo envejecido. Es difícil abandonar las viejas costumbres, pero hasta esta ambientación sonora es claramente simbólica de una militancia tan identificada con los aparatos de partido que ni siquiera recordó que fuera del partido también había mujeres que abortaban y que estaban a favor de su despenalización.

Escuché a Lilián Abracinskas llamar a la esperanza y congratularse por el hecho de que las cámaras de representantes habían vuelto a aprobar la ley dando una señal más de la consabida opinión mayoritariamente a favor de la legalización, como si eso importara. Yo lo lamento mucho, pero no hay ahogado más triste que el que murió en la orilla, especialmente si el mismo fue devuelto al agua por quién debería haberlo rescatado. No había nada que festejar en la Plaza Libertad, así que no me quedé mucho rato.

Más tarde una amiga me confesaba que para ella era un día tan triste como cuando venció el voto amarillo al verde en el 89. Tuve que decirle que en cierta forma era peor, porque en aquella ocasión por lo menos teníamos el consuelo de no haber sido parte activa de ese fracaso. Es decir; yo no voté a Sanguinetti ni a Tarigo, pero sí a Vázquez, y ella también. A llorar al cuartito.

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Vuelvo a repetir algo; en la práxis el aborto está legalizado y, sin una vigilancia estricta promovida desde el Poder Ejecutivo -como en la actualidad, ya que durante este gobierno se han cerrado más clínicas abortivas que en cualquiera de los anteriores- se seguirá llevando a cabo en enormes cantidades, ojalá que en mejores condiciones de salud y, con un poco de suerte, amparada por el ala más consciente de la medicina, como en el ya mencionado ejemplo del misoprostol. Pero en el medio, además de algunas vidas, se habrá perdido muchísimo. Por de pronto se habrá perdido la oportunidad de que un gobierno de características más bien geriátricas avale una histórica reivindicación de los jóvenes y las mujeres, los eternos relegados de la política. Se habrá perdido también la única oportunidad de este gobierno de un país -que supo ser hace añares un laboratorio social ejemplar- de dar un paso adelante en relación a los miedos y taras del continente, y señalar un camino de autodeterminación a contrapelo de las crecientes fuerzas del terror religioso. Es decir, una señal de progreso o al menos espacio legal de disenso para esas generaciones jóvenes que tratan de rajar del país como si fueran balseros cubanos y que jamás han visto que su tierra esté a la vanguardia de nada.

Se perdió una chance valiosísima de pasar al frente en el continente por algo mucho más profundo que la imbecilidad represiva de ser el primer “país libre de humo” de América Latina; se podría haber dado una señal luminosa en una región que sigue cubierta culturalmente por el manto del catolicismo que arrasó sus culturas originales y cuya maldición es tan poderosa que aún en los países con mayorías indígenas o de izquierda sus tabúes siguen vigentes. Algunas amigas argentinas me escribieron en los días de la votación, felices de que el país enano hubiera dado un paso claro y evidente en dirección a la Ilustración de la cual en algún momento fue vanguardia. Dos días después volvían a escribirme atónitas, sin entender nada. "Es como Cobos", les dije, "no es tan raro. Sólo que en este caso no sabemos bien a quién obedece. Pero tampoco es una sorpresa".

Tal vez porque en algún momento su nivel fue ejemplar en términos continentales y mundiales, se puede considerar como una de las grandes tragedias latinoamericanas la decadencia cultural de Uruguay; con su otrora excelente educación pública triturada entre una derecha que la consideró hostil -y por lo tanto digna de su estrangulación económica- y una izquierda obsesionada por controlarla y reformarla como ámbito de formación ideológica. Las señales de ese deterioro y alejamiento de una modernidad bien entendida están a la vista por todas partes; desde la incapacidad de las empresas inversoras extranjeras de encontrar técnicos bien formados hasta el deseo instantáneo de emigración de los que si lo están. O el crecimiento -lento pero seguro- de las abominables sectas evangelistas -amparadas en la "tolerancia" que les permite el uso pago de ondas públicas. O la multiplicación de personas tan ignorantes como para creer un discurso tan ridículo y burdo. O las encuestas que dan un constante márgen de popularidad a Vázquez de un 63% -muy superior al de su gobierno- sin que los encuestados puedan articular más motivos que la "hombría de bien del doctor" o su supuesto "valor" a la hora de enfrentar a los abusivos argentinos y demás enemigos de la nación. Daniela Couto titulaba a su encolerizado post sobre el veto como "Yo no quiero a mi país", un sentimiento que cada vez se extiende más entre quienes están cansados de reventarse las guampas contra el status quo de los conservadores -de ambos lados del espectro político o el poder- que siguen considerándose los más indicados para decidir sobre los ámbitos más íntimos de sus gobernados.

Ancianos ya incapaces de fecundar mujeres pero que, tal vez como suplencia simbólica, se sienten expertos autorizados para decidir sobre los úteros de mujeres jóvenes. Unos soberbios imbéciles. Una nación gobernada por cobardes, idiotas y pedantes, elegidos por imbéciles como yo y todos los que citamos esa frase de Chandler que dice que no hay peor trampa que la que uno se prepara a sí mismo, y luego comenzamos a cavar el pozo. Hasta ahora al menos.

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(Más allá de las condiciones de deterioro cultural anotadas en los párrafos anteriores, vale la pena señalar algo que es tanto consecuencia como causa de eso: la postura de la prensa y de los opinólogos políticos. Salvando los semanarios de izquierda y la diaria, la prácticamente totalidad de los medios uruguayos se alinearon de inmediato con las fuerzas anti-legalización, reproduciendo sus discursos por todas partes -y llegando al despropósito, propio del canal de Romay, de la exhibición de filmaciones del "grito silencioso", en el noticiario de las 19.00 horas- o, como en el caso de Fasano y La República -eternamente genuflexos a la autoridad presidencial- ignorándolo todo lo posible y haciéndose los giles ante el atropello de la mayoría partidaria y la democracia. Este panorama fue apenas salpicado por tibias declaraciones televisivas de las mencionadas representantes legislativas de la izquierda y por un nulo análisis de la importancia simbólico-continental de lo que ocurría. Hoy, lunes, los medios ya relegan la noticia al pasado y los políticos apenas dan algunas muestras de resignación al ser interrogados, y todos vuelven a lo que importa: la interna partidaria y ver cómo se va a repartir la torta electoral. Esos son nuestros representantes.)


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El FA ha tenido mi voto desde que tuve edad para entrar en un cuarto oscuro; nunca me consideré frentista, porque eso implicaría para mí una militancia que me produciría pereza y para la que nunca estuve motivado, y una identificación de la que nunca quise hacerme cargo. Pero he sido su fiel votante; los he votado a pesar de la elección de un líder al que no respetaba, los he votado aún ante la evidencia de sus pésimas administraciones municipales; los he votado obviando no sólo la inexistencia de un programa ecológico –la única causa con la que me siento realmente identificado-, sino la directa hostilidad de su gobierno con el ambiente, los he votado en contra de los intereses de clase de mi familia, perteneciente a ese estrato de profesionales universitarios que fue castigadísimo por el IRPF a pesar de que sería risible el que los consideraran parte de “los que tienen más”; los he votado ante mentiras flagrantes y estupideces inexplicables. El FA ha tenido mi voto y he sido su compañero de ruta. Pero lo acontencido los últimos días me terminó de demostrar algo que venía sospechando desde hacía un tiempo; que no me gusta hacia dónde va esa ruta y que hace tiempo que confundo convicción con simple inercia.

Hace años que vengo siendo corrido a los ponchazos con la excusa del mal menor o de los méritos parciales; no me cabe ninguna duda de que en comparación con la brutalidad y el retraso que significaron los gobiernos blancos y colorados posteriores a la dictadura, la presente administración puede anotarse varios porotos a favor, que van desde el imprescindible reestablecimiento de condiciones dignas de negociación salarial hasta el tardío pero bienvenido encarcelamiento de las bestias mayores de la dictadura. Todo bien, pero no me alcanza para olvidar y/o disculpar este ejercicio de prepotencia religiosa en un país en el que la laicidad es el último jirón de bandera que me parece digno de hacer flamear. No me alcanza porque no ignoro el valor de lo simbólico y porque si bien suelo suscribir al fin que justifica el medio, a la praxis del poder primero y los principios después, estoy harto de que me toquen los huevos sin la menor consecuencia. De ser sometido al chantaje Bullworth, aquella película en la que un candidato demócrata a la presidencia le confesaba en un insano ataque de sinceridad a unos militantes negros que él no pensaba hacer un sorete por ellos una vez que llegara a la presidencia, culminando con un “¿y ustedes qué van a hacer? ¿votar por los republicanos?”.

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Mi principal desilusión no es con Vázquez, que como el obispo Cotugno ha sido totalmente fiel a su opinión oscurantista, sino con el grueso del partido de gobierno y su incapacidad para demostrarse como una fuerza de cambio en un tema en el que tenían un consenso total. Hay que volver a ir a los hechos; más allá de que lo hubiera anunciado o no, Vázquez vetó una ley aprobada por el 100% de sus legisladores. Un partido o fuerza política que permite la traición desde su cúpula -o cómo se le puede denominar a un dirigente que destruye un proyecto aprobado por todos sus representados- es un partido que no merece existir porque carece de razón para hacerlo y de confiabilidad mínima.

Toda la historia del ascenso de Vázquez en el FA es el resumen de todo lo que está mal en la izquierda uruguaya: un hombre intelectualmente mediocre y sin más pergaminos que su condición de doctor y de haber hecho ganar un campeonato de fútbol a un cuadro de barrio fue elegido, básicamente por su popularidad entre las mujeres militantes de cierta edad, que lo consideraban incluso atractivo físicamente, como candidato a una Intendencia de Montevideo que -ante la división del voto de la derecha entre blancos y colorados, la espantosa administración capitalina colorada y el natural crecimiento de la izquierda montevideana- era fácilmente obtenible. A pesar de que su administración como intendente fue cómo mínimo deficiente -estableció el déficit de la misma a pesar de elevar en forma notoria los impuestos municipales y repartiendo privilegios sin contrapartida de servicios dejó preparadas las bombas de tiempo que convertirían al gremio de la IMM en una máquina perfecta de chantaje-, su victoria impresionó a la mentalidad de perdedor de muchos izquierdistas, que lo consideraron su carta de triunfo, desplazando a la noble figura de Liber Seregni, el último gran hombre de la política uruguaya. A pesar de fracasar dos veces como candidato a la presidencia, el aura de ganador de Vázquez no disminuyó entre los frenteamplistas y su capacidad de acumulación de poder -simplemente recurriendo a la amenaza de abandonar su puesto- practicamente destruyó a una generación más joven de aspirantes a conductores, pero esta misma acumulación fue percibida como exclusivo factor unificador del FA, por lo que el hombre siguió adelante hasta vencer en las últimas elecciones, unas elecciones que -ante el panorama de devastación social dejado por Jorge Batlle- hubiera ganado hasta un cabezudo de carnaval en caso de ir de candidato a la presidencia, pero que muchos supuestos cerebros frenteamplistas siguieron atribuyendo al carisma de pastor evangelista de Vázquez. Lo importante era ganar y después vemos, fue el pensamiento que se impuso en la izquierda. Ahora, en ese pensamiento, ¿no había lugar para pensar en quién estaba siendo electo y qué poderes se le concedían?

Vuelvo a lo anterior, no hay sorpresas; el tema del aborto fue -como cualquier tema relacionado con las libertades- considerado menor y dejado de lado entre el cúmulo de ambiguedades voluntaristas que componían las bases programáticas, pero las veces que se lo interrogó al respecto, Vázquez fue cristalino en afirmar su oposición. Entonces, ¿por qué fue el candidato de las mujeres frenteamplistas, especialmente de las que durante la presidencia de Batlle hicieron de la legalización del aborto su principal tema de debate parlamentario? ¿Para ganar habrían elegido a un fundamentalista islámico que impusiera el velo? ¿O a alguien que les quitara el voto? ¿O que impusiera el derecho de pernada? ¿En qué estaban pensando las uruguayas primero y uruguayos después?

Posiblemente en que podían torcerle la mano, que podían vencer esa idiotez residual del buen doctor, que para él no sería un tema crucial, que era un partido democrático, que tenían un lider razonable. Se equivocaron en todo excepto en lo primero; podrían haberle torcido la mano, podrían de haberse atrevido a jugar fuerte. Pero no lo hicieron porque para los -y sobre todo las- representantes frenteamplistas este tema no fue crucial. Al fin y al cabo la carrera política es una larga carrera de deglución de sapos, en el mejor de los casos, y la maternidad no deseada tal vez no sea una prioridad para estas políticas ya aquejadas por la menopausia. O con un sueldo de legisladora que asegura un aborto en óptimas condiciones en caso de necesitarlo.

Seamos honestos; después de lo del jueves pasado el único acto digno que le quedaría a las legisladoras y ministras frenteamplistas sería el renunciar en masa al FA -gente digna como Chifflet o Sarthou lo ha hecho por mucho menos- o poner como condición de no hacerlo el levantamiento del veto. Pero eso no va a pasar, y excusas no van a faltar para que no pase.

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No soy un legislador ni un militante frenteamplista, así que carezco de poder en esa desagradable interna. No me preocupa, porque los hechos han demostrado que los legisladores y los militantes tampoco tuvieron el menor poder en este asunto. Pero en una sociedad en la que la participación en las decisiones políticas parece limitarse al voto, y como tal ser susceptible del eterno chantaje del mal menor, tomé una decisión acerca del mío, decisión que de hecho lo convierte en voto cantado, lo que para mi intención es exactamente igual. En vista de lo ocurrido el pasado jueves y los días siguientes decidi que -sea cual sea el programa o candidato propuesto- no voy a votar al FA en las próximas elecciones.

No es una gran amenaza, supongo, pero de hecho esa es mi única arma sensible ante estos burócratas del poder, mi mísero voto, por lo cual hago pública mi simple promesa de que, no importa cuantos supeustos logros tengan en su haber, si no se aprueba la despenalización del aborto en esta legislatura, si no se encuentra una forma de levantar el veto, entonces no voy a votar al FA en las próximas elecciones, y voy a poner mi elocuencia al servicio de que otros tampoco lo hagan. Así de simple, sé que no es mucho, pero sé que cada voto cuenta, especialmente en las próximas elecciones. Pero voy a hacerlo porque ya hace muchos años que salí del San Juan Bautista y hace muchos años que no le permito a ningún chupacirios que decida mis cuestiones personales por mí. Así que ejerzo mi pequeño veto, mi vetito, que consiste en no votar gobiernos enemigos de las mujeres y amigos de las sotanas, y en no votar a partidos que permiten la traición interna o ser infiltrados por enemigos defensores del oscurantismo. Por lo que entraré al cuarto oscuro y meteré en el sobre alguna estampita de San Cono, o alguna ridiculez similar, depositaré mi voto en la urna y me haré cargo de mi decisión.

Y si alguien me la recrimina argumentando mi supuesta colaboración indirecta con las fuerzas reaccionarias, le preguntaré con tranquilidad quiénes son las fuerzas reaccionarias y donde está el progreso de las fuerzas progresistas. Y si por una de esas casualidades se descubre que una fracción de votos en blanco o cantados, provenientes de sectores indignados por la sumisión al autoritarismo demostrada los últimos días, tuvo alguna injerencia en los resultados electorales, me ofrezco para explicarle punto por punto los motivos de esa indignación a los políticos afectados, con una sonrisa en el rostro y todo el desprecio que les pueda demostrar.