lunes, 12 de febrero de 2007

Semana de bondad

Es posible que La Pedrera que yo conocí -ese balneario de culto, canuto y con códigos secretos- esté herida de muerte, o ya muerta. Sin embargo, luego de seis años casi sin salir de Montevideo de vacaciones, apenas tuve una semana libre me fui para allá. Muchas casas nuevas y caras, muchos restaurantes, muchas propuestas turísticas, poca gente. Esto último me parece un alivio.

Sobre la rambla que sube y bordea la península, frente a las rocas del acantilado, hay una casa enorme y fea que no conocía, una caja de cemento llamada "Alarga", de ventanales gigantes que dan al mar. Debajo de ellos hay un fragmento de pared de piedra, con ventana incluida, vestigio de una centenaria construcción anterior. Una placa aclara que ese pedazo de muro es lo que queda de la primera casa de La Pedrera, sobre la cual se hizo "Alarga", que supongo será una abreviación de "verga larga". Es un bonito trozo de pared el de la casa centenaria, se nota que era una vivienda mucho más interesante que esta porquería ostentosa que la suplantó y que no combina con el resto de las construcciones de la rambla. Pero no entiendo para qué lo dejaron; ¿creen sus dueños o los arquitectos que edificaron "Alarga" que ese detalle los hace más sensibles ante la gente que apreciaba la fisionomía arquitectónica original del balneario? ¿habrá sido un requerimiento cosmético de la intendencia de Rocha, la más fundida y corrupta de las administraciones departamentales, para permitir el destrucción de un edificio histórico? Mi sobrino tiene una teoría más atractiva; me dice que para él dejaron ese fragmento de pared sólo para que todos sepan que ellos la hicieron mierda.

Los enormes ventanales de "Alarga", permiten ver un amplio living con una moderna cocina integrada en su centro. Ninguna biblioteca y ningún cuadro en las coquetas paredes blancas. En la entrada del garage una mujer lustra con esmero el capot de la camioneta Nissan 4 X 4. Gente fea que vive en una casa fea dedicada a actividades feas en un lugar hermoso.


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La última vez que estuve más de 24 horas en La Pedrera fue en el verano del 2001. Había recibido el milenio en una de las fiestas más salvajes y divertidas a las que fui en mi vida. Unos días después llegó un amigo de Inglaterra con un razonable cargamento del ectasy más puro que haya probado hasta el día de hoy. No por casualidad fue en ese verano que entendí la gloria y belleza de los Stone Roses. Una mañana, aún colocado y con "Mersey Paradise" sonándome en el walkman, encontré una suerte de piscina natural entre las rocas de la península. Un espacio profundo, de unos cinco metros de circunferencia y con una entrada al mar más bien pequeña, que permitía la renovación del agua pero sin provocar ondulaciones. Gracias a la salada agua oceánica, uno podía flotar haciendo la plancha sin tener siquiera que moverse y sin que ninguna ola te perturbara. Recuerdo haber casi conseguido el imposible de dormitar acostado sobre el agua.

Busco esa piscina entre las formaciones rocosas que le dan nombre a La Pedrera y no la encuentro, ni siquiera cambiada o inundada. Supongo que en seis años pueden haberse movido algunas rocas, pero me resulta rarísimo. Lo más probable es que haya buscado en el lugar equivocado. Sin embargo, después de fracasar, me cruzo -en la calle principal- con un flaco con una remera de Stone Roses, posiblemente la primera que veo en mi vida. Me parece que significa algo. Soy un hombre supersticioso que ve en las casualidades escrituras de advertencia, en idiomas que necesitan sacrificar la razón para ser aprendidos.

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El poco citado hoy en día Julio Cortázar sostenía que si uno le presta atención a las casualidades y las escucha ("se hace poroso" es su expresión exacta), termina atrayéndolas. Y bailando su música taoísta, yo agregaría.

En la cabaña en Punta Rubia que alquilé escucho el bellísimo As Quatro Estaçoes (1989) de Legião Urbana. Es uno de los discos más emotivos que conozco pero al que siempre escuché bajo la maldición de una frase de una chica de San Pablo, quién tras escucharme hablar entusiasmado sobre Renato Russo y su grupo me dijo algo así como "sí, todo bien, pero las letras de ese tipo (cara) parecen salidas de un libro de autoayuda". Es cierto, Russo -y especialmente en este disco- está todo el tiempo tirando línea tras línea, y su filosofía de frases hechas de bar es a veces empalagosa, pero incluso frases como "É preciso amar as pessoas como se não houvesse amanhã / Porque se você parar pra pensar / Na verdade não há" se justifican y resignifican en base a la simple pasión que el tipo les ponía encima al cantarlas. Hay formulaciones que uno asocia inmediatamente con clichés o con consejos de revista barata, pero eso puede ser también simplemente por la cooptación y el abuso de ideas que no pueden decirse de muchas formas distintas.

Esa canción, 'Pais e Filhos' culmina con un concepto casi reaccionario pero imposible de no compartir a medida que uno va haciéndose mayor (aunque Russo era apenas un veinteañero cuando lo escribió): "Você diz que seus pais não entendem / Mas você não entende seus pais / Você culpa seus pais por tudo, isso é absurdo / São crianças como você / O que você vai ser quando você crescer?". Un día, después de almorzar, escucho el As Quatro Estaçoes dos veces de corrido y me voy caminando por la playa hasta La Pedrera. Al llegar paso por la puerta del restaurant de unos conocidos y veo a uno de ellos contemplando extasiado a su hijo de tres meses, a quién está hamacando en su cochecito de bebé mientras lo mira como si fuera el mayor espectáculo del mundo. Inverosímilmente está escuchando 'Pais e Filhos'.

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La punta rocosa de La Pedrera dividió, años atrás, a las generaciones; mientras que los jóvenes, los surfistas y los drogones iban al oeste, a la peligrosa playa de El Barco, las familias, los mayores y las personas en busca de relax optaban por la más serena playa de El Desplayado, al este. Yo ya ni siquiera elijo, me quedo a medio camino entre El Desplayado propiamente dicho y la playa de Punta Rubia, que la continúa y va cambiando de nombre durante decenas de kilómetros hasta llegar a Cabo Polonio. Pero me arrimo varias veces hasta El Barco para curiosear, descubriendo que definitivamente dejó de ser la playa con más onda del balneario. El motivo, creo, es una vez más, de pura fealdad arquitectónica. No solo habían coronado los barrancos que dan a la playa -zona en la que antaño solía acampar ilegalmente- con una serie de casas idénticamente desagradables y de un color celeste lechoso, sino que alguien le vendió la mitad de la bajada de la playa a un desgraciado que edificó el objeto más repulsivo que uno pueda imaginarse, ahí, en un terreno que nadie va a convencerme de que estaba originalmente autorizado para la edificación. Ocupando unos 1.000 m2 y visiblemente inspirada por lo que conozco de las construcciones de Miami, ahora se levanta -practicamente en el medio de la playa- una propiedad rodeada por una valla de madera que lamentablemente no es lo bastante alta como para ocultar por completo los horribles bungalows que aisla. Unas casas cuadradas, colocadas en hilera y que componen una sola propiedad que imagino será el sueño realizado de algún futbolista o productor televisivo, y que -salpicada con palmeras y detalles más bien kitsch- parecen un ejemplo práctico de mal gusto desencadenado. Puta, esta era la playa más elegante y agresiva de todo Rocha. Hoy apenas veo algunos grupos escasos de chicos, evidentemente indiferentes a una contaminación visual que hace parecer a la fábrica de Botnia una construcción de Frank Lloyd Wright.

De cualquier forma esta ostentación de grasa cara me viene bien para explicarle con un ejemplo práctico a mi sobrino el por qué el dinero es la medida de todas las cosas y por qué la violencia se justifica más veces de lo que a uno le dicen.

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Cuando empecé a venir a La Pedrera a principios de los 90, era un sitio de particular carisma, gobernado extraoficialmente por un grupo de muchachos veinteañeros de Pocitos y Punta Carretas que comían hongos, fumaban cantidades inverosímiles de porro y se levantaban a chicas deslumbrantes, incluyendo de vez en cuando a alguna actriz argentina con hambre de naturaleza y de echarse un polvo con un flaco diez años menor. Pero no era un lugar particularmente cheto, yo conocía a esos muchachos montevideanos devenidos en locatarios, y eran gente divertida y siempre al borde de la quiebra. Por beneficio colateral o mérito propio, recuerdo mi suerte amatoria en mis visitas a La Pedrera como extraordinaria; las chicas del balneario eran más lindas y limpias que las que iban a Aguas Dulces o Valizas, más liberales que las de La Paloma, más simpáticas que las del Polonio, más locas y salvajes que las de Punta del Diablo, más cultas y mejor vestidas que las de Punta del Este y La Barra. Creo que siguen siendo así, pero yo tengo 10 años más y ellas tienen siempre la misma edad perfecta.

Nunca fui un locatario o una cara frecuente de La Pedrera; soy un sanfernandino por tradición y el Cabo Polonio -lugar cuya mística siempre me eludió (salvo la primera vez que lo visité) pero que por motivos prácticos terminó siendo mi residencia durante más de media docena de veranos- es en definitiva el lugar de Rocha que más conozco y al que volví con más frecuencia en esos años en los que uno tiene que ser parte de un balneario. Puede ser que haya sido un monumental error de cálculo.

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No me gustan los cambios del entorno, ni el progreso ni el desarrollo, y no pido disculpas ni abro el paraguas al respecto. Los cambios están bien cuando hablamos de nuestras personalidades, de nuestras proyecciones, nuestras costumbres. Los entornos, por el contrario, deben quedarse quietos para que seamos conscientes de la variedad de nuestras percepción de sitios y fenómenos iguales. Si uno quiere un cambio de entorno, entonces debe moverse, no ensuciar los reconocimientos de las demás personas con su ego. No pueden privatizarse nuestras historias, no pueden ser alteradas solo por la voluntad material de una persona. Lo que quiero decir es que hay cosas que no pueden venderse y, mucho menos, dejarse a cargo de gente que sólo tiene dinero. Estoy a favor de la preservación, la exclusión y la desconfianza. No es que uno tenga tanto tiempo por delante como para que le arruinen el sistema de disparadores psíquicos de su pasado. Eso es propiedad privada, la más privada ya que no puede comprarse ni venderse.

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Un mediodía, mi celular parece haber cumplido su ciclo vital, pero mientras almorzamos en el Comipaso, vuelve a la vida inesperadamente. Mi sobrino está maravillado y especula acerca de lo espantoso que habría sido si no hubiera vuelto a funcionar. El pendejo está obsesionado -como todos los chicos de su edad- por los celulares y sus actualizaciones casi diarias. Yo le explico que he veraneado una treintena de veces sin tener celular y que nunca lo sentí como una falta insalvable. Le cuento que por más moderno y asombroso que sea, no pasa de ser un amplificador de posibilidades que ya tenemos y que no están necesariamente relacionadas con lo que uno viene a buscar en unas vacaciones. Le digo que cuando yo era apenas mayor que él, me iba de vacaciones a Cabo Polonio durante una quincena, y quedaba totalmente aislado de mi familia y mis conocidos montevideanos todo ese tiempo, y que inclusive en balnearios menos agrestes como Punta del Diablo o la propia Pedrera, el comunicarse con Montevideo era algo bastante engorroso que incluía generalmente una larga espera en el local de ANTEL, y una recepción generalmente mala. Y empiezo a explicarle que en ocasiones no es bueno enterarse de todo, estar permanentemente comunicado y disponible, y que a veces la ignorancia y la inaccesibilidad puede ser una bendición. No entiende mucho el asunto, pero yo no quiero ejemplificar revelándole que el mismo celular que él adora tanto sonó esa misma mañana para contarme que alguien de nuestra familia tiene leucemia y se va a morir.

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En febrero el sol se pone detrás de los árboles de los barrancos de La Pedrera, y nunca se ve uno de esos atardeceres melancólicamente wagnerianos como los de la Balconada en La Paloma o los de la Playa Sur en el Polonio. Pero sus últimos minutos diarios alcanzan para teñir de rojo los acantilados y realzar el contraste de los colores de las pieles, las ropas, los lentes. Hay gente hermosa deambulando en los atardeceres de este febrero en el que pude salir de la ciudad y visitarme a mí mismo.

21 comentarios:

sigmur dijo...

Puto.

sigmur dijo...

nooooooot.

benito dijo...

Estimado, no todo el mundo vio Borat.

Aún.






Nooooot.

Robertö dijo...

Salud Tigre. No te imaginaba callado por mucho tiempo. Me alegra, realmente. Todo se transforma.

"idiomas que necesitan sacrificar la razón para ser aprendidos". Concha de la lora, hace años le doy vueltas a eso y nunca lo pude escribir así. A menos que lo hubiera escrito Scelza o Rodolfo Pereira no podría dejar de admirar esa capacidad de comunicación.

El otro día leí en la diaria una crítica que me juego las manos que la escribiste vos. Si no abrías este espacio ibas a terminar haciendo fuck you tigger en el diario.

Te mando un abrazo. Si querés no publiques el comment, para mi no es necesario.

hunter dijo...

Coincido con la frase que rescata Roberto. Creo que uno lee para encontrarse con líneas así… Eso sí, hay una lección que debería aprender, que es no leer tus posteos en mi lugar de trabajo (cosa que hago muy rara vez). El tema es que una parte del texto me afectó mucho y tuve que salir disparando al baño porque se me hizo un nudo en la garganta. Ya había pasado otra vez.
Estuve sólo una tarde en La Pedrera, creo que en marzo de 2002. Pero no me olvidé del lugar, con esas rocas que me parecieron muy raras y una playa totalmente desierta, como si nadie nunca hubiese estado ahí. Me sentía como en un cuento de piratas.

Los cambios en el entorno son tan molestos, me causan una rabia que ya no puedo ni explicar. Lo peor es que la gente ni se mosquea por eso, al contrario, lo festeja, dicen: “qué lindo, mirá cómo están construyendo allá”… en el medio de una playa!! En Rosario se la pasan diciendo: “¡Cómo creció la ciudad, hay shoppings, hay más negocios, más restaurantes! Es un desastre, están construyendo en cualquier lado, currando a la Municipalidad a lo loco… La mejor parte de esa historia es que cuando se viene cualquier crisis económica de morondanga todo eso que parecía “progreso” se convierte de un día para el otro en la frustración más pura.

adrienn dijo...

lo que dice hunter1 me hace acordar justamente a una parte de dias de ron en la que hunter2 encuentra el mayor momento de paz de su vida en un lugar pronto a desaparecer como tal.

aca en mi casa en Lomas de Zamora están construyendo todo el tiempo edificios inmensos, en cualquier momento la diferencia de clases va a moldeaarse segun quien viva en el penthouse mas amplio y quien solo tenga acceso a un ambiente en un monoblock, con las 40 cuadras divisorias de modo descendente entre marginales y adinerados. y eso siendo optimistas.

benito dijo...

El asunto de fondo es la incuestionabilidad del desarrollo como un valor. Si uno se pone en contra de la explotación de un recurso natural -sea un balneario o un río más o menos impoluto- inevitablemente va a ser atacado por derecha e izquierda: la derecha por oponerse a la libertad de hacer un buen negocio, la izquierda por atentar contra algo que puede generar trabajo. Y ambos en coro van a decir "¿cómo vas a preocuparte por unos pinos y unas perdices si hay niños con hambre?", y ambos en coro van a decir "lo que pasa es que usted es un reaccionario". Personalmente me siento totalmente identificado con la deep ecology y para mi el ser humano no tiene privilegios sobre este planeta y el desarrollo económico -planteado en los términos del capitalsimo neoliberal- es una devastación que conduce al apocalipsis.

El mundo actual produce suficiente riqueza para que todos los habitantes del mismo (y algunos más) vivan felizmente, pero con el concepto asesino de distribución que se acepta hoy en día es imperativo que el capitalismo se expanda hasta el límite de sus posibilidades. Es decir, hasta el límite de las posibilidades del planeta.

La Pedrera no está completamente arruinada ni mucho menos, a pesar de la coima horrenda convertida en casa que se comió la mitad de la Playa del Barco (y a pesar de que, siendo un balneario pequeño, tiene un quinto del mismo cercado en un barrio privado del cual echan groseramente hasta a los pobres desgraciados que entran al mismo por error mientras pasean por los barrancos). Sin embargo sigue siendo un lugar maravilloso al que todavía protegió la mala temporada turística que tuvo este verano a pesar de los intentos desbocados de promocionar la localidad en el exterior.

En este momento, para mí, el lugar más amenazado está en el punto más sur de la capital, del propio Montevideo: la Punta Brava. Para los lectores argentinos aclaro que es una península montevideana donde se encuentra su principal faro y que, misteriosamente en relación a su lugar privilegiado entre barrios de clase media alta, está bastante vacía a excepción del faro en cuestión, de un pequeño restaurant de pescadores y de un mínimo puerto. La gula de dinero de la Intendencia Municipal ya le ha echado el ojo a este sitio -que ha permanecido sin cambios desde hace casi un siglo- y ya se están haciendo planes para habilitar más centros de comida, una suerte de parque temático y no sé qué mierdas más. Es decir, privatizar ese espacio.

Yo ya espero cualquier cosa de la abyecta voracidad monetaria de esta comuna de supuestos actores progre, pero me gustaría poder decirles al menos una vez que una ciudad necesita tener espacios al pedo, espacios que no son explotados con éxito por nadie, espacios que se pueden descubrir una y otra vez, generación tras generación, con maravilla ante su gratuidad y su amplitud. Pero no hay ni uno de estos burócratas chupapijas (con disculpas a la gente que se dedica a la noble tarea del fellatio) que pueda entender este concepto tan poco moderno.

sissi dijo...

Alarga, además de abreviación que bien definís es sin dudas una expresión de deseo,no se si reparaste pero en esa casa , a no ser que te guste con mucho público no se puede ni coger.
Es como un panóptico que imposibilita cualquier acercamiento privado. Comer es un acto público, leer un diario, rascarse la nariz o dormir una siesta son actos públicos. Gente que necesita de más gente que valide su vida. Una especie de síndrome de gran hermano, que parece haber prendido en la pedrera,(y no sólo) y que cuenta además con un peligroso aliado: el arquitecto. Gran jugador! En escalas de ego anda cabeza a cabeza con el médico y dios.
Reivindico en estos casos el uso de la violencia. Es hora de parar con tanto atropello ético-estético. Debería haber un comando (armado) que se encargue de este punto.
...
Tu piscina existe. Y exactamente por donde la buscabas.
...
que bueno que volviste
salú

D.I.T dijo...

Nunca fui a La Pedrera. He recibido un sin fin de invitaciones para ir, pero en mi mente, es uno de esos lugares medios místicos, naturales (quizás no tanto, por lo que leo en el post), donde me sentiría terriblemente avergonzada por mis histeriquismos. También puede ser porque le rajo a la playa, no hay nada más annoying que la arena, por más amor que uno le pueda tener al mar y a las olas.

Sin embargo, es un lugar donde me imagino que la pasaría bien. Y capaz que es por eso que no voy, por no enfrentarme a la decepción de que tal vez no sea así. Claro que eso va sumado al hecho que no tuve casi licencia ni plata ni motivación para estar despierta durante Enero.

En fin, más histeriquismos.

Otra cosa: nunca supe bien como reaccionar frente a alguien que viene con malas noticias que, particularmente a mí no me afectan, pero sí afectan a alguien que por alguna razón me importa por lo menos algo. "Mis condolencias" suena a que le estoy tomando el pelo, "lo siento" implica que tuve algo que ver en el hecho (cuando uno lo mira bajo la lupa de lo que significa eso cuando se lo dice a aguien hoy en día), "qué bajón" parece restarle importancia o interés. ¿Alguien sabe?

sissi dijo...

Ayer te mandé un post. Que pasó, no te gustó, lo encontraste poco interesante o no te llegó?

benito dijo...

D.I.T.: Durante años compartí ese prejuicio hacia la arena y la playa pero, al fin y al cabo una oveja social, terminé siempre yendo igual. Ahora descubro que en realidad me gusta la arena y la playa, al menos cuando dicha arena es más o menos gruesa -como es en el caso de La Pedrera- y uno puede sacudírsela (a la arena) con relativa facilidad. Por otra parte, L.P. conserva aún esa característica de algunos balnearios de Rocha de tener algo de campo y de balneario a la vez. Y a mí me gusta el campo.

sissi: este es el primer mensaje tuyo que me llega. La mediación de comments implica que Blogger me mande un mail con el contenido del comment para que yo lo apruebe o no (lo cual implica que para que el comment sea publicado yo haya revisado mi casilla, lo cual no siempre pasa, especialmente en los fines de semana). Pero ahora entré en la página de "moderación de comentarios" y veo allí, solitario y olvidado, tu comment anterior que nunca me llegó. Lo publico a continuación.

benito dijo...

En verdad, como habrás notado, ahora fue publicado en el orden en que supuestamente llegó (misterios de la moderación) por lo que mi explicación quedó después y el lector casual no entiende un joraca.

En relación a lo que decís de Alarga, evidentemente su concepción es muy, muy exhibicionista. Pero cuando se tiene tanta guita como para hacer una casa así, uno (o algunos) quiere que lo vean en todos los aspectos de su vida mortal, con la excepción tal vez de la depilación de nariz y el tratamiento de forúnculos. Además se debe comer rico en Alarga, deben hacer un sushi de lo más coqueto.

Y la mierda, no pude encontrar la piscinita, de la que le hablé a mi sobrino solo para después fracasar y quedarme con la duda de si no habría sido el exceso de ectasy que me hizo creer que un pozo en la arena inundado era una notable piscina natural.

sissi dijo...

"errare humanum est" en su acepción más corriente,de errar, quedás disculpado por los problemillas del post.
En su acepción más interesante, de vagar sin rumbo, lo que decís sobre el movimiento para cambiar y la necesidad de espacios para no hacer nada ponen en evidencia una condición tan humana que ni siquiera Caín (el sedentario fratricida) logró suprimir al matar a Abel (el nómade).
Sería bueno o por lo menos deseable que algunas de estas ideas se discutieran en sitios con llegada a algunos jerarcas que se ocupan de malograr nuestras ciudades.

Robertö dijo...

En noviembre fuimos al Cabo Polonio con unos compañeros, hicimos una caminata de bastante kilómetros. Luego de comer fuimos a la playa y tuvimos que pasar casi pegados a la pared de una casa bastante más ostentosa que el resto de las construcciones. Algunos expresaron una suerte de admiración por la buena fortuna de su dueño. Yo puteaba por tener que andar esquivando viviendas para llegar a una playa aún bastante desierta y salvaje. Me pegaba en las pelotas pasar a la playa a escasos centímetros de esas ventanas desde donde los habitantes ofrecen su intimidad. Supongo que se plantaron en terreno de todos, que no pagaron un peso. Realmente no entiendo como no sienten verguenza. Antes de llegar a esa casa, a unos 20 metros, nos sucedió el ataque de teros más encarnizado que recuerde. Las aves protegían su pequeño espacio verde rodeado de viviendas humanas. Estaban particularmente agresivos y nos pasaban rasantes y amenazadores. Supongo que se la ven venir. No les va a ir mejor que a los charrúas. Tenían una 4x4 también estos intrusos humanos. Cabo Polonio se va a llenar de esos vehículos. Y van a quedar menos sitios para hacer mierda.

benito dijo...

Detrás de todas estas atrocidades arquitectónicas y todos estos espacios arruinados está simplemente la hipertrofia de la concepción de privado y la reducción paulatina de los derechos públicos.

Hoy en día parece un desubique anacrónico el reclamar como público el espacio visual compartido y el espacio de tránsito, porque la lógica imperante es que con la bastante guita uno tiene que tener derecho a hacer lo que quiera, desde cogerse bebés hasta edificar una torre de treinta pisos con forma de sorete de perro. O construir en la playa.

El asunto de las construcciones en el Polonio es una vieja polémica, en realidad el status no definido de las casas playeras le da un toque ridículo a el invertir mucho dinero en ellas. De hecho, durante las numerosas demoliciones que se hicieron hace cerca de una década había ranchos de lo más respetable y, supongo, caros.

El Polonio está condenado a muerte, lo único que la ha salvado hasta ahora es el largo litigio existente entre los dueños del terreno, sus usuarios y la comuna, que ha hecho cualquier proyecto de inversión una empresa muy dudosa. Pero todos los voceros de la hiper-fundida intendencia de Rocha dicen tener grandes planes de desarrollo para la zona. Planes que, por supuesto, van a respetar la ecología cuidadosamente.

Por supuesto que lo lógico sería que las alteraciones de los paisajes colectivos fueran sometidas a la decisión del colectivo que usufructua dicho paisaje, aunque sea sólo de paso. Pero como la tendencia humana de esos colectivos es, lógicamente, el resistirse a las alteraciones, estas decisiones rara vez son sometidas al debate público. Porque vivimos en democracia pero no vamos a dejar que la use cualquiera.

sissi: yo no erré, erró Blogger que no me mandó el mensaje. No me hago cargo de los errores corporativos.

Marujita dijo...

El "desarrollo" no necesariamente es sinónimo de devastación ambiental. No siempre es así y no tiene por qué ser siempre así. Todo depende de las condiciones en que se plantee el desarrollo. Por supuesto que es por necedad y también por ignorancia que se están destruyendo muchos espacios naturales y el resultado en algunos casos es grotesco. Que sea necesario poner límite a los intereses privados no quiere decir que siempre exista antagonismo. Es más, el verdadero desarrollo implica crecimiento económico, bienestar social y sustentabilidad ambiental. Sino en vez de plantear alternativas constructivas, terminamos en que la única solución posible sería eliminar al ser humano, el causante de todo mal.

Yo no me siento nada identificada con la deep ecology porque cae en generalizaciones, muchas por ignorancia, que terminan en resultados calamitosos. Por ej, el mal manejo de Greenpeace en Gualeguaychú, más allá de que hay varios responsables, nos metió en un conflicto internacional que aparentemente no tiene solución, y lo que si es evidente es que tiene consecuencias desastrozas para todo el mundo. Es terrible que los nenes piensen que les van a salir hijos deformes. Es más terrible aún que la ignorancia de los adultos que puede llevar a cualquier tipo de reacción extrema, como de hecho está pasando. Porque esos tipos cortan los puentes de manera obsesiva porque están convencidos de que la papelera les va a arruinar la vida. Y no es así. Que va a ser de la vida de esos nenes que van crecer, viendo la chimenea de Botnia todos los días de su vida, llenos de temor, prejuicio y resentimiento contra las fábricas de papel, los uruguayos y los finlandeses?

Hay mucha ignorancia y manejo irresponsable de la información, y esto no es sólo un problema de organizaciones ambientalistas. Los periodistas también son responsables porque hablan de problemas ambientales sin suficiente información, intrepretan la información en base a sus prejuicios y muchas veces por soberbia no consultan a las fuentes adecuadas. Uno de los temas del que menos se sabe y del que todos hablan son los transgénicos. Hay mucha desinformación y mucho prejuicio.

En Gualeguaychú Greenpeace podría haber hecho un fabuloso trabajo que nos podría haber beneficiado a todos, uruguayos y argentinos (porque la contaminación nos jode a todos) si hubiera informado bien, mostrando los pro y los contra, y las alternativas para solucionar el problema. La movilización popular tiene un gran poder. Hoy Gualeguaychú decide quien va ser y quien no va a ser el Gobernador de Entre Ríos. Si este poder se hubiera manejado constructivamente, todos nos estaríamos beneficiando, en vez de estar preocupados pensando que va a ser de nosotros cuando entremos en guerra.

No estoy en contra de la movilización para defender el ambiente, al contrario, tiene mucho de positivo porque ayuda a que los gobiernos le pongan límite a los intereses privados y a la devastación ambiental. Lo que me preocupa es el fundamentalismo ignorante.

benito dijo...

Por supuesto que desarrollo no es sinónimo evidente de devastación, al fin y al cabo hasta los instrumentos de limpieza ecológica se desarrollan, pero es como decir que una svástica no es sinónimo de nazismo (de hecho para millones de religiosos orientales no lo es). El asunto de base es la concepción de desarrollo en sí, que es entendida en el mundo moderno como la generación sin límites de riquezas y utilidades para la raza humana y la reproducción indiscriminada de la misma. Lo cual para una raza que no ha alcanzado la forma de desplazarse fuera del limitado -y ya al límite- espacio de su planeta es simplemente una demencia.

Yo no identificaría a Greenpeace con la deep ecology más de lo que identificaría al partido laborista inglés con la izquierda, de hecho me llama la atención el que una organización tan moderada como GP sea considerada radical en términos ecologistas. Pero también me llama la atención el que las personas mayores de 30 años no perciban -por ejemplo- los notorios cambios ambientales que se han dado en los últimos 20 años, es decir, en un período de tiempo que en términos planetarios es una fracción de segundo. Y ni hablemos de cómo me llama la atención que alguien como Jaime Igorra sea subsecretario de Medio Ambiente.

El papel de GP en el conflicto de Gualeguaychú es visto hoy en día como el del que tiro la piedra y escondió la mano, pero yo me identifico en cierta forma con el punto de vista de la organización: ante una instalación inconsulta, arbitraria y claramente falta del más mínimo control ambiental, encendieron la luz de alarma y realizaron una serie de actividades simbólicas (recordemos que todas las actividades de GP fueron exclusivamente simbólicas, uno de los motivos por los que yo no llamaría a la organización como representativa de la deep ecology). Cuando las asambleas optaron por el corte de rutas -un recurso que revienta a cientos de terceros y practicamente no afecta a Botnia- como único recurso y el desplazamiento de la fábrica -no el control o la exigencia de mejor tecnología- como única salida posible, GP se abrió de las asambleas, que ya están convertidas en una estructura hipertrofiada, irracional, xenófoba y alimentada más por el deseo de poder de personas mediocres que por una auténtica preocupación ecológico.

Yo entiendo perfectamente la posición de GP (organización en la que no milito ni milité jamás), ¿por qué? Porque me pasa exactamente lo mismo. La causa original de Gualeguaychú me parece justa por los cuatro costados, pero la conducción exagerada, fanática, xenófoba, irracional y antidemocrática de la misma me parece que fulmina la validez de la misma. Por muy poco humanista que sea mi punto de vista en relación a los conflictos ecológicos, no me puede parecer bien que centenares de laburantes a quienes Botnia no va a beneficiar ni con un centavo estén pagando el pato de todo esto.

Pero el asunto de Gualeguaychú no deja de ser lateral para lo que yo comentaba antes, que es una concepción global.

Marujita dijo...

Debo haber malinterpretado tus palabras. Mencioné el caso de Gualeguaychú como un ejemplo que nos toca de cerca. Es curioso que tengamos valoraciones tan distintas sobre Greenpeace. La gente de Gualeguaychú era gente pacífica y tranquila ignorante del mal que estaba por llegar e ignorante del poder que podían llegar a tener, hasta que llegó Greenpeace llegó a informarlos, a alertarlos y a generar conciencia y movilización. De algún lado sacaron que van a parir hijos deformes y lo están repitiendo convencidos al mundo y aparecen abuelas que quieren inmolarse. No surgió como una manifestación popular espontánea. En gral las movilizaciones populares no surgen espontáneamente. Porque la mayoría no cuenta con la capacitación y la información necesaria. De ahí que se necesiten líderes que las organicen. Y quienes las promueven, también son responsables de lo que crean. El desafío pasa por promover actitudes constructivas. Y coincido con vos en que hoy la causa de Gualeguaychú está totalmente deslegitimada porque les ganó el fanatismo, la xenofobia y el absurdo. Pero estoy convencida de que Greenpeace tiene una gran responsabilidad en lo que está pasando. Si hubieran informado bien, si hubieran promovido liderazgos positivos, es probable que esto no estaría pasando. Yo creo que se abrieron porque no quieren hacerse cargo de haber engendrado a la criatura.

benito dijo...

En realidad y siendo estrictos, el desembarco de Greenpeace en el conflicto de las papeleras fue relativamente tardío y no del todo bienvenido por las asambleas de Gualeguaychú.

Greenpeace carece de filial propia en Uruguay y apenas cuenta con unas decenas de afiliados. Los primeros grupos que advirtieron a los pobladores de Gualeguaychú de los supuestos riesgos de las pasteras fueron grupos ecologistas uruguayos, que hicieron lo mismo con los habitantes de Fray Bentos con el apoyo explícito de las autoridades locales del Frente Amplio (e incluso con el apoyo expreso del ahora presidente de Uruguay, el Dr. Tabaré Vázquez).

Por otra parte los reclamos de Greenpeace -inmediatamente descalificados en lo local por una de las más brutales campañas de desprestigio que yo recuerde, en la que fueron acusados simultáneamente por editorialistas de izquierda y derecha, además de varios ministros del gabinete, de cosas que iban desde ser "cajetillas" hasta ser "terroristas"- nunca pasaron por la eliminación o la relocalización de las plantas, sino por su conversión a tecnologías libres de cloro, reivindicación que las asambleas entrerrianas jamás hicieron suyas.

Los grupos uruguayos que efectivamente alertaron a los entrerrianos con respecto a los supuestos riesgos de las pasteras tampoco sea callaron por no hacerse cargo del engendro, sino que los medios -con la excepción de Brecha y poca cosa más- dejaron de entervistarlos y cederles micrófono.

Marujita dijo...

Desconocía que Greenpeace entró después. No es extraño que en Uruguay se atacara a Greenpeace, considerando que la interpretación de la realidad está fuertemente sesgada y los mecanismos para entenderla se someten a las reglas de lo que quieren ver, y no a la realidad misma. Mi crítica a Greenpeace no pasa por ahí porque nunca apoyé la instalación de las papeleras, ni la forestación indiscriminada que es su consecuencia más indeseable. Sino que discrepo con el tratamiento que hacen de determinados temas, que no me parece nada inocente, sino sujeto a intereses. Hay organizaciones que tienen una mirada más objetiva sobre los problemas ambientales, o por lo menos más objetiva en la medida que dan lugar a diferentes versiones y no tienen una argumentación exagerada. Pero ese es otro tema.


Entonces, vos pensás que la movilización en Gualeguaychú fue espontánea? Hay algunos que creen que sí. No se si todos están convencidos, por lo menos sostienen que es así. Indudablemente atribuirle espontaneidad resta culaquier tipo de responsabilidad a los lideres políticos, ambientales, sociales, etc.. Yo no estoy de acuerdo con Montes-Bradley, en que el problema sea la ignorancia, la naturaleza xenófoba y fascista y la mediocridad de la gente de Gualeguaychú. Esa idea desvirtúa cualquier tipo movilización popular, a no ser que la realice una elite de iluminados. La historia muestra que no es así, que muchos cambios positivos en la realidad provinieron de la organización constructiva de la sociedad. Creo que el problema es bastante más complicado y no hay mucha idea sobre lo que pasó y no hay explicaciones que ayuden a entender lo que está pasando, hay desinformación, hay manipulación mediática en todos lados afín a distintos tipos de intereses, y en el medio, la gente común y corriente que somos los más perjudicados.

benito dijo...

No, no creo que el activismo de Gualeguaychú sea espontáneo. De hecho considerar algo organizado como los cortes de ruta como algo espontáneo es una contradicción.

Lo que sí creo es que desde Uruguay se ha tratado desde un principio de encontrar una mano negra, un motivo espurio, detrás de las mismas. Y en realidad el motivo está a la vista de todos y evidente: se le pidió a una comunidad que asuma un riesgo -mayor o menor, nunca inexistente- a cambio de absolutamente nada. En una sociedad en la que la movilización no sólo es admitida sino que es además motivo de prestigio, no hubo que hacer gran cosa para que las cosas se desarrollaran luego.

Pero no está el vil peronismo financiando los cortes por envidia del gran desarrollo uruguayo ni ninguna pelotudez así. Tal vez sí haya habido un apoyo económico de los terratenientes entrerrianos y los dueños del balneario, quienes efectivamente han visto disminuído el valor de sus tierras por este motivo. Lo cual es una causa muy poco ambientalista pero también válida.

Ahora, ¿qué tiene esto que ver con el pobre tipo que esperaba alquilar su depto de dos ambientes en Punta del Este y que se lo tiene que meter en el orto porque a su posible arrendatario le prohibieron ir a Uruguay o se lo complicaron enormemente? ¿qué tiene que ver esto con el comerciante de Salto que va y viene con sus productos a Concordia y que ahora se tiene que quedar ocho horas bajo la lluvia porque a doce personas se les ocurrió cortar el paso entre dos países? Nada, por supuesto. Eso tiene que ver sobre todo con gente mediocre que encontró una causa que le da sentido a su vida. Y en esa causa encontró respeto y poder.

Yo ya lo dije antes: es la misma ceguera fascista y arrogante que las administraciones de Batlle y Vázquez mostraron durante los primeros años del conflicto.